Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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10. Capítulo 10
Pasos de gigante en zapatos pequeños
El aroma a café recién colado y panqueques calientes inundaba el comedor de la mansión Mercier. Sin embargo, lo que realmente hacía distinta esa mañana era la escena en la cocina: Mateo, con las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos, intentaba darle forma de corazón a un panqueque en la sartén.
Don Arturo, sentado en la isla de la cocina con una taza de café en la mano, lo observaba con una ceja levantada y una sonrisa burlona.
—Hijo, con sinceridad... ¿eso es un corazón o un mapa abstracto de la ciudad? —bromeó Arturo, dándole un sorbo a su bebida—. Si intentas enamorarla con la vista, creo que estamos en problemas.
—Papá, estoy haciendo mi mayor esfuerzo —respondió Mateo concentrado, volteando el panqueque con cuidado—. Mael dijo ayer que le gustaban las formas. Quiero que tenga un buen desayuno antes de ir al colegio.
En ese momento, Doña Helena e Isabela bajaron las escaleras junto al pequeño Mael. El niño, al ver a su padre con el delantal puesto y espátula en mano, corrió hacia la cocina con curiosidad.
—¡Papá! ¿Qué estás haciendo? —preguntó Mael con los ojos muy abiertos.
—Hola, campeón —dijo Mateo agachándose a la altura del niño, sin importarle ensuciarse los pantalones de vestir—. Estoy preparando el desayuno para ti y para tu mamá. Mira, este... se supone que es un corazón para ti.
Mael miró el plato y dejó escapar una risita inocente.
—Parece una patata, papá. ¡Pero se ve rico!
Isabela, que observaba desde el umbral de la cocina, sintió una tibieza inevitable en el pecho. Las palabras de la noche anterior aún resonaban en su mente, y ver a Mateo esforzarse tanto por conectar con Mael de una forma tan sencilla y humana estaba derribando, piedra por piedra, la coraza que había construido durante cinco años.
—Bueno, mi gente hermosa —intervino Arturo poniéndose de pie y ajustándose el saco con elegancia—, Helena y yo nos retiramos. Nuestra labor de rescate matrimonial ha concluido por esta semana.
—¿Tan pronto se van? —preguntó Isabela con un toque de nostalgia. La presencia de sus suegros había traído una luz que la casa necesitaba desesperadamente.
—¡Ay, mi niña! Si nos quedamos más tiempo, este muchacho se va a acostumbrar a que le haga la mitad del trabajo —bromeó Arturo guiñándole un ojo a Isabela—. Además, dejamos a Mateo con instrucciones estrictas: si se vuelve a poner frío como un hielo, tienes nuestro permiso de dejarlo sin cenar.
Helena abrazó con cariño a Isabela y luego a Mael, mientras Arturo le daba una palmada firme en la espalda a Mateo.
—No la cagues, hijo —le susurró Arturo al oído con un tono extrañamente serio y lleno de afecto paternal—. Tienes una joya de mujer y un hijo maravilloso. Lucha por ellos todos los días.
—Lo haré, papá. Te lo juro —respondió Mateo con firmeza.
Tras la despedida de los abuelos, la casa quedó en un silencio distinto, más cálido. Mateo tomó las llaves del auto y miró a Isabela con timidez.
—¿Me me permitirías llevarlos al colegio hoy? —preguntó Mateo con cautela—. Me gustaría ser yo quien lo lleve... si estás de acuerdo, claro.
Isabela miró a Mael, quien brincaba emocionado sujetando su mochila.
—Está bien —asintió Isabela con una sonrisa suave—. Vamos los tres.
El trayecto en el auto fue alegre. Mael iba en su asiento trasero contando historias de sus dibujos animados favoritos, y Mateo intervenía respondiendo con entusiasmo verdadero, escuchando cada detalle como si fuera el tema más importante del mundo. Isabela lo observaba de reojo desde el asiento del copiloto: la rigidez del gran empresario había desaparecido por completo, dando paso a un padre amoroso y presente.
Al llegar a la entrada del colegio, Mateo bajó para abrir la puerta. Se agachó frente a Mael, le arregló el cuello del uniforme y le dio un abrazo apretado.
Colegio de Mael.
—Que tengas un día excelente en clases, campeón. Te amo —dijo Mateo con la voz un poco quebrada por la emoción de decir esas palabras por primera vez en la rutina diaria.
—¡Te amo, papá! —respondió Mael dándole un beso en la mejilla antes de correr hacia la entrada con sus compañeros.
Mateo se quedó de pie, viendo a su hijo entrar, con los ojos brillándole de orgullo. Isabela se colocó a su lado, sorprendida por la escena.
—Nunca pensé ver el día en que te preocuparas por la escuela de Mael —comentó Isabela con suavidad, mirando hacia el colegio.
Mateo se giró hacia ella, dando un paso para quedar muy cerca. La brisa de la mañana movía ligeramente el cabello de Isabela, y Mateo no pudo evitar mirarla con una devoción absoluta.
—Me perdí cinco años de su vida, Isabela. Me perdí tus sonrisas, tus días, tus logros... No voy a perder ni un solo segundo más —dijo Mateo con voz firme y profunda—. Sé que no confías del todo en mí todavía, pero te prometo que cada mañana te demostraré que este es el hombre que realmente quiero ser para ustedes.
Isabela lo miró a los ojos y, por primera vez en años, no buscó una excusa para alejarse. Un pequeño suspiro escapó de sus labios mientras le dedicada una sonrisa sincera.
—El panqueque con forma de patata estuvo rico, Mateo —dijo ella con un toque de dulzura antes de subir al auto.
Mateo se quedó helado por un segundo, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco de pura felicidad. Subió al auto con una sonrisa de oreja a oreja. El camino era largo, pero hoy, por primera vez, sentía que la esperanza estaba de su lado.