Marcos Castro, el implacable director de Apex Dynamics, cree que el control lo es todo hasta que la humilde camarera Sara tropieza con él. Ella trabaja sin descanso para pagar deudas médicas y posee una dignidad inquebrantable que fascina a Marcos, desatando en él una peligrosa obsesión.Para acercarse, él le ofrece empleo en su empresa. Sin embargo, Sara desconfía de los ricos y rechaza sus lujos, obligando al magnate a bajarse de su pedestal para ganarse su corazón. Entre el orgullo y una pasión salvaje e incontenible, ambos inician un intenso juego de seducción.La situación se complica cuando los secretos del pasado de Sara salen a la luz y un enemigo corporativo intenta usarla para destruir la compañía. El hermético empresario tendrá que decidir si es capaz de quemar su propio imperio con tal de proteger a la mujer que se convirtió en su dulce perdición.
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CAPITULO 9. EL PACTO DEL SILENCIO
La mañana del miércoles irrumpió con una luz intensa que dejaba al descubierto cada rincón de la planta ejecutiva. Sara permanecía detrás del mostrador de recepción, organizando los albaranes de entrega con una rigidez que delataba que no había pegado ojo en toda la noche. Sus labios aún conservaban el recuerdo de la presión de la boca de Marcos, y el pulso se le aceleraba cada vez que escuchaba unos pasos acercarse por el pasillo de cristal.
Había pasado la madrugada entera dando vueltas en la cama de su pequeño apartamento, dividida entre el miedo y una atracción que ya no podía negar. Sabía que debía ser inteligente. Tenía una madre enferma y un hijo de cinco años que dependían exclusivamente de ese sueldo, y no iba a permitir que un arrebato de pasión pusiera en peligro la estabilidad que tanto le había costado conseguir.
Al dar las nueve, Lucía entró a la oficina portando su tableta digital. Al ver a Sara tan concentrada, le dedicó una sonrisa afectuosa antes de adentrarse en el área de contabilidad, dejándole el camino despejado. Sara tomó aire, recogió la carpeta con los informes del archivo del día anterior y caminó con paso firme hacia la oficina principal.
Dio tres golpes secos en la madera noble. Tras escuchar la orden de pasar, empujó la puerta y entró, cerrando con un sutil chasquido a sus espaldas para asegurar la privacidad.
Marcos estaba sentado detrás del escritorio de nogal, revisando unos presupuestos. Llevaba una camisa gris oscuro que resaltaba su complexión robusta, y su fragancia a cuero negro y madera de cedro ahumada inundaba la estancia. Al levantar la vista y clavar sus ojos oscuros en ella, una tensión inmediata volvió a adueñarse del espacio. El directivo dejó el bolígrafo sobre la mesa, adoptando una postura atenta.
Sara avanzó tres pasos, deteniéndose justo frente a la mesa. No llevaba rastro de timidez en su rostro; la madurez de la mujer que había sacado adelante a su hijo sola se reflejaba en la firmeza de sus hombros y en la claridad de su mirada color miel.
—Tenemos que hablar, Marcos —dijo ella, omitiendo el tratamiento formal por primera vez en esas paredes, con una voz nítida que no admitía interrupciones.
Marcos se reclinó en su silla de piel, entrelazando los dedos sobre el regazo.
—Te escucho, Sara. Siéntate —respondió con su profunda voz barítona.
—Prefiero quedarme de pie —replicó ella, sosteniéndole la mirada con orgullo—. Lo que pasó anoche en el archivo fue un error que no debió ocurrir. No voy a negar que hay una atracción entre nosotros, pero yo no soy una mujer libre para jugar con fuego. Tengo demasiadas responsabilidades fuera de estas paredes como para permitirme un escándalo en mi puesto de trabajo.
Marcos endureció sutilmente la mandíbula, poniéndose en pie con un movimiento pausado que acortó la distancia entre ambos, deteniéndose al borde del escritorio.
—No me arrepiento de haberte besado, Sara. Y ya te dije que mis intenciones contigo no tienen nada que ver con un juego —susurró él, con una fijeza en los ojos que demostraba lo mucho que le importaba—. Quiero estar cerca de ti, quiero ayudarte con Matías y quiero que dejes de verme como un peligro.
—Si de verdad quieres que deje de verte así, vas a tener que aceptar mis condiciones —sentenció Sara, dando un paso al frente para dejar clara su postura—. He aceptado este empleo porque mi familia lo necesita, y voy a ganarme cada céntimo con mi esfuerzo. No quiero que Lucía, ni los ingenieros, ni los mecánicos del taller piensen que estoy aquí por haber conseguido el favor del director. Por lo tanto, exigió un pacto entre nosotros: lo que suceda fuera de estas oficinas es una historia distinta que tendremos que aprender a gestionar, pero aquí dentro, de las ocho de la mañana a las seis de la tarde, somos estrictamente el director y la recepcionista. Nadie puede saber lo que pasó. Nuestra relación se mantendrá en absoluto secreto.
Marcos la observó en silencio, analizando la determinación implacable de sus facciones. El impulso posesivo de su carácter se rebelaba ante la idea de tener que ocultar lo que sentía por ella en los pasillos de la empresa, pero al ver la súplica oculta en sus ojos color miel y comprender que lo hacía por proteger su dignidad y el futuro de su hijo, su testarudez cedió.
—De acuerdo, Sara. Acepto tu pacto —dictaminó Marcos, apoyando las manos en la mesa mientras se inclinaba sutilmente hacia ella—. Mantendremos el secreto dentro de la fábrica. Seré tu director frente a los demás, pero te advierto una cosa: cuando las luces se apaguen y salgamos por esa puerta, no habrá ninguna regla que me impida ir a buscarte a ti y a Matías.
Sara asintió con la cabeza, sintiendo que un peso inmenso se desprendía de su pecho. Recogió los informes de la mesa y se dio la vuelta, saliendo del despacho con paso firme para regresar a su puesto en la recepción. Había conseguido el pacto que necesitaba para proteger su profesionalismo, pero mientras se sentaba frente al ordenador, una extraña sensación de inquietud le recorrió la nuca. Al mirar a través de los inmensos ventanales hacia el aparcamiento exterior del polígono industrial, no pudo notar que un coche antiguo y de cristales oscuros permanecía estacionado en una esquina estratégica, con el motor encendido. En su interior, un hombre vigilaba sus movimientos con unos prismáticos, sosteniendo un teléfono móvil en la mano; la primera sombra de su pasado acababa de localizar su paradero, lista para desestabilizar la aparente calma que el acuerdo de la oficina acababa de construir.