Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 11: Tregua forzada y la sombra del espía
El banquete imperial había llegado a su fin, pero la tensión en el aire seguía siendo tan espesa que casi podía cortarse con un cuchillo. Sophia se despidió de Alissa y de la pequeña Lucero con una última sonrisa afectuosa, sintiendo cómo el frío vacío de su armadura aristocrática volvía a encajarse sobre sus hombros en cuanto se dio la vuelta. Sin embargo, antes de que pudiera cruzar los arcos de piedra que conducían a los carruajes de la Casa Ducal, una mano firme y enguantada la sujetó del antebrazo, arrastrándola con brusquedad hacia la penumbra de los pasillos laterales que conectaban con las galerías privadas del jardín.
Sophia no tuvo tiempo de gritar. Para cuando reaccionó, su espalda estaba apoyada contra una fría columna de mármol y la imponente figura de Christopher bloqueaba cualquier vía de escape.
El príncipe ya no fingía. La máscara del heredero bufón y narcisista se había desintegrado por completo, pero tampoco quedaba rastro de la fría distancia con la que planeaba su ejecución. En su lugar, unos ojos azules encendidos y perturbadoramente intensos la taladraban en la oscuridad, delatando una frustración que rozaba la obsesión pura. Su respiración era rápida, contenida, y la distancia entre sus cuerpos era tan mínima que Sophia podía sentir el calor que emanaba de su pecho.
—¿Qué demonios estás jugando, Sophia? —siseó él, con una voz baja y rasposa que le erizó la piel—. ¿Quién eres en realidad? Investigué cada maldito rincón de tu vida, y se se supone que eres una duquesa soberbia y predecible. Pero te plantas en mi boda, me amenazas con mis propias sombras y ahora... —Christopher apretó los dientes, acortando la distancia hasta que su mandíbula casi rozó la de ella— te ganas el corazón de mi ahijada como si fueras un ángel caído del cielo. Lucero no quiere a nadie, no confía en los extraños. ¿Qué hilos estás moviendo para desarmar a mi familia? Exijo saber tus cartas. Ahora.
Sophia sintió el pánico golpear las paredes de su estómago, pero su mente moderna la obligó a mantener la compostura. Sabía que si mostraba debilidad ante un depredador como él, terminaría devorada. Clavó sus ojos almendrados directamente en las pupilas del príncipe, obligándose a respirar con calma a pesar de tener el corazón en la garganta.
—No estoy jugando a nada, Su Alteza —respondió ella, forzando un tono de voz gélido y sereno—. A diferencia de toda la escoria hipócrita que llena sus salones, yo no veo a Lucero como un peón para acercarme al trono. Amo a los niños, y ella es lo único puro y real que he encontrado en este nido de víboras que llama corte. Si eso le rompe sus perfectos esquemas de asesino paranoico, no es mi problema.
Christopher entornó los ojos, su mirada descendiendo por un segundo hacia los labios de la joven, preso de una mezcla de rabia y una fascinación incontrolable que lo estaba volviendo loco.
—¿Crees que puedes salirte con la tuya solo porque eres mi prometida oficial? —la amenazó él, su mano subiendo por la columna hasta quedar justo al lado del cuello de Sophia—. Estás jugando con fuego. Sé lo de las *Black Shadows*. Un solo desliz de tu parte, una sola palabra en el oído equivocado, y no me importará que todo el Imperio llore tu muerte.
—Entonces hagamos un trato, principito —soltó Sophia sin pestañear, interrumpiéndolo con una osadía que lo dejó estupefacto. Apoyó sus manos firmemente contra el pecho del príncipe para marcar distancia—. Propongo una tregua forzada. Usted me deja en paz, detiene este acoso insufrible en cada evento social y me da el espacio que necesito para sobrevivir a esta ridícula farsa de compromiso. A cambio, yo le juro por mi vida que guardaré su pequeño y sangriento secreto. Nadie sabrá jamás quién se oculta detrás de las *Black Shadows*. Usted conserva su red de asesinos, y yo conservo mi cabeza. Es un trato justo, ¿no cree?
Christopher la escudriñó en silencio, asimilando la propuesta. La audacia de esa mujer no tenía límites. Estaba negociando los términos de su propia supervivencia con el verdugo del Imperio, y lo estaba haciendo con una templanza que ningún general de la corte poseía. El príncipe abrió la boca para responder, dispuesto a imponer sus propias condiciones, pero sus palabras se congelaron en su garganta.
En un milisegundo, el pulso de Christopher cambió. Sus ojos de halcón se desviaron bruscamente hacia arriba, fijos en el tejado de vidrio de la galería que daba a los jardines. Su instinto de asesino, entrenado para detectar el más mínimo cambio en el entorno, captó un movimiento sutil, el crujido casi imperceptible de una bota sobre las tejas superiores y el destello metálico de una ballesta apuntando directamente hacia la penumbra donde se encontraban.
El giro fue tan rápido que el cerebro de Sophia no logró procesarlo.
En un parpadeo, el hombre obsesivo y frustrado desapareció. El líder letal de las *Black Shadows* tomó el control del cuerpo del príncipe. Con un movimiento fluido, felino y violento, Christopher sujetó a Sophia de la cintura y la giró con una fuerza descomunal, usándose a sí mismo como un escudo humano para cubrirla por completo contra la columna de mármol, protegiendo su cabeza y su torso con sus propios brazos.
*¡Swoosh!*
El silbido rasgó el aire de la noche. Una flecha corta y afilada pasó rozando la capa de terciopelo de Christopher, incrustándose con un impacto seco en la madera de una de las puertas traseras del pasillo.
Sophia abrió los ojos de golpe, atrapada debajo del peso del cuerpo del príncipe, sintiendo los músculos de los hombros de Christopher tensos como cuerdas de violín. El olor metálico del peligro inundó el estrecho espacio. Christopher alzó la mirada hacia el techo, pero el intruso ya se había evaporado entre las sombras de la noche palaciega, moviéndose con una destreza que denotaba entrenamiento profesional.
El príncipe bajó la vista lentamente hacia Sophia, sus rostros a escasos centímetros de distancia. Sus ojos azules ya no reflejaban confusión; eran dos pozos de pura frialdad asesina.
—Parece que nuestra tregua tendrá que esperar, Sophia —susurró él, su voz vibrando con una peligrosidad que le heló la sangre a la joven—. Alguien nos estaba espiando.
Sophia tragó saliva, mirando la flecha clavada a unos metros de ellos. El pánico moderno se mezcló con la intriga de la trama que creía conocer, sembrando una duda terrible en su mente: ¿el espía iba tras el secreto del príncipe heredero para destruirlo, o el atentado iba dirigido directamente a acabar con la vida de la duquesa? El juego ya no era solo una batalla de ingenio; el peligro real acababa de alcanzarlos, y ahora estaban atrapados en la misma red.