Un divorcio es solo el principio
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Pintoresco
Elena soltó una risa seca, de esas que no llegan a los ojos pero que cortan como un bisturí de diamante. Se separó un paso de Viktor, manteniendo esa distancia de seguridad que solo las mujeres que se saben poderosas saben manejar.
—Sr. Volkov, no me malinterprete —dijo ella, recorriendo con la mirada el impecable traje de tres piezas del ruso con una indiferencia insultante—. Su intensidad es... pintoresca. Casi parece sacada de una novela de espías de bajo presupuesto. Pero después de diez años de lidiar con un hombre que creía que el mundo giraba en torno a su entrepierna, comprenderá que un par de ojos azules y un acento marcado no me causan ni un escalofrío.
Dante soltó un bufido, mitad alarma, mitad orgullo. Viktor, por su parte, se quedó inmóvil. Nadie, absolutamente nadie en los últimos cinco años, se había atrevido a llamarlo "pintoresco". La obsesión, que ya era una chispa, se convirtió en un incendio forestal en su pecho.
—Pintoresco —repitió Viktor, saboreando la palabra como si fuera un vodka caro—. Es usted peligrosa, Elena. No por lo que hace, sino por lo que no le importa.
—Lo que no me importa es su opinión, por ejemplo —respondió ella, dándole un sorbo a su copa—. Dante, querido, dile a tu amigo que si quiere impresionar a alguien, hay una fila de modelos en la barra esperando su turno. Yo estoy ocupada celebrando mi libertad, no buscando un nuevo carcelero, aunque este use gemelos de platino.
Viktor dio un paso hacia ella, ignorando por completo la presencia de Dante, quien ya tenía la mano puesta en el hombro del ruso en una advertencia silenciosa de "hermano, detente".
—No soy un carcelero, Elena. Soy el arquitecto de los deseos que usted aún no sabe que tiene —susurró Viktor, su voz bajando un octavo de tono, volviéndose una vibración pura—. Y no soy un hombre que acepte un "no" cuando la respuesta lógica es un "todavía no".
—Entonces su lógica está tan averiada como el matrimonio de mi ex —sentenció Elena, dándole la espalda con una elegancia que hizo que su vestido azul ondulara como el mar—. Dante, nos vemos mañana en la oficina. Sr. Volkov... intente no romper nada en mi gala. El depósito de seguridad es caro.
Caminó hacia el grupo de diplomáticos, dejándolos atrás. Viktor no podía apartar la vista de su silueta.
—Dante —dijo el ruso, sin dejar de mirar a Elena—, dime que no está casada con nadie más. Porque si lo está, mañana sera viuda.
—Está divorciándose, Viktor. Y créeme, te va a costar más conquistarla a ella que comprar una república soviética. Elena no es un trofeo, es el fuego mismo. Si te acercas mucho, te vas a quemar.
—Me gusta el calor —respondió Viktor con una sonrisa depredadora—. Dime todo sobre ella. Sus flores favoritas, sus enemigos, el nombre de su primer perro. Quiero saber hasta qué sueña cuando cree que nadie la mira.
Dante lo miro por un segundo y soltó una carcajada la cual Víctor no dejo pasar.