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Sombras De Dragón

Sombras De Dragón

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Superpoder / Época / Dragones
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.

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Capítulo 10: Visita sorpresa a la mansión Wén.

El sol de la mañana iluminaba con luz dorada los amplios jardines de la mansión Wén, donde el aire olía a flores de durazno y a hierba fresca. Roxana estaba sentada bajo el gran árbol de ginkgo, con un cuaderno abierto sobre las rodillas, dibujando esquemas de sistemas de riego más eficientes, mientras sus hermanos pequeños jugaban cerca, persiguiendo mariposas y riendo a carcajadas. Para ella, era una mañana tranquila, igual que tantas otras: lejos de las reglas estrictas, lejos de las miradas críticas, lejos del palacio y de su gente.

Pero esa calma se rompió de golpe cuando el sonido de caballos al galope y cascos resonando en el suelo de piedra llegó desde la puerta principal, seguido de trompetas cortas y solemnes que hicieron que todos en la mansión se detuvieran de inmediato.

Los sirvientes corrieron hacia la entrada, confundidos y asustados, y su padre, Wén Chen, que revisaba cuentas en su despacho, salió deprisa, preguntando qué pasaba. Roxana levantó la cabeza, frunciendo el ceño. Solo había una persona cuya llegada se anunciaba con trompetas y escoltas de caballería en toda la capital.

—No puede ser… —murmuró, cerrando su cuaderno despacio, con una mezcla de sorpresa y fastidio—. ¿Qué hace él aquí?

En ese momento, el mayordomo llegó corriendo hasta el jardín, pálido y sin aliento, e hizo una reverencia profunda antes de hablar con voz temblorosa:

—¡Señor, señorita! ¡Es Su Majestad el Emperador! ¡Ha llegado… está aquí mismo, en la puerta, y dice que viene de visita sin previo aviso!

Un silencio de asombro cayó sobre el grupo. Wén Chen abrió los ojos con desmesura, sin entender qué podía llevar al propio Emperador a visitar la casa de un funcionario sin ningún motivo oficial. Su madre, Lǐ Mèi, se llevó una mano al pecho, sorprendida pero recuperando rápido la calma, y empezó a dar órdenes para que todo estuviera presentable.

Pero Roxana se quedó sentada donde estaba, sin moverse, con esa expresión tranquila y analítica que siempre la caracterizaba. Sus hermanos se acercaron a ella, inquietos.

—¿Viene a buscarte, hermana? —preguntó Hào, con los ojos muy abiertos.

—Seguro que sí —respondió el pequeño Yǔ, muy serio—. Le gustaste mucho en la fiesta, ¿verdad?

Roxana se puso de pie, se sacudió la túnica con calma y les sonrió con esa media sonrisa desafiante.

—No sé qué quiere. Pero sea lo que sea, aquí estamos en nuestra casa. Y aquí, las reglas las ponemos nosotros.

Minutos después, bajo las miradas atónitas de todos los sirvientes y familiares, Li Longjun entró en el jardín. No llevaba las túnicas imperiales pesadas y recargadas de la fiesta, sino ropas más sencillas, de seda azul oscuro, que le daban un aire más joven y cercano, aunque su presencia seguía siendo imponente, llenando todo el espacio a su alrededor. Lo acompañaban solo dos guardias y su consejero Liu Wei, pero él caminaba delante, despacio, mirando todo con curiosidad, como si quisiera grabar cada rincón en su memoria.

Wén Chen y su esposa se adelantaron, hicieron una reverencia profunda, tocando el suelo con la frente, como mandaba la norma, y saludaron con respeto:

—Majestad, es un honor inmenso. Nunca imaginamos que su presencia bendeciría nuestra humilde casa. Bienvenido sea.

Li Longjun les hizo una seña con la mano, amable pero distante, sin dejar de mirar hacia donde estaba Roxana.

—Levántense, por favor. No vengo como Emperador hoy, sino simplemente como alguien que quería conocer mejor el lugar donde vive la persona más interesante de mi imperio.

Entonces, sus ojos se encontraron con los de ella.

Roxana no se había inclinado. No se había apresurado a saludar. Estaba de pie, erguida, tranquila, mirándolo directamente a los ojos, con la misma naturalidad con la que lo había mirado en la fiesta, sin miedo, sin admiración exagerada, sin sumisión. Solo hizo una pequeña reverencia con la cabeza, cortés y elegante, y habló con su voz clara y firme:

—Bienvenido a nuestra casa, Majestad. Esperamos que el viaje hasta aquí no haya sido aburrido. Siéntese, por favor.

Wén Chen contuvo el aliento, asustado por la falta de formalidad de su hija, pero Li Longjun no pareció molestarse. Al contrario: una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa de satisfacción, como si esa actitud fuera exactamente lo que esperaba de ella, y lo que más le gustaba.

Caminó hacia ella, se detuvo a solo unos pasos, y la miró de arriba abajo, estudiándola con esa atención intensa que ya le era familiar. Notó que no llevaba adornos, ni maquillaje, ni ropas lujosas. Solo una túnica sencilla de color verde claro, el cabello recogido con una cinta de tela, las manos manchadas levemente de tinta y tierra. Y aun así, o quizás por eso mismo, se veía más hermosa, más brillante, más impresionante que cualquier mujer que él hubiera visto nunca.

—No ha sido aburrido en absoluto —respondió él, con voz suave pero profunda—. Porque sabía que al llegar te encontraría aquí. Y eso siempre es motivo suficiente para viajar cualquier distancia.

Sus padres y los sirvientes escuchaban esas palabras con el corazón en un puño, asombrados por la forma en que el Emperador le hablaba, con una dulzura y un interés que nadie le había escuchado antes. Pero Roxana no se inmutó. Solo se encogió ligeramente de hombros, como si fuera un cumplido cualquiera, y señaló los bancos de piedra bajo el árbol.

—Si es así, siéntese. Estaba revisando unos dibujos sobre cómo mejorar los canales de agua. ¿Le interesa verlo?

Li Longjun abrió los ojos un poco más. Ninguna mujer le hablaba así. Ninguna mujer le ofrecía ver sus trabajos, sus ideas, sus pensamientos, como si fueran lo más importante. Todas le hablaban de cosas bonitas, de cosas vacías. Pero ella… ella le hablaba de agua, de tierra, de mejoras, de ideas. Y eso, lejos de aburrirlo, lo fascinaba más que nada en el mundo.

Se sentó en el banco de piedra, junto a ella, ignorando las miradas de sorpresa de todos los presentes, y asintió con entusiasmo.

—Por supuesto. Muéstrame todo lo que tienes.

Durante las siguientes horas, la mansión Wén entera se quedó en silencio, con la respiración contenida, sin poder creer lo que estaba pasando. El Emperador, el hombre más poderoso del mundo, se había sentado allí, bajo un árbol, y había pasado horas hablando con Roxana, escuchándola, haciéndole preguntas, mirando sus dibujos, escuchando sus explicaciones.

Ella le habló de agricultura, de cómo rotar los cultivos para que la tierra no se agotara. Le habló de medicina sencilla, de cómo mantener la higiene para evitar enfermedades. Le habló de geografía, de las rutas comerciales, de cómo podían mejorarse los caminos para que llegaran mercancías a todos los rincones. Le habló de educación, de cómo todos, hombres y mujeres, ricos y pobres, tenían derecho a aprender y a saber.

Y lo más sorprendente de todo: ella le hablaba como si fuera su igual. No le bajaba la cabeza. No endulzaba sus palabras. Le decía cuando estaba equivocado, le explicaba las cosas con paciencia, le hacía preguntas a él también, le pedía su opinión, debatía con él con inteligencia y pasión, defendiendo sus ideas con lógica impecable.

Li Longjun escuchaba todo embelesado. Cada palabra que ella decía abría una puerta nueva en su mente, le mostraba una forma distinta de ver el mundo. Él gobernaba un imperio enorme, conocía las leyes, las guerras, la política… pero ella conocía la vida, la gente, la tierra, las cosas que hacían que todo funcionara. Y ver cómo su mente brillaba, cómo veía soluciones donde nadie más veía problemas, cómo entendía todo con una claridad asombrosa… lo tenía totalmente atrapado.

En un momento, mientras miraban un dibujo de un sistema de presas sencillas para controlar el agua de los ríos, él se atrevió a preguntar, con voz más suave, más personal:

—¿Cómo es posible que sepas todo esto, Roxana? Nadie te lo ha enseñado. Nadie ha viajado por todo el imperio para mostrártelo. ¿Cómo puedes saber tanto de tantas cosas distintas?

Ella levantó la vista del papel, lo miró a los ojos, y respondió con esa sinceridad absoluta que siempre lo dejaba sin palabras:

—Porque yo no me limito a ver lo que todos ven, Majestad. Yo me pregunto por qué las cosas son así. Observo, pienso, imagino cómo podrían ser mejor. Y además… —hizo una pausa, sonriendo levemente—, creo que mi mente no tiene límites. Y no me gusta que nadie me diga qué puedo saber y qué no.

Li Longjun se quedó callado un instante, absorbido por sus palabras. En su vida, todas las personas que conocía tenían límites. Límites de lo que podían hacer, de lo que podían saber, de lo que podían pensar. Pero ella… ella no tenía límites. Era infinita, brillante, eterna. Y esa libertad, esa capacidad de ser ella misma sin importarle nada ni nadie, era lo que más lo enamoraba, lo que más lo hacía quererla para sí.

Más tarde, cuando el sol ya empezaba a bajar y sus padres le ofrecieron una comida sencilla pero deliciosa, Li Longjun aceptó quedarse, aunque su consejero le había recordado varias veces que tenía asuntos urgentes que atender en el palacio. Él simplemente le había hecho un gesto para que se callara, sin apartar la mirada de Roxana ni un segundo.

Durante la comida, habló también con sus padres, admirando la forma en que la trataban, con respeto y amor, dándose cuenta de que esa mujer tan extraordinaria había nacido y crecido en un lugar donde la habían dejado ser libre, donde la habían apoyado en todo, donde la habían enseñado que su valor no dependía de ser mujer o hombre, sino de ser buena, inteligente y fiel a sí misma.

Y vio también cómo sus hermanos la adoraban, cómo corrían a contarle cosas, cómo le pedían consejo, cómo ella los trataba con cariño pero también con autoridad, como una verdadera hermana mayor y maestra a la vez.

Cuando por fin llegó el momento de marcharse, ya entrada la tarde, Li Longjun se detuvo frente a Roxana, bajo la puerta principal, mientras sus guardias preparaban los caballos. Se quedó mirándola largo rato, sin decir nada, grabando cada rasgo de su rostro en su memoria, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, más fuerte que nunca antes en su vida.

Había venido solo con curiosidad, con ganas de verla de nuevo, de conocerla mejor. Pero se había quedado mucho más tiempo del que había planeado, mucho más de lo que debía. Y se marchaba sabiendo que ya no había vuelta atrás.

—Hoy he aprendido más que en todos los años que llevo en el trono —le dijo él, con voz baja, cargada de emoción y admiración—. He visto cosas que no conocía, he escuchado palabras que nadie me había dicho, y he conocido a la persona más maravillosa que existe bajo el cielo.

Extendió la mano, con delicadeza, y le tocó suavemente la mejilla, un gesto íntimo y prohibido que hizo que todos los presentes contuvieran el aliento. Pero Roxana no se apartó. Solo lo miró a los ojos, tranquila, serena.

—Gracias por venir, Majestad —respondió ella con sencillez—. Siempre es bueno compartir ideas. Y si alguna vez quiere saber más, o ver más, ya sabe dónde vivo.

Li Longjun sonrió, una sonrisa llena de promesas, de deseo, de esa obsesión que ya crecía en él sin control.

—Lo sé —dijo él suavemente—. Y ten por seguro que volveré. Volveré muchas veces. Porque ahora sé que aquí, en esta casa, es donde está lo único que realmente vale la pena.

Montó en su caballo y se marchó, seguido de su comitiva, pero no dejó de mirar atrás, de mirarla a ella, que se quedó en la puerta despidiéndolo con la mano, tranquila y serena, como si acabara de irse un amigo y no el propio Emperador.

Mientras se alejaba por las calles de la ciudad, Li Longjun no pensaba en sus asuntos de estado, ni en sus guerras, ni en sus problemas. Solo pensaba en ella. Pensaba en su inteligencia, en su libertad, en su forma de ver el mundo, en esa capacidad suya de tratarlo como a un hombre y no como a un dios.

Y supo con absoluta claridad que ya no había nada que pudiera detenerlo. Que esa mujer que lo recibía con educación pero sin reverencias, que le hablaba como a un igual, que no le tenía miedo ni lo adoraba… era la única mujer que él quería, la única que necesitaba, la única que sería suya.

Y que, pase lo que pase, haría lo que fuera necesario para estar a su lado, para ganarse su corazón, para que ella lo viera no como el Emperador, sino como el hombre que estaba dispuesto a darlo todo por ella.

Porque esa visita sorpresa no había sido más que el comienzo. Y ahora, el Dragón Dorado ya no podía vivir sin verla, sin escucharla, sin estar cerca de ella. Su curiosidad se había convertido en amor. Y su amor… pronto se convertiría en la obsesión más grande que el imperio había visto jamás.

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Marisela Morales
los hijos son el tesoro más grande ❤️❤️❤️ de la vida 🤩❤️🤩❤️🤩❤️🧬🤩
Marisela Morales
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️. felicidades 🥳🥳🥳🥳
Marisela Morales
omg esto está de comerce las uñas/Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace/
Marisela Morales
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ te perdimos emperador te enamoraste obsesiva mente
Marisela Morales
corre,corre y alcanzala si puedes🤣🤣🤣🤣
Penelope
Excelente, trama. Gracias
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