Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 11
Capítulo 11
Treinta segundos antes, Lola caminaba hacia la inmobiliaria cuando una moto pasó demasiado cerca.
El hombre de atrás le agarró la correa del bolso.
Lola se aferró.
El tirón la hizo caer.
El acompañante bajó de la moto para arrancárselo de las manos.
—¡Eh! ¿Qué hacen? —gritó Damián, corriendo desde el auto.
El ladrón vio su cara amable y no se impresionó.
Pero Damián levantó el celular.
—Ya llamé a la policía. Están llegando.
La sirena sonó enseguida.
No era patrullero.
Era el reloj inteligente de Milo, que imitaba una alarma.
El ladrón no lo sabía.
Se asustó, volvió a la moto y huyó.
—¿Está bien, seño?
Lola se levantó.
—Sí. Gracias.
Milo llegó corriendo.
—¡Se lastimó!
La rodilla de Lola sangraba.
También el codo.
El dolor llegó con retraso.
—La llevo al hospital —dijo Damián.
—No hace falta. Hay una salita cerca.
Damián no insistió, pero la vio caminar rengueando y sacó una foto de espaldas.
Se la mandó a Thiago.
Damián: "La seño se lastimó. Por ahorrar fue a una salita. Se ve re triste."
Damián: "En estos momentos, si alguien la cuida, puede conmoverse."
Damián: "Cuñado, hice mi parte."
Thiago: "¿Qué malentendido tenés?"
Damián: "No hace falta negar."
Después dramatizó.
Damián: "Sangraba de brazos y piernas. Casi no podía caminar. Si se infecta y hay que amputar, va a estar sola. Muy triste."
Thiago miró el mensaje.
—Este tipo está mal.
Cuando Lola salió de la salita, lo encontró en la puerta.
Buzo blanco, pantalón negro, manos en los bolsillos, pateando pastito con aburrimiento.
—¿Thiago?
—Me dijeron que estabas al borde de la amputación. Como nos conocemos, vine a despedirme de tus piernas.
Lola se quedó muda.
—Me raspé la rodilla.
Damián, definitivamente, era peligroso con un celular.
—¿Podés caminar? —preguntó Thiago—. Te puedo cargar. Precio de amistad.
—No necesito. Y no voy a perder la pierna.
—Si después necesitás que te lleven, no seas orgullosa.
—¿Vos caíste en una alcancía de chico?
—Me descubriste.
Lola resopló.
—Iba a ver departamentos, pero con esto no puedo. Así que voy a comer algo caro para consolarme.
Lo miró.
—Viniste justo. Te debía una comida.
—¿Puedo pedir caro?
Lola tardó un segundo.
Thiago bajó la vista con tristeza falsa.
—¿No dijiste que ibas a mantenerme?
—Pedí lo que quieras.
En un restaurante, Thiago pidió demasiados platos.
Lola miraba la lista con dolor.
—Espero que comas todo.
Él empujó un plato hacia ella.
—Comé patas de pollo. Capaz así salvamos la rodilla.
—¿Vas a seguir con lo de amputar?
Le metió un bollo en la boca.
—Comé.
Thiago se rio y dejó de molestarla.
—¿Por qué querés alquilar?
Lola le contó lo de la residencia: el robo, el miedo, la administración inútil.
Thiago dejó el bollo.
—¿No encontraron nada de valor o no encontraron lo que buscaban?
—¿Qué querés decir?
—Pensá cuándo empezaron tus problemas.
Lola repasó.
El intento de secuestro.
El cuarto revuelto.
El robo del bolso.
Todo después de reclamar las joyas.
La expresión se le enfrió.
Al terminar, fue a pagar.
La dueña señaló a Thiago.
—El joven ya pagó.
Lola giró, incrédula.
—¿Pagaste?
—Comí casi todo. No quería que me mires como gasto excesivo.
Se inclinó hacia ella.
La cara le quedó demasiado cerca.
—¿Sabés cómo se llama esto?
Lola tragó saliva.
—¿Qué?
—Tirar una línea larga para pescar un pez grande.
Salió.
Lola tardó unos segundos en reaccionar.
Corrió, tropezó con el escalón y casi cayó.
Thiago la sujetó del brazo.
—Cuidado. ¿Querés sumar otra herida?
—Me curo rápido.
Se señaló la frente.
—La de antes desapareció sin cicatriz.
Por su cuerpo especial, sus heridas cerraban más rápido.
Thiago miró el lunar rojo en su sien.
Algo en sus ojos cambió.
—Sí. Lo veo.
Esa noche, en su cama, Thiago sostuvo una gomita de pelo vieja.
El rojo se había vuelto oscuro. Le faltaban dos perlitas.
Tenía cinco años cuando un primo lo engañó y lo dejó en un barrio de pasillos antiguos. Llovía, tronaba y no encontraba salida.
Se escondió contra una pared hasta que escuchó un llanto.
Miró.
Una nena con la cara golpeada lloraba en la oscuridad.
Él gritó, creyendo ver un fantasma.
Ella se limpió las lágrimas enseguida.
—Pibe, no soy un fantasma. No tengas miedo.
Tenía la nariz roja, la frente morada, las mejillas hinchadas por golpes.
—Me pegó mi madrastra mala. Pero no pasa nada, me curo rápido.
Se acercó para que él viera.
En la sien izquierda tenía un lunar rojo.
—¿Ves? Soy humana.
Después sonrió con esa cara lastimada.
—No tengas miedo. Tu hermana te va a sacar de acá.
También estaba perdida.
También tenía miedo.
Pero sonreía.
La memoria se cortó cuando el celular vibró.
Victoria Sáenz.
Su tía.
Thiago atendió sin ganas.
—No estoy ciego. Sé que sos vos.
—Qué carácter. El domingo voy a Buenos Aires. Tu abuelo quiere que te vea.
—¿Necesitás alfombra roja?
—No seas ácido. Si voy y no veo al nieto favorito, después me gritan a mí.
—¿Algo más?
Colgó.
La rabia le subió al pecho.
Iba a tirar lo que tenía en la mano, pero notó que era la gomita y bajó el brazo.
Su dueña ni siquiera la recordaba.
Igual, la había guardado quince años.
Pensó en Lola.
En sus problemas recientes.
En esa niña que una vez lo sacó de la oscuridad.
Tomó el teléfono.
—Quiroga. Mañana vas a la comisaría.
—¿Comisaría? Señor, si alguien dijo que filtré datos de la empresa, es mentira. Yo soy leal...
—Cerrá la boca. Vas a preguntar por el caso de la combi. Y si hace falta, presionás un poco.
Quiroga tragó.
—Entendido.
Lola, por su parte, no volvió a la residencia.
Fue al departamento de Sol.
Sacó el cofre del armario y revisó las joyas.
Si sus desgracias venían de Rubén y Graciela, era por esto.
Nunca iban a recuperarlo.
Aunque tuviera que desarmar cada pieza y regalarla.
Al mover el cofre, notó algo raro en la tapa.
Un doble fondo.
Metió la uña y tiró.
Una hoja doblada cayó al piso.
Lola la abrió.
Era una carta de su madre.
"Lola:
Si estás leyendo esto, ya cumpliste dieciocho.
Perdoname. No fui una buena madre. Amé a un hombre irresponsable, arruiné mi vida y te dejé sola demasiado pronto.
Tampoco fui una buena hija. Abandoné a mis padres por Rubén y nunca volví a verlos.
Rubén no fue buen marido. Tal vez tampoco sea buen padre. Si alguna vez Graciela te acorrala y sentís que no tenés salida, buscá a tus abuelos. Quizá sigan dolidos conmigo, pero tienen corazón blando. Tené paciencia.
La dirección es..."
Lola lloró en silencio.
No era una carta dramática.
Pero era la letra de su mamá.
Su última forma de cuidarla.
Guardó el papel con cuidado.
Esa noche soñó con una mujer vestida de blanco, hermosa, extendiéndole los brazos.
—Lola, vení.
Dormida, murmuró:
—Mamá...