Zoe y Antoni nacieron con cucharas de plata en la boca. Rodeados de opulencia y acostumbrados a la adulación, ambos han forjado una coraza de orgullo y narcisismo que los hace inmunes a la empatía. Sus mundos son un escenario de apariencias, donde cada sonrisa es calculada y cada palabra un arma.
Él, Antoni, un tiburón de los negocios, acostumbra a tener todo lo que desea, y el control es su droga más preciada. Su arrogancia es su bandera, y su éxito, su mayor orgullo. Ella, Zoe, una belleza fría y distante, se deleita en la manipulación y la competencia. Su ego es un monstruo que necesita ser alimentado constantemente con admiración y poder.
Sus caminos se cruzan en una fiesta exclusiva, donde la atracción inicial se mezcla con el desafío. Comienza entonces un juego de ajedrez mental y emocional, donde el objetivo no es ganar un amor, sino conquistar un ego.
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tentación.
baje a la cocina moría de hambre Pero al pasar por el gimnasio escuché un ruido la puerta estaba entre abierta así que me acerque para mirar.
Estába Antoni sin camisa cargando pesas, no pude evitar mirar su cuerpo el era realmente fuerte de cada uno de sus músculos se veía sudor del esfuerzo mis ojos bajaron lentamente hasta sus shorts que se podía notar su hombría.
El calor se me subió de golpe a las mejillas. Me quedé inmóvil junto al marco de la puerta, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco tonto en el pecho. Las luces tenues del gimnasio hacían resaltar la tensión en su espalda y los trazos de su abdomen cada vez que levantaba la barra con un control impecable.
Di unos pasos atrás caminé rápidamente por el pasillo hasta la cocina donde estaba Leonor.
El pulso todavía me retumbaba en los oídos cuando entré a la cocina, intentando disimular el rubor en mis mejillas. Me serví un vaso de agua fría de un tirón, deseando que el líquido helado bajara la temperatura de mi rostro antes de que Leonor notara mi agitación.
— Buenas noches, le pedí a las empleadas que te prepararán de comer.— dijo y yo suspiré.
— Gracias.— dije sentandome en la pequeña isla mientras una empleada me ponía una ensalada con pollo y un poco de fruta.
En ese momento entro a la cocina Antoni para abrir la nevera y sacar una botella de agua fría.
Traía una toalla pequeña colgada al cuello y la piel del torso todavía ligeramente húmeda bajo una playera negra que le ajustaba el pecho. Bebió un trago largo de la botella directamente de la boquilla, sin prisa, mientras yo me concentraba en picar un pedazo de fresa de mi plato, evitando a toda costa cruzarme con sus ojos.
—Gracias, María —le dijo Antoni a la empleada con ese tono educado pero distante que siempre usaba.
Leonor nos miró a ambos con una sonrisa complacida, ajena por completo a la electricidad sofocante que se acababa de instalar en la barra.
—Qué bueno que coinciden a cenar algo —comentó Leonor, acomodando unas tazas—. Mañana les espera un viaje largo a la costa. Su padre me dijo que van a revisar los terrenos del acantilado.
—Sí, madre —respondió Antoni, recargándose de lado contra la barra de granito, ridículamente cerca de donde yo estaba sentada.
— Señora la buscan en la puerta.— dijo la empleada mirando a Leonor quien enseguida salió de la cocina dejándonos solos.
— Espero que ya estés revisando bien los planos.— me dijo y yo rode los ojos.
—Los planos están perfectos desde esta mañana, Antoni —respondí sin mirarlo, clavando de nuevo el tenedor en la fruta—. Nathalia y yo somos bastante profesionales, a diferencia de lo que te gusta asumir.
En ese momento su teléfono sonó y mire enseguida sin poder evitarlo decía: Jessica y enseguida el tomo el teléfono y salió de la cocina.
Se giró de inmediato. Nuestras miradas se cruzaron en la penumbra del pasillo por una fracción de segundo. No me detuve; pasé a su lado con la barbilla bien en alto, regalándole una sonrisa corta, irónica y cargada de burla antes de subir el primer escalón.
—Que descanses, Antoni —dije en un tono dulce y falso, sin dejar de caminar hacia mi habitación—. Asegúrate de arreglar tus distracciones personales antes de mañana.
Al entrar a mi habitación me quite la ropa y me puse la bata de dormír.
por UE la tal amiguita esa ni me fio