Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 10
Capítulo 10
El trato
Tres noches después de la fiesta de Sofía, Alejandro hizo algo que no había hecho antes: le mandó un mensaje a las diez.
"Llego a las once. Sube al estudio."
Valentina leyó el mensaje sentada en la cama del cuarto de servicio, con la libreta abierta sobre las piernas. Hasta ese momento, él le enviaba un mensaje cuando ya estaba en casa. Avisarle de antemano significaba otra cosa: planificar, decirle "te espero" sin usar esas palabras.
Subió a las once en punto. Él ya estaba en el sillón, con la corbata floja y un expediente abierto. Olía a lluvia y a colonia cara, como si hubiera caminado bajo el agua antes de entrar. Afuera, el cielo estaba seco.
—Siéntate —dijo, sin levantar la vista.
Valentina destapó el arpa, ajustó las cuerdas, y empezó a tocar. La pieza de siempre: la segunda que su madre le había enseñado, una melodía circular que subía lenta y caía sin prisa. A los diez minutos, Alejandro cerró el expediente.
—Tengo una propuesta.
Valentina dejó de tocar. Las cuerdas vibraron un momento y se apagaron.
—Mi insomnio ha mejorado estas semanas. No duermo bien, pero duermo. Antes no dormía. —La miró—. Quiero que sigas tocando cada noche.
—Ya lo hago.
—Lo sé. Pero quiero formalizarlo. Si tú me das esto, yo te doy algo a cambio. Puedes pedirme lo que quieras.
Las palabras le cayeron encima con un peso que no esperaba. Alejandro Quirós, el hombre que compraba empresas como quien compra café, le estaba ofreciendo un intercambio personal, algo que no era un regalo ni una concesión, sino un trato entre iguales.
—¿Lo que sea?
—Dentro de lo razonable.
Valentina apoyó las manos en el arpa. Pensó rápido. Lo que necesitaba era acceso: estar cerca de él y aprender cómo funcionaba el negocio desde adentro. Mariana le pedía reportes cada vez más detallados y Valentina cada vez le daba menos. Pero si entraba al mundo de Alejandro, podría decidir por sí misma qué información tenía valor y cuál era solo munición para la paranoia de su hermana.
—Quiero ir a tu oficina.
Alejandro entrecerró los ojos.
—¿A mi oficina?
—Estoy traduciendo unos documentos en inglés para una amiga. A veces me trabo con términos técnicos. Si estoy en tu oficina, puedo preguntarte cuando tengas un minuto. —Hizo una pausa—. Además, tu abuela me pidió que te vigile la comida. Dice que no almuerzas.
Ella vio el momento exacto en que él procesó la información. La mandíbula se le tensó medio segundo. Después se relajó.
—¿Eso es todo?
—¿Te parece poco?
Alejandro se reclinó en el sillón. La estudió con esos ojos que siempre parecían tener acceso a una capa de la conversación que ella no podía ver.
—Puedes ir. Pero no interrumpas mis reuniones. Y si Bruno te dice que salgas, sales.
—De acuerdo.
—Empiezas el lunes.
Valentina inclinó la cabeza. Un gesto de "Mariana" que ya le salía sin esfuerzo.
—Gracias, Alejandro.
Él no respondió. Señaló el arpa con la barbilla. Valentina tocó durante media hora más. Cuando terminó, él tenía los ojos cerrados y la respiración lenta.
Se levantó sin hacer ruido. En la puerta, se detuvo.
—Alejandro.
—Mmm.
—¿Por qué me dijiste que no recibiera a Joaquín?
Silencio. Tres segundos. Cinco. Valentina creyó que se había dormido.
—Porque Joaquín tiene la costumbre de codiciar lo que no es suyo.
La frase quedó suspendida en el aire del estudio. Valentina cerró la puerta y bajó las escaleras con las manos todavía tibias de las cuerdas y un zumbido que no venía del arpa.
"Codiciar lo que no es suyo." ¿Hablaba de negocios? ¿De ella? ¿De algo que Joaquín ya había intentado y que Alejandro sabía?
…
Al día siguiente, Mariana llamó a las siete de la mañana. Valentina contestó desde la cocina, con la taza de café a medio preparar.
—¿Qué te dijo Alejandro sobre Joaquín Carrasco?
Valentina se quedó inmóvil. Mariana no le había mencionado la visita de Joaquín. Ella tampoco.
—¿Cómo sabes que Joaquín vino?
—Porque me llamó. Dice que fue a la casa y que tú lo recibiste muy fría. ¿Qué le dijiste?
El estómago se le contrajo. Joaquín le había llamado a Mariana. A la verdadera Mariana. Lo que significaba que seguían en contacto, a pesar del "Aléjate" subrayado tres veces.
—Le dije que Alejandro no estaba y que volviera otro día. Nada más.
—Bien. —La voz de Mariana se suavizó, pero era la suavidad de quien controla la situación, no de quien se relaja—. Joaquín es complicado. Si vuelve, trátalo con educación, pero no te quedes a solas con él. ¿Entendido?
—¿Por qué?
—Porque te lo estoy diciendo.
La frase le golpeó el pecho. Las mismas palabras que Alejandro había usado tres noches antes, en un contexto diferente pero con la misma estructura: una orden disfrazada de petición, un límite que no admitía preguntas.
—De acuerdo, hermana.
Mariana colgó. Valentina se quedó con el teléfono en la mano y el café enfriándose en la taza. Dos personas le habían prohibido acercarse a Joaquín Carrasco, sin saber que la otra había hecho lo mismo. Ninguna le iba a explicar por qué.
La diferencia era que Alejandro se lo había pedido.
Mariana se lo había ordenado.
…
El lunes, Valentina se puso un vestido gris de los que Mariana había mandado, zapatos de tacón bajo, y el reloj de plata que encontró en el joyero del baño. Se miró en el espejo: la esposa del CEO que va a almorzar con su marido. Perfecta. Creíble.
Bruno la esperaba abajo con el auto.
—Señora. El señor la espera en la oficina.
El camino a Santa Fe duró treinta y cinco minutos. La Torre Quirós apareció al final de una avenida arbolada: treinta pisos de acero y vidrio. Bruno la acompañó hasta el piso veintiocho. Dos secretarias levantaron la vista cuando pasó; una de ellas la miró demasiado tiempo, como comparándola con un recuerdo.
Él estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono en inglés. Cuando la vio entrar, le señaló una mesa pequeña junto a la pared con un gesto de la mano sin interrumpir la conversación.
Valentina se sentó. Sacó la laptop de "Mariana" y abrió un documento de traducción que había preparado la noche anterior. Empezó a trabajar.
A la una, Nana mandó el almuerzo en un contenedor térmico. Valentina lo abrió en la mesa de juntas mientras Alejandro terminaba una llamada. Arroz con pollo, ensalada, agua de jamaica. El olor llenó la oficina.
Alejandro colgó. Se sentó frente a ella. Comieron en silencio durante diez minutos.
—Tu pronunciación en inglés es mejor que la de Mariana —dijo de pronto.
Valentina dejó el tenedor a medio camino de la boca.
—¿Perdón?
—La escuché hablar inglés una vez. En una cena. No pronunciaba las "th." Tú sí.
Valentina tragó. Tuvo que forzarse a tragar.
—Me aburrí un verano y contraté un coach. ¿Tan raro es?
Alejandro la miró dos segundos. Después siguió comiendo como si no hubiera dicho nada.
Pero había dicho algo. Había notado una diferencia entre la Mariana de antes y la Mariana de ahora. Y en lugar de confrontarla, se lo había mencionado como quien comenta el clima.
Valentina tomó un trago largo de agua de jamaica y se concentró en masticar sin que le temblara la mandíbula.