La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
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CAPÍTULO 20 UNA LLAMADA A MEDIANOCHE
A las once y cincuenta y siete de la noche, Lucía seguía despierta.
La casa estaba en silencio.
Teresa no estaba allí.
Diego tampoco.
Y aunque Roberto se encontraba en la habitación contigua, el silencio entre ambos parecía mucho más grande que las paredes de la casa.
Sobre la mesa había tres copias de la memoria de Mateo.
Una estaba guardada en una pequeña caja.
Otra había sido entregada a un abogado de confianza.
La tercera permanecía escondida en un lugar que solo Lucía conocía.
La memoria original estaba frente a ella.
Pequeña.
Negra.
Inofensiva a simple vista.
Pero aquella pequeña pieza de plástico contenía una información capaz de destruir a Esteban Ferrer.
Y también podía destruir a Lucía.
Había leído los archivos durante horas.
Había descubierto la cuenta.
Las transferencias.
Los nombres.
Las empresas.
Los intermediarios.
La última operación.
Y la palabra que no dejaba de perseguirla:
Protección.
La transferencia había sido hecha el día de la muerte de Mateo.
A nombre de Lucía.
Pero el dinero no había terminado en manos de Esteban.
Había ido hacia otra cuenta.
Una cuenta relacionada con Irene.
Lucía todavía no sabía por qué.
Y lo peor era que al día siguiente debía acudir a una dirección que, aparentemente, pertenecía a Irene.
Era demasiado conveniente.
Demasiado perfecto.
Y Lucía había aprendido que, cuando algo parecía demasiado sencillo, generalmente escondía una trampa.
Miró el reloj.
11:58.
Roberto apareció en la puerta.
—¿Todavía despierta?
—Sí.
—Deberías dormir.
Lucía sonrió débilmente.
—No puedo.
Roberto se acercó.
—Mañana no irás.
Lucía levantó la mirada.
—Sí voy.
—No.
—Papá.
—Es una trampa.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué sigues pensando hacerlo.
Lucía guardó silencio.
—Tienen a Diego.
—Y quieren que vayas sola.
—No iré sola.
—¿Quién irá contigo?
—No lo sé todavía.
Roberto frunció el ceño.
—Eso no es un plan.
Lucía bajó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces haz uno.
Lucía dejó escapar una pequeña risa.
—Antes me habrías dicho que no pensara demasiado.
—Ahora te digo exactamente lo contrario.
Ella sonrió.
Era una de las pocas cosas que todavía podía hacerla sentir cerca de su antigua vida.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Tú crees que Mateo estaba intentando protegerme de algo?
Roberto tardó en responder.
—Creo que hizo muchas cosas mal.
—Sí.
—Y creo que al final se dio cuenta.
Lucía bajó la mirada.
—Yo también.
—Pero no lo conviertas en un héroe.
—No lo haré.
Roberto se acercó.
—Puedes reconocer que hizo algo bueno sin olvidar lo malo.
Lucía asintió.
—Eso estoy tratando de hacer.
A medianoche exacta, el teléfono vibró.
Lucía sintió un escalofrío.
No había sonido de llamada.
Solo vibración.
Miró la pantalla.
Número desconocido.
El corazón comenzó a latirle rápidamente.
Contestó.
—¿Sí?
Nadie respondió.
Lucía esperó.
—¿Hola?
Respiración.
Una respiración lenta.
Después una voz.
—¿Lucía?
Ella reconoció el tono.
No era la misma voz que había hablado antes.
Era una mujer.
—¿Quién eres?
—No importa.
—Entonces no tienes nada que decirme.
—Sí lo tengo.
—Habla.
—No abras la memoria.
Lucía se quedó quieta.
—¿Qué?
—Escúchame.
—¿Quién eres?
—Alguien que no quiere verte morir.
Lucía sintió frío.
—¿Dónde está mi hermano?
Silencio.
—Está vivo.
—Quiero hablar con él.
—Todavía no.
—Entonces dime dónde está.
—No puedo.
—¿Trabajas para Esteban?
—No.
—¿Para Darío?
—Tampoco.
—Entonces ¿quién eres?
La mujer respiró.
—Alguien que conoció a Mateo.
Lucía se tensó.
—¿Cómo?
—Antes de que tú lo conocieras.
—¿Eras de su trabajo?
—Sí.
—¿Eras su amante?
La mujer guardó silencio.
—No.
Lucía respiró profundamente.
—Entonces ¿qué quieres?
—Advertirte.
—Ya me han advertido demasiadas veces.
—Esta es diferente.
—¿Por qué?
—Porque la persona que vas a encontrar mañana no es Irene.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La casa no pertenece a Irene.
—¿Entonces a quién?
—A alguien que murió hace tres años.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo ayudé a Mateo a utilizarla.
—¿Para qué?
—Para esconder cosas.
Lucía se sentó.
—¿Qué cosas?
—Documentos.
—¿La memoria?
—No.
—Entonces ¿qué?
La mujer no respondió.
—Dime.
—Una persona.
Lucía sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Qué persona?
La llamada se cortó.
Lucía miró la pantalla.
Intentó llamar nuevamente.
Número fuera de servicio.
Se levantó inmediatamente.
—Papá.
Roberto salió de su habitación.
—¿Qué ocurrió?
—Acabo de recibir una llamada.
—¿Quién?
—Una mujer.
—¿Qué dijo?
Lucía le explicó.
Cuando terminó, Roberto permaneció en silencio.
—¿Te dijo que la casa no es de Irene?
—Sí.
—¿Y que allí escondieron a alguien?
—Sí.
Roberto respiró.
—Entonces no vas a ir.
Lucía lo miró.
—Tengo que ir.
—No.
—Si saben que Irene estuvo relacionada, quizá la casa contiene algo.
—O una trampa.
—También.
—Entonces no.
Lucía se acercó.
—Papá, piénsalo.
—Te escucho.
—Si la mujer dice la verdad, entonces sabemos que la dirección que nos dieron es falsa.
—Sí.
—Eso significa que quieren que vayamos a otro lugar.
—Exactamente.
—Y si no vamos, quizá cambien el plan.
Roberto frunció el ceño.
—¿Qué estás pensando?
Lucía levantó la mirada.
—Quiero hacerles creer que iré.
A la una de la madrugada, Lucía abrió nuevamente la memoria.
Esta vez no para descubrir algo nuevo.
Solo para revisar la información que ya tenía.
Abrió la lista de cuentas.
Una de ellas correspondía a una organización.
Otra a una empresa.
Otra estaba asociada a un nombre femenino.
Y una última estaba marcada como:
“Reserva.”
Lucía amplió.
No había dirección.
Solo una referencia:
M-17.
Lucía frunció el ceño.
M-17.
¿Una habitación?
¿Un almacén?
¿Un archivo?
¿Una carretera?
No lo sabía.
Continuó buscando.
En una hoja aparecían varias letras.
A.
B.
C.
D.
Y números.
En una esquina estaba escrito:
M-17 / Noche.
Lucía sintió un escalofrío.
Quizá no era una dirección.
Era una ubicación.
Otra pista.
A las dos de la mañana, Irene llamó.
—¿Qué ocurre?
Lucía le contó sobre la llamada.
Irene permaneció en silencio.
—¿Estás ahí?
—Sí.
—No deberías ir a esa casa.
—¿La conoces?
—Sí.
—¿Es tuya?
—No.
—¿La utilizaste con Mateo?
Irene respiró profundamente.
—Sí.
Lucía cerró los ojos.
—¿Qué escondían?
—Información.
—La mujer dijo que escondieron a una persona.
Silencio.
—Eso no es verdad —dijo Irene.
Lucía frunció el ceño.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces ¿quién está mintiendo?
—No lo sé.
—¿Qué relación tiene M-17 contigo?
Irene se quedó completamente callada.
Lucía sintió que había tocado algo importante.
—¿Irene?
—¿Dónde viste ese código?
—En la memoria.
—Entonces Mateo sabía.
—¿Sabía qué?
—Que existía una segunda ubicación.
—¿Cuál?
Irene respiró lentamente.
—No puedo decírtelo por teléfono.
—Necesito saber.
—No.
—Mi hermano está secuestrado.
—Precisamente.
—Entonces dime.
Irene guardó silencio.
—M-17 es un lugar de almacenamiento.
Lucía sintió alivio.
—¿Dónde?
—Antiguamente pertenecía a un complejo de almacenes.
—¿Todavía existe?
—Sí.
—¿Dónde?
Irene se negó.
—Te lo diré personalmente.
—¿Por qué?
—Porque no confío en los teléfonos.
Lucía entendió.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—No puedo esperar.
—Tienes que hacerlo.
La llamada terminó.
A las cuatro de la mañana, Lucía seguía despierta.
No sabía en quién confiar.
La mujer misteriosa.
Irene.
El abogado.
La policía.
Su padre.
Cada persona podía estar diciendo una verdad parcial.
Y la verdad parcial podía ser peligrosa.
Miró la fotografía de Mateo.
—¿Qué hiciste?
No esperaba respuesta.
Pero recordó algo.
Durante su relación, Mateo solía decir:
“Nunca escondas todas las cosas en el mismo lugar.”
En aquel momento había pensado que hablaba de documentos.
Ahora entendía que quizá era una regla que aplicaba a toda su vida.
Había escondido información en diferentes lugares.
La memoria era solo una parte.
La caja azul era otra.
La llave era otra.
Y probablemente había más.
Eso significaba que aunque alguien encontrara una pieza, todavía no tendría todo.
Y quizá esa era la razón por la que Esteban seguía buscando.
A las seis y media, Lucía preparó una pequeña mochila.
Ropa.
Agua.
Documentos.
Un cargador.
Algo de dinero.
La libreta.
No llevaba la memoria original.
Había dejado una copia falsa preparada.
La verdadera estaba escondida.
Roberto la observó.
—¿Estás lista?
—Sí.
—No parece.
—No lo estoy.
—Entonces todavía puedes detenerte.
Lucía levantó la mirada.
—No puedo.
—Lo sé.
Roberto se acercó.
—Voy contigo.
—No.
—Sí.
—Papá.
—No voy a enviarte sola.
Lucía dudó.
—Tienes que cuidar a mamá.
—También puedo hacer las dos cosas.
Lucía lo abrazó.
—Gracias.
A las ocho de la mañana, llegaron a la dirección.
Era una vivienda antigua.
Paredes grises.
Pintura descascarada.
Una puerta de madera.
No había movimiento.
No había automóviles.
No había vecinos en la calle.
Lucía miró a Roberto.
—Esto me parece demasiado tranquilo.
—A mí también.
Ella se acercó lentamente.
Antes de tocar, vio algo.
Una marca pequeña en la puerta.
Dos líneas cruzadas.
La misma marca aparecía en uno de los documentos de la memoria.
Lucía sintió un escalofrío.
—Papá.
—¿Qué?
—Esta es la dirección.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces la llamada mentía.
Lucía negó.
—Quizá no.
Miró la puerta.
—Quizá solo quería impedir que viniéramos antes.
La puerta estaba abierta.
Lucía empujó suavemente.
Entraron.
La casa estaba vacía.
Había polvo.
Muebles cubiertos.
No parecía habitada desde hacía mucho tiempo.
Pero algo no encajaba.
Sobre la mesa había una taza reciente.
No tenía polvo.
Lucía la tocó.
Todavía estaba tibia.
—Alguien estuvo aquí.
Roberto miró alrededor.
—¿Estás segura?
—Sí.
Entonces escucharon un ruido en el fondo.
Un golpe.
Después otro.
Lucía sintió que el corazón se aceleraba.
—Hay alguien.
Roberto hizo un gesto para que guardara silencio.
Avanzaron.
Llegaron a una puerta cerrada.
Roberto intentó abrir.
No pudo.
Lucía miró la cerradura.
No había llave.
Solo un pequeño sistema metálico.
Entonces recordó.
La llave.
La había perdido en el mercado.
O eso creía.
Revisó su mochila.
Y encontró algo.
La llave.
Estaba dentro de un pequeño bolsillo que no había revisado.
Lucía sintió alivio.
La introdujo.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación pequeña.
Una silla.
Una mesa.
Y una persona.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Quién eres?
El hombre levantó lentamente la cabeza.
Era mayor.
Tal vez cincuenta años.
Tenía el rostro cansado.
Parecía haber pasado días allí.
—¿Lucía?
Ella sintió un escalofrío.
—Sí.
El hombre la observó.
—Entonces Mateo tenía razón.
—¿Quién eres?
—Me llamo Julián.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
Lucía dio un paso atrás.
—¿Quién te encerró?
Julián no respondió inmediatamente.
—Los mismos que te están buscando.
—¿Esteban?
—Sí.
—¿Darío?
Julián asintió.
—También.
Lucía sintió un frío intenso.
—¿Por qué te necesitan?
Julián la miró.
—Porque yo sé dónde está la última parte.
—¿De qué?
—De lo que Mateo escondió.
Julián se levantó lentamente.
Parecía débil.
Roberto lo ayudó.
—¿Qué última parte?
Julián miró a Lucía.
—Los documentos que pueden demostrar quién estaba detrás de toda la operación.
Lucía sintió que el corazón comenzaba a acelerar.
—¿Los tienes?
—No.
—Entonces ¿quién?
Julián la miró.
—Tú.
Lucía quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—No tengo nada más.
—Tienes la memoria.
—Y algunos documentos.
—No.
Julián negó.
—Tienes algo que no sabes que tienes.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué?
—Una cuenta.
—Ya lo sé.
—No.
—¿Entonces?
Julián respiró.
—Una cuenta en una institución donde Mateo depositó algo mucho más importante que dinero.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Qué depositó?
—La prueba original.
De repente, escucharon vehículos afuera.
Julián palideció.
—Llegaron.
Roberto miró hacia la ventana.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
Lucía tomó la mochila.
—Tenemos que salir.
Julián negó.
—No por la puerta.
—¿Por dónde?
Señaló una pared.
—Hay una salida.
Roberto movió una estantería.
Apareció una pequeña puerta.
Lucía quedó sorprendida.
—¿Cómo sabías?
—Mateo.
Otra vez.
Mateo.
Siempre Mateo.
Como una sombra que seguía apareciendo en todos los lugares.
Salieron por la parte trasera.
Corrieron.
No demasiado.
No podían llamar la atención.
Al llegar a una calle lateral, Lucía miró atrás.
Dos hombres salían de la casa.
Uno era Sergio.
El otro no lo conocía.
—Nos vieron —dijo Roberto.
—Sí.
—Vamos.
Subieron a un vehículo que había dejado un contacto del abogado.
Se alejaron.
Lucía respiraba con dificultad.
Julián estaba sentado detrás.
—¿Quién eres realmente? —preguntó.
Julián la miró.
—Trabajé para Esteban.
Lucía sintió rabia.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero sobrevivir.
—¿Por qué debería creerte?
—No deberías.
Lucía se quedó callada.
—Pero Mateo sí confió en mí.
—¿Por qué?
—Porque yo fui quien le enseñó cómo mover el dinero.
Lucía sintió un vacío.
—¿Entonces eres responsable?
Julián negó.
—Soy responsable de haberle enseñado algo.
—¿Y qué?
—Cómo ocultar una operación.
Lucía cerró los ojos.
—Eso explica muchas cosas.
—Sí.
—¿Y la cuenta?
Julián respondió:
—La cuenta se abrió para proteger un documento.
—¿Qué documento?
—El documento que demuestra quién financió realmente a Esteban.
Lucía sintió que todo encajaba.
Había una estructura superior.
Esteban no era el final.
Era una pieza.
A las seis de la tarde, Lucía estaba en un lugar seguro junto a Roberto, Julián e Irene.
Habían logrado reunirse.
Lucía miró a ambos.
—Ahora quiero toda la verdad.
Irene bajó la mirada.
Julián asintió.
—Está bien.
—¿Quién es la persona detrás de Esteban?
Ninguno respondió.
Lucía insistió.
—¿Quién?
Julián respiró profundamente.
—Un hombre que no aparece en ningún documento directamente.
—¿Nombre?
Julián miró a Irene.
Ella cerró los ojos.
Finalmente dijo:
—Arturo Ferrer.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Quién es?
Julián respondió:
—El padre de Esteban.
Lucía quedó inmóvil.
—Pensé que estaba muerto.
Irene negó.
—Eso es lo que todos creen.
Silencio.
Lucía sintió que algo enorme acababa de abrirse frente a ella.
—Entonces Esteban...
—No es el verdadero dueño de la red —dijo Julián.
—¿Y Mateo lo descubrió?
—Sí.
—¿Y por eso murió?
Julián asintió.
Lucía cerró los ojos.
Toda la historia había cambiado.
No se trataba únicamente de Esteban.
Había otra persona.
Alguien que había permanecido oculto.
Alguien que había construido la estructura desde mucho antes de que Lucía conociera a Mateo.
Y ahora entendía por qué la red parecía interminable.
No estaban persiguiendo una simple memoria.
Estaban protegiendo una historia.
Esa noche, mientras regresaban a un lugar seguro, Lucía recibió una llamada.
Era la mujer misteriosa.
Contestó.
—¿Quién eres?
Esta vez la mujer respondió:
—Mi nombre es Amelia.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Amelia?
—Sí.
—¿Qué quieres?
—Advertirte de algo.
—¿Qué?
—No confíes en Arturo.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabes que lo conozco?
—Porque él también te conoce.
Silencio.
—¿Cómo?
Amelia respiró.
—Porque antes de que tú conocieras a Mateo, Arturo ya sabía quién eras.
Lucía sintió que el mundo se detenía.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
—¿Por qué me conocía?
—Porque tu familia estuvo relacionada con él hace muchos años.
Lucía quedó completamente inmóvil.
—¿Mi familia?
—Sí.
—¿Mi padre?
—No.
Amelia hizo una pausa.
—Tu abuelo.
Lucía sintió que el corazón se detenía.
—Mi abuelo murió hace veinte años.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué relación tenía con Arturo?
La línea quedó en silencio.
—Amelia.
—Tu abuelo sabía dónde estaba el dinero original.
Lucía se llevó una mano a la boca.
—¿Qué dinero?
—El que comenzó todo.
La llamada se cortó.
Lucía miró a Roberto.
—Papá.
—¿Qué?
Ella tenía el rostro pálido.
—¿Qué sabes de mi abuelo y los Ferrer?
Roberto quedó inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Lucía lo observó.
—Papá.
Él bajó la mirada.
—No quería que lo supieras.
Lucía sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Qué significa eso?
Roberto respiró profundamente.
—Tu abuelo conocía a Arturo Ferrer.
Silencio.
—¿Desde cuándo?
—Antes de que tú nacieras.
—¿Y qué hicieron?
Roberto tardó.
—No lo sé todo.
Lucía sintió rabia.
—¿Otra vez?
—Lucía...
—¿Todos saben algo menos yo?
Roberto la miró.
—Intentábamos protegerte.
Ella soltó una risa amarga.
—Esa frase ya no significa nada para mí.
Aquella noche, Lucía no durmió.
Había comenzado investigando una infidelidad.
Después descubrió una deuda.
Luego una red financiera.
Después el asesinato de Mateo.
Después una persecución.
Ahora su propia familia parecía estar relacionada con el origen de todo.
El pasado se extendía mucho más atrás de lo que había imaginado.
Mateo no había creado aquella historia.
Había entrado en ella.
Su padre tampoco había comenzado aquello.
Su abuelo había conocido a las personas que ahora la perseguían.
Y, de alguna manera, Lucía había heredado una parte de aquel secreto sin saberlo.
A las cuatro de la madrugada, Lucía tomó el cuaderno.
Escribió:
“La historia comenzó antes que yo.”
Después:
“Mateo no era el principio.”
Luego:
“Esteban tampoco.”
Y finalmente:
“Arturo Ferrer.”
Se quedó mirando el nombre.
Por primera vez sintió algo distinto.
No era solo miedo.
Era comprensión.
Había encontrado una pieza que explicaba por qué nunca podía salir del problema.
Porque había estado intentando escapar de algo que había comenzado mucho antes de que ella naciera.
Y ahora la persecución tenía un nuevo sentido.
No la perseguían solamente por la memoria.
La perseguían porque su nombre podía estar conectado con una verdad antigua.
Al amanecer recibió otro mensaje.
“Ahora sabes demasiado.”
Lucía no respondió.
Llegó otro.
“Pregunta a tu padre por el año 1987.”
Lucía quedó inmóvil.
No sabía qué había ocurrido en 1987.
Pero su padre sí.
Y antes de que pudiera preguntarle, llegó un último mensaje:
“Ahí empezó todo.”
Lucía cerró el teléfono.
Miró a Roberto.
Él estaba sentado en la cocina.
Por su expresión, ella comprendió que sabía exactamente de qué hablaban.
—Papá.
Roberto levantó la mirada.
—¿Qué?
Lucía sostuvo el teléfono.
—¿Qué ocurrió en 1987?
Roberto no respondió.
Y en ese silencio, Lucía comprendió que la verdad que buscaba no estaba solamente escondida en la memoria de Mateo.
También estaba escondida dentro de su propia familia.
La tragedia que comenzó con un novio infiel ahora parecía tener raíces mucho más profundas.
Y Lucía comprendió algo que cambiaría para siempre su manera de mirar el pasado:
No solo estaba huyendo de los enemigos de Mateo.
Estaba huyendo de una historia que llevaba décadas esperando regresar.
Y esa historia acababa de pronunciar su nombre.