Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 15: El peso de la verdad
El frío de la calle Nueva York parecía haberse congelado en el tiempo. Me quedé allí, con Eithan dormido en mis brazos, mirando a Elena Smirnov. La maleta a mis pies era el símbolo de mi derrota, de un escape que se había quedado trunco antes de empezar. Elena me miraba con una mezcla de respeto y una tristeza que calaba los huesos.
—Entiendo que quieras correr, Alessandra —dijo Elena, su voz suave pero firme—. Yo también lo haría. Pero antes de que desaparezcas de nuevo, tenés que saber la verdad. Damián es un hombre orgulloso, a veces estúpidamente orgulloso, y ese mensaje... ese mensaje que te rompió el alma no fue lo que parecía.
Solté una carcajada amarga, una que nació desde el fondo de mi estómago revuelto.
—¿Ah, no? ¿"Deshazte de eso" no es lo que parece? ¿"Es un error" tiene un significado oculto que no entendí? Por favor, señora Elena, no intente limpiar la imagen de su hijo.
—Escuchame —me interrumpió ella, dando un paso adelante—. Los hombres de tu padre le tendieron una emboscada esa misma noche. Lo rodearon en el puerto. Salió de allí con tres balas en el cuerpo y una explosión que casi le quita las piernas. Estuvo seis meses en una cama, Alessandra. Seis meses sin poder caminar, debatiéndose entre la vida y la muerte. Ese mensaje lo escribió en un estado de delirio y furia, creyendo que si te alejaba de él, estarías a salvo de la guerra que se venía. No quería que lo vieras caer.
Me quedé helada. El aire se volvió escaso. ¿Seis meses en cama? ¿Postrado? Pero el dolor que yo sentía era más grande que cualquier explicación médica.
—Mire, señora —le dije, mi voz temblando por la rabia acumulada—. Entiendo que como madre ver a un hijo así te desarma. Lo entiendo perfectamente. Pero él podía mandar un mensaje después, podía llamar, podía pedirle a alguien que me buscara. Pasaron tres años. ¡Tres malditos años! Ni siquiera preguntó cómo estaba su hijo, si comía, si tenía ropa, si tenía fiebre.
Las lágrimas que había estado reteniendo empezaron a caer, calientes y furiosas.
—¿Usted sabe las veces que salí corriendo a la guardia en mitad de la noche, bajo la nieve de Nueva York, porque Eithan volaba en fiebre? ¿Sabe lo que es estar sola en un hospital, sin un dólar en el bolsillo, rogando que tu hijo respire bien? Ninguno de ustedes estaba. Era yo sola. Yo sola lloraba en silencio en este departamento de mierda mientras mi hijo sufría.
Elena bajó la mirada, y vi cómo una lágrima se escapaba de sus ojos.
—Entiendo que su orgullo no le permitiera dejar que lo viera postrado —continué, casi gritando—. Pero por ese maldito orgullo, mi hijo creció sin su padre. Creció pensando que solo éramos nosotros dos. Ahora no me vengan a decir que soy la mala o la desconsiderada. Entiendo que lo quieran ver, es su sangre, pero el tema es que no confío en él. Necesito mi espacio para decidir. No soy una mala madre, pero ¿qué pasará cuando se canse de jugar al papá y nos abandone otra vez? Ahora tengo que pensar por mi hijo, no por los sentimientos de Damián.
Elena asintió lentamente, secándose la mejilla con un pañuelo de seda.
—Te entiendo, Alessandra... de verdad te entiendo. Yo no sabía nada de esto. Damián nos ocultó todo, nos dijo que te habías ido porque ya no querías estar en ese mundo. Me enteré hace apenas unos días y, en cuanto supe que tenía un nieto, te busqué. La familia Smirnov quiere conocerlo. No solo Damián... Eithan tiene un tío y una tía que no saben de él, tiene dos primos que jugarían con él, tiene un abuelo y hasta un bisabuelo que daría su vida por este niño. Jamás lastimaríamos a mi nieto, te lo juro por mi vida.
Me quedé en silencio, mirando el rostro dormido de Eithan. La idea de una familia, de tíos, abuelos y primos, era algo que siempre quise para él, algo que mi propia familia me había negado. Pero el miedo era un muro demasiado alto.
—Lo tengo que pensar —le dije finalmente, con la voz agotada—. La respuesta será sí, eventualmente. Pero no ahora. No hoy. Déjenme asimilar todo esto y prepararlo a él. No puedo simplemente lanzarlo a los lobos.
—Él no es un lobo, Alessandra —dijo Elena con suavidad—. Es un hombre que cometió el peor error de su vida y que ahora está desesperado.
Justo en ese momento, el rugido de un motor rompió la paz del callejón. Un coche negro frenó de golpe detrás del auto de Elena, chirriando los neumáticos contra el pavimento. La puerta se abrió con una violencia que hizo que Eithan se removiera en mis brazos.
Damián bajó del vehículo, con la camisa desabotonada, el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre. Se detuvo en seco al ver la escena: su madre, yo, la maleta en el suelo y el niño en mis brazos.
—¿Mamá? —su voz era una mezcla de shock y furia—. ¿Qué carajo haces acá? Te dije que te mantuvieras fuera de esto.
Damián se acercó a nosotros, su presencia llenando todo el espacio, haciéndome sentir pequeña de nuevo. Miró la maleta y luego me miró a mí, y vi cómo sus ojos se llenaban de un dolor tan crudo que por un segundo me olvidé de mi rabia.
—¿Te ibas a ir de nuevo, Alessandra? —preguntó, su voz apenas un susurro roto—. ¿Ibas a desaparecer otra vez con mi hijo?
—Iba a protegerme de vos, Damián —le respondí, sosteniéndole la mirada a pesar de que el corazón me iba a mil—. Tu madre me contó la historia de tu "heroísmo" y tu orgullo. Pero eso no cambia los tres años de silencio. No cambia el hecho de que nos dejaste solos.
Damián dio un paso hacia mí, pero Elena se interpuso sutilmente, poniendo una mano en el pecho de su hijo.
—Basta, Damián. Ya hiciste suficiente daño. Ella necesita tiempo.
Damián la ignoró, sus ojos clavados en Eithan, que empezaba a despertarse por el ruido. El niño abrió sus ojos miel y miró fijamente a Damián. Fue un segundo de silencio absoluto, donde el parecido entre ambos era tan evidente que dolía.
—Es mío —murmuró Damián, y vi cómo sus manos temblaban, las mismas manos que manejaban armas y negocios multimillonarios—. Dios, Alessandra... es igual a mí.
—Es mío, Damián —le corregí con firmeza, apretando al niño contra mi pecho—. Él es el "error" que sobrevivió gracias a que yo no te escuché. Ahora, si querés ser parte de algo, vas a tener que aprender a esperar. Porque mi perdón no se compra con rubíes, ni con explicaciones de hospital.
Damián apretó la mandíbula, y por primera vez en mi vida, vi a un Smirnov derrotado por algo que no eran balas. Se quedó allí, bajo la luz mortecina de Queens, mirando cómo su pasado y su futuro se encontraban en un callejón, mientras yo, con los huevos que a él le faltaron, decidía el destino de todos nosotros.