Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 10: Unión eterna.
Sonrió, esa sonrisa hermosa y perversa que me volvía loca, y bajó una mano entre nuestros cuerpos, sus dedos largos y expertos buscando el centro de mi placer, encontrándome húmeda, ardiente, lista para él. Rozó con suavidad, una, dos veces, y yo me arqueé de espalda, gritando su nombre, mientras ondas de placer intenso me recorrían de pies a cabeza. Sabía lo que hacía. Sabía exactamente cómo tocarme, cómo moverse, qué presión usar, qué ritmo seguir, y me hizo perder la cabeza, me hizo olvidar dónde estaba, quién era, qué era, dejándome solo flotar en una nube de sensaciones puras y explosivas.
—Estás tan húmeda para mí… —murmuró contra mi boca, introduciendo poco a poco un dedo, luego dos, dentro de mí, llenándome, estirándome, preparándome, moviéndose con un ritmo que me hacía delirar—. Tan caliente, tan lista… tan mía. Todo esto es mío. Tu cuerpo, tu placer, tus gemidos, todo me pertenece. Y yo te voy a dar todo lo que te mereces. Todo lo que has estado esperando toda tu vida.
Y entonces, se separó un poco, tomándose con una mano la base de su propia dureza, y se colocó en la entrada de mi cuerpo. Me miró a los ojos, buscando mi mirada, asegurándose de que yo lo quería, de que yo lo deseaba tanto como él a mí. Y cuando yo asentí, con la respiración cortada, los ojos brillantes, la boca entreabierta, empujó.
Entró despacio, muy despacio, llenándome poco a poco, estirándome, haciéndome sentir cada centímetro de su tamaño, de su grosor, de su longitud. Fue una sensación indescriptible: una mezcla de dolor dulce y placer inmenso, una sensación de plenitud absoluta, de estar completa, de tener dentro de mí todo lo que él es, todo su poder, toda su esencia, toda su eternidad. Gemí fuerte, clavando las uñas en sus hombros, en su espalda, sintiendo su piel bajo mis dedos, y él gimió también, un sonido que salió de lo más profundo de su pecho, entrecortado, lleno de placer y de alivio.
—Dioses… Lysandra… —susurró, deteniéndose un momento, permitiéndome acostumbrarme a él, a la sensación de estar tan llena, tan unida a él—. Eres tan apretada… tan perfecta… me envuelves como si hubieras sido creada solo para mí. Y es que lo fuiste. Lo fuiste.
Empezó a moverse, despacio al principio, con una cadencia profunda, entrando y saliendo, rozando cada parte sensible dentro de mí, golpeando puntos que yo ni siquiera sabía que existían, que me hacían ver estrellas, que me hacían sentir que iba a explotar de placer. Y luego, el ritmo aumentó. Se hizo más rápido, más fuerte, más profundo, más salvaje. Se movía dentro de mí con una fuerza y una pasión que me hacían temblar la cama entera, que hacían que las cortinas se agitaran como si un viento mágico pasara por la habitación, que hacía que la luz de las esferas flotantes brillara más intensamente, respondiendo a nuestra energía, a nuestra unión.
Sus caderas chocaban contra las mías con fuerza, rítmicamente, marcando el compás de nuestra unión, y yo me movía con él, levantando mis caderas para encontrar cada embestida, recibiéndolo, devolviéndole la misma intensidad, enroscando mis piernas alrededor de su cintura para que pudiera entrar más profundo, para que no hubiera ni un milímetro de distancia. Sus manos me sostenían con fuerza, una en mi cintura, otra en mi espalda, marcándome, dejando huellas que durarían días, que serían el recuerdo de esta noche, de este momento en que nos pertenecimos el uno al otro más allá de todo.
Me besaba por todas partes, en la boca, en el cuello, en el pecho, mordiendo, lamiendo, chupando, haciéndome suya en cada parte de mi cuerpo, haciéndome sentir que él estaba en todas partes al mismo tiempo. Susurraba cosas al oído, palabras de amor, de deseo, de posesión, promesas de eternidad, frases cargadas de erotismo que me hacían estremecerme más fuerte, que me hacían llegar al límite una y otra vez, sin dejarme caer, manteniéndome en esa cima del placer, flotando, ardiente, viva.
—Grita —me ordenó, con voz ronca, mientras aumentaba el ritmo hasta volverse frenético, salvaje, desesperado—. Grita mi nombre, Lysandra. Que todo el reino lo oiga. Que sepan quién eres. Que sepan a quién perteneces. Grita todo el placer que te doy. Grita que eres mía.
Y yo grité. Grité su nombre una y otra vez, con toda mi fuerza, con toda mi alma, mezclando su nombre con gemidos, con súplicas, con palabras que ni yo misma entendía, perdiendo completamente la razón, dejándome llevar solo por la sensación increíble que me recorría, que crecía y crecía dentro de mí, que se hacía más y más intensa, hasta que ya no pude más.
Me vine con un grito largo y desgarrado, apretándolo con mis piernas, con mis brazos, con todo mi ser, sintiendo cómo las ondas de placer me estremecían entera, cómo me sacudían, cómo me hacían perder la conciencia por unos segundos, perdiéndome en la sensación de estar llena de él, de estar unida a él. Y él no se detuvo. Siguió moviéndose, más fuerte, más rápido, más profundo, usando mi propio placer para llevarme más allá, para hacerme sentir más, para arrastrarme de nuevo hacia el borde, mientras yo, débil, temblorosa, llena de él, solo podía recibirlo, amarlo, desearlo.
Y finalmente, con un último empujón profundo, con un grito de mi nombre que resonó en toda la habitación, él también se vino. Se quedó hundido hasta el fondo de mí, apretado contra mi cuerpo, llenándome por completo, derramando su esencia dentro de mí, marcándome para siempre, mezclando lo suyo con lo mío, haciéndonos uno solo en cuerpo, alma y sangre.
Se dejó caer sobre mí, su peso suave, apoyado en los codos, su respiración pesada y acelerada chocando contra mi cuello, su cuerpo temblando ligeramente contra el mío, mientras ambos bajábamos la velocidad, mientras volvíamos a la realidad poco a poco, mientras el placer intenso se convertía en una sensación cálida, suave, de plenitud absoluta.
Me abrazó con fuerza, envolviéndome en sus brazos, acurrucándome contra su pecho, besando mi frente, mis ojos, mis labios, con una ternura infinita, muy diferente a la pasión salvaje de hace unos momentos. Me apartó un poco el pelo de la cara, me miró a los ojos, y vi en los suyos todo lo que sentía: amor, deseo, orgullo, pertenencia.
—Ahora sí, esposa mía —susurró, con voz suave y llena de emoción—. Ahora sí eres completamente mía. En cuerpo y alma. Y nada, ni nadie, podrá separarnos jamás. Lo que hemos hecho aquí… es unión eterna. Un lazo que ni la muerte misma podría romper.
Me acurruqué más contra él, escuchando los latidos fuertes y constantes de su corazón, sintiendo su piel contra la mía, sintiendo su esencia dentro de mí, llena, completa, feliz. Cerré los ojos, y por primera vez desde que llegué a este mundo, no sentí miedo, ni duda, ni tristeza. Solo sentí amor. Un amor que ardía, que consumía, que era tan oscuro y hermoso como el propio Azrael.
Y mientras nos quedábamos allí, abrazados, desnudos, entre las sábanas revueltas, bajo la luz eterna de aquel reino de sombras, supe que esto era solo el comienzo. Que lo que habíamos vivido esta noche era solo una pequeña muestra de todo lo que podíamos ser, de todo lo que podíamos disfrutar juntos a lo largo de la eternidad.
Y no podía esperar para descubrirlo todo.