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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 12. LAS CUENTAS ROTAS

El invierno en la capital británica no perdonaba a los rezagados. Entre los rascacielos de la City de Londres, el viento helado del Támesis arrastraba la lluvia fina que calaba los abrigos de los ejecutivos. Tom, que ya se movía con soltura en su papel de analista júnior a sus dieciocho años y medio, salía de la firma financiera con la mente hirviendo en proyecciones macroeconómicas. Su rendimiento era impecable, sus ahorros crecían al ritmo estricto que su mente superdotada había calculado y el apartamento modesto que había alquilado ya estaba listo. Todo marchaba según el plan milimétrico que había diseñado para rescatar a Alie.

Aquel domingo por la mañana, Tom abordó el primer tren de cercanías con destino al condado de Kent. En el bolsillo de su gabardina oscura guardaba un pequeño cuaderno de cuero nuevo y unos lápices finos que había comprado en una papelería de la capital; un regalo sencillo para las historias de la muchacha. El trayecto de tres horas se le hizo eterno, con la mirada fija en el paisaje empañado de las ventanillas, contando mentalmente los minutos que lo separaban de los ojos azules de su confidente.

Al bajar en la estación del pueblo, Tom caminó a paso ligero por el sendero embarrado hasta llegar ante los imponentes portones de hierro del orfanato de Santa María. Al cruzar el umbral, notó un silencio inusual en el patio central. Subió los escalones hacia el pabellón administrativo y solicitó ver a la Madre Superiora para el horario de visitas reglamentario.

Sor Elena lo recibió en su despacho, pero en cuanto el joven economista cruzó la puerta de roble, su mente analítica detectó que algo iba mal. La religiosa no lucía su habitual sonrisa de orgullo al verlo; mantenía los ojos empañados y las manos le temblaban levemente sobre el escritorio.

—Siéntate, Tom —pidió la monja con una voz rota que encendió todas las alarmas en el cerebro del muchacho.

—¿Dónde está Alie? —preguntó Tom, ignorando la silla y manteniéndose firme, con una rigidez que denotaba el inicio del pánico—. He traído los informes de mis ingresos mensuales para que vea que las cuentas cuadran. En dos años podré solicitar la tutoría legal. Vengo a verla.

Sor Elena soltó un suspiro trémulo y bajó la mirada, incapaz de sostenerle los intensos ojos verdes al joven.

—Alesandra ya no está aquí, Tom —confesó la religiosa en un hilo de voz—. Hace un mes, un matrimonio extranjero llegó al centro con una orden de adopción internacional visada por la embajada y la junta de protección de menores. Los trámites se agilizaron de forma extraordinaria. Ella... ella se ha marchado del país.

Las palabras impactaron en la mente de Tom con la violencia de un colapso financiero. Por primera vez en su vida, su cerebro superdotado, capaz de procesar millones de datos por segundo, se quedó en blanco. Las variables desaparecieron, las cifras se emborronaron y un frío glacial le recorrió la espina dorsal.

—¿Cómo que se ha marchado? —articuló Tom, y su voz ronca adquirió un matiz peligroso, endurecido por la desesperación—. Teníamos un pacto. El Estado no podía darla en adopción sin revisar mi vinculación como allegado. ¡Deme los nombres de esa familia! ¡Deme el país de destino! Voy a buscarla ahora mismo.

—No puedo hacerlo, Tom. Lo sabes muy bien —replicó Sor Elena, con lágrimas resbalando por sus mejillas surcadas de arrugas—. El reglamento de la adopción internacional es absoluto. Al firmarse los documentos de la baja registral, toda la información de la familia de acogida pasa a ser estrictamente confidencial para proteger la intimidad del menor. Legalmente, Alesandra ya no existe en los archivos de este condado. Ahora lleva los apellidos de sus nuevos padres. Si te doy un solo dato, la junta clausurará este orfanato y las demás niñas quedarán desamparadas. Lo siento mucho, hijo. Lo siento en el alma.

—¡No me llame hijo! —rugió Tom, perdiendo por completo el control que tanto lo caracterizaba. Dio un golpe seco sobre la mesa de roble, haciendo temblar los tinteros—. ¡Me prometió que la cuidaría! ¡Me prometió que nuestro desván estaría a salvo!

El joven giró sobre sus talones y salió del despacho como una exhalación. Cruzó los pasillos altos de Santa María sin escuchar los llamados de la religiosa y subió a zancadas los peldaños de madera que conducían al desván de las caballerizas. Al abrir la puerta carcomida de un empujón, el panorama lo terminó de destrozar.

El desván estaba vacío. La manta descolorida sobre la que solían sentarse ya no estaba, el suelo de tablones ásperos lucía limpio y el tragaluz circular dejaba pasar una luz gris y muerta que acentuaba la ausencia de la muchacha. No había cuadernos, no había hojas sueltas, no había rastro de la cabellera castaña ni del azul inmenso de la mirada de Alie. El especialista de los números se desplomó de rodillas en el centro de la estancia, golpeando el suelo con el puño cerrado hasta que los nudillos le sangraron.

Toda su genialidad, toda su superdotación, sus calificaciones históricas y el dinero que había acumulado en su cuenta bancaria de la capital no servían absolutamente para nada. El destino le había jugado una mala pasada, rompiendo sus cálculos milimétricos y arrebatándole a la única persona que le devolvía la humanidad en un mundo de piedra.

Aquella noche, Tom regresó a Londres bajo una tormenta que azotaba las vías del tren. En la soledad de su pequeño apartamento, el joven economista guardó el cuaderno de cuero nuevo en el fondo de un cajón y se sentó frente a su escritorio, clavando sus ojos verdes en los gráficos financieros que decoraban las paredes. El dolor de la pérdida se transformó de forma paulatina en una obsesión gélida y analítica.

—Te encontraré, Alie —susurró Tom en la penumbra, con una determinación que rayaba en la locura—. No me importa si tengo que comprar cada base de datos de este continente, si tengo que levantar cada registro civil o si debo construir una fortuna que me permita mover los hilos de los gobiernos. Romperé la confidencialidad de ese archivo legal aunque me tome la vida entera. El especialista de los números no se va a rendir.

A partir de esa madrugada, el muchacho de dieciocho años y medio enterró al Tom del orfanato. Se sumergió por completo en el trabajo de la firma financiera con una agresividad empresarial que asombró a los socios directores. Su mente superdotada se cerró a cualquier rastro de afecto, diversión o descanso, enfocándose en una única y colosal variable: acumular el poder y la riqueza necesarios para iniciar la búsqueda internacional de la niña que se había llevado su corazón al otro lado del océano, sin saber que el río del tiempo ya comenzaba a correr en su contra.

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