Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 3
Minutos después de aquel incidente, Doña Susana volvió a la sala con un pequeño botiquín de primeros auxilios.
—Clara, sube el pie al sofá —le dijo con suavidad pero firmeza—. Deja que Álvar te cure. Si lo dejas así, te puede salir una ampolla.
Clara dudó. Su mirada se desvió hacia Álvar, sentado frente a ella. El hombre no decía nada; su rostro era inexpresivo, la mirada fría pero controlada, una mirada que, paradójicamente, le impidió a Clara protestar.
Despacio, Clara levantó el pie sobre el sofá.
Álvar se sentó frente a ella con un paño húmedo y un ungüento. En cuanto bajó la vista, exhaló suavemente y tragó saliva. Los shorts de Clara dejaban a la vista unas piernas largas y de piel blanca e impecable, un contraste llamativo con el entorno rural.
Sus manos trabajaron con destreza y profesionalismo. Limpió la zona enrojecida de la piel, la comprimió con cuidado. Su toque era ligero, casi sin presión. No salió ni una sola palabra de su boca. Ese silencio, precisamente, fue lo que puso nerviosa a Clara.
Ella lo observó a hurtadillas, estudiando el rostro de Álvar a tan poca distancia. La mandíbula firme, las cejas bien definidas, la expresión hermética. No había nada del pueblerino desaliñado que ella había imaginado. Y eso, por alguna razón, le provocó una sensación extraña en el pecho.
—Listo —dijo Álvar al fin, escueto—. No te mojes el pie por un rato.
Clara asintió levemente.
—Gracias —respondió en voz baja, muy lejos del tono ácido de antes.
Doña Susana sonrió aliviada.
—Bien, ahora descansa en la habitación. Álvar, llévala. Voy a preparar el almuerzo.
Álvar se puso de pie.
—Vamos.
Clara bajó del sofá y se incorporó con cierta torpeza. Tomó su maleta y siguió a Álvar, que caminaba delante hacia el pasillo lateral de la casa.
Iban uno al lado del otro, pero la distancia se sentía enorme. No hubo conversación. Solo el sonido de sus pasos y un sentimiento desconocido que ambos guardaban para sí.
Detrás de su calma, Álvar contenía un solo pensamiento que no dejaba de molestarlo.
Esta mujer de ciudad va a poner a prueba mi paciencia.
Álvar se detuvo frente a una puerta de madera color café claro. La abrió y cedió el paso para que Clara entrara primero.
—Esta es nuestra habitación —dijo, lacónico.
La habitación era sencilla: ni grande ni lujosa, pero limpia y ordenada. Una cama de madera de tamaño mediano con sábanas frescas, un armario pequeño, un tocador modesto y una ventana que daba al huerto trasero. El aire entraba libremente, trayendo consigo aroma de tierra y hojas húmedas.
Clara recorrió el cuarto con la mirada. No era tan malo como esperaba; incluso resultaba bastante acogedor. Sin embargo, un detalle le tensó el pecho.
—Y entonces… ¿tú dónde duermes? —preguntó al fin, cruzando los brazos sobre el pecho.
Álvar la miró.
—Aquí.
—¿Qué? —Clara abrió los ojos como platos—. ¿Cómo que aquí?
—Compartimos habitación —respondió Álvar sin inmutarse—. Eres mi esposa.
Ese tono le hizo hervir la sangre.
—¡Ni se te ocurra! —estalló Clara—. ¿Crees que voy a dormir en el mismo cuarto con alguien que ni siquiera conozco? ¡Esto es una barbaridad!
Su faceta agresiva y arrogante brotó sin filtro. Álvar respiró hondo, esta vez más profundo. Pero su voz se mantuvo bajo control.
—Te guste o no, dormimos en el mismo cuarto. Quieras o no, vivimos en el mismo cuarto.
Esas palabras fueron como gasolina sobre el fuego.
—¡Eres un abusivo! —Clara le señaló el pecho con el dedo—. ¡No quiero vivir en esta aldea! ¡No quiero vivir así!
Álvar la miró con dureza.
—Y las chicas de ciudad como tú son imposibles de manejar —replicó con frialdad—. Consentidas y egoístas.
Le palpitaba la cabeza; su paciencia se adelgazaba. Un golpe en la puerta interrumpió la tensión de golpe.
—¿Álvar? —la voz de Doña Susana se escuchó del otro lado—. Ya está listo el almuerzo.
Álvar desvió la mirada de Clara.
—Sal, vamos a comer —dijo con sequedad y frialdad, y se marchó sin esperar respuesta.
Al llegar al comedor, Doña Susana notó de inmediato el rostro crispado de su hijo.
—¿Qué pasó? —le preguntó en voz baja.
Álvar arrastró una silla, se sentó y exhaló.
—No creo poder vivir bajo el mismo techo que Clara, mamá. Es imposible de tratar. Una chica de la capital… seguro no va a aguantar la vida aquí.
Doña Susana lo observó con detenimiento y luego esbozó una sonrisa fina.
—Paciencia, Álvar. Ahora es tu esposa. No una invitada.
Antes de que Álvar pudiera responder, Clara salió de la habitación. Su andar era elegante, su rostro sereno, radicalmente distinto a su actitud de hacía un momento.
Tanto Álvar como Doña Susana se quedaron en silencio.
Doña Susana se puso de pie de inmediato.
—Ven, Clara. Siéntate aquí. Preparé sopa agria de verduras y pescado frito.
Clara le dedicó una sonrisa dulce.
—Gracias, señora.
Se sentó, ayudó a Doña Susana a acomodar los platos e incluso hizo pequeñas preguntas sobre la cocina. Su tono era suave, sus modales corteses; casi no quedaba rastro de la chica agresiva de antes.
Álvar la observó desde su lugar, en silencio, genuinamente sorprendido. Esa casa llevaba mucho tiempo vacía. Y apenas medio día con Clara allí, su madre ya lucía encantada.
La comisura de los labios de Álvar se elevó apenas.
Clara miró el plato frente a ella. Una tilapia frita de buen tamaño descansaba sobre el arroz caliente, con salsa picante y hojas de guarnición a un lado. El aroma era apetitoso, tentador, pero le oprimió el pecho.
Solo de pensarlo sentía malestar. Desde niña era alérgica al pescado de agua dulce, especialmente a la tilapia. Le provocaba comezón en la piel y le cerraba la garganta si no tomaba su medicamento a tiempo.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó Doña Susana con dulzura, al notar que Clara solo miraba el plato sin moverse—. ¿No tienes apetito?
Antes de que Clara pudiera responder, Álvar se recargó en su silla. Su voz sonó plana pero punzante.
—Seguro que la comida de mamá no le gusta —dijo—. Acostumbrada a hamburguesas y pizza. ¿Cómo va a gustarle la comida del campo?
Aquellas palabras fueron como una bofetada discreta.
Clara volteó bruscamente hacia Álvar. Los ojos le relampaguearon de enojo. Había muchas cosas que quería rebatirle, pero su orgullo habló primero.
Sin decir nada, Clara tomó la cuchara y el tenedor. Arrancó un trozo pequeño de carne de tilapia y se lo metió a la boca.
No pasa nada, se dijo en silencio. Después me tomo la pastilla.
Recordó que siempre llevaba su medicamento para la alergia en el bolso.
Doña Susana sonrió aliviada al ver que Clara empezaba a comer.
—¿Está rico, verdad?
Clara asintió despacio, forzando una sonrisa.
—Está rico, señora.
Álvar la miró de reojo —apenas un vistazo— y volvió a concentrarse en su propia comida. No sabía; y Clara no tenía la menor intención de contarle. Porque para Clara Valeska, admitir una debilidad frente a ese hombre era lo último que estaba dispuesta a hacer.