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Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Multi-reencarnación / Amor tras matrimonio / Época / El Ascenso de la Reina / Completas
Popularitas:249.6k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14 — El opio

Esta noche tenemos tiempo de sobra.

Entre la sangría, los cocimientos y el baño de hierbas medicinales, el Ala de Poniente ha invertido el día por la noche. La oscuridad de fuera es densa, pero aquí dentro nadie descansa.

Cuando termina el baño, el ama Eufemia y las doncellas preparan unos platos ligeros y ponen a hervir un caldo.

Me levanto y miro a Adrián, todavía en la tina.

—Ahí tienes toallas y ropa limpia. Sécate, vístete y ven a cenar.

Amaya entra con agua para que me refresque.

—Señora, ¿enciendo el fogón para preparar el cocimiento en la cocina de aquí? Fuera hay muchos ojos vigilando, y el olor de las hierbas es fuerte. El ama Ludovica lo notará seguro.

Echo una mirada al cortinaje corrido.

—Por ahora no lo prepares. El baño de hierbas y la sangría bastan de momento. Si le meto de golpe un remedio fuerte, ese cuerpo suyo, tan delicado, no lo aguantará.

—Sí.

Detrás del cortinaje, Adrián, que se está vistiendo, oye la frase. La mano que se ataba el cinturón se detiene un instante y él aprieta los labios, molesto.

¿Cuerpo delicado?

Baja la vista al pecho, al vientre plano, alza un brazo firme y lo examina. No puede evitar un bufido. Si no fuera por el veneno que lo lleva años carcomiendo, su cuerpo no será invencible, pero sí uno forjado entre filos y golpes. ¿Y ella se atreve a llamarlo delicado?

Con una sola mano podría… El pensamiento se corta en seco. Se acuerda de las mañas que ella esconde y le nace, sin querer, un pique. Si él estuviera entero, ¿cuál de los dos podría más?

—Cuando estés vestido, sal —le llega mi voz desde el otro cuarto, tan natural como si lleváramos años casados—. Somos de carne y hueso: además de sacarte el veneno, estos días te toca recuperar fuerzas.

Adrián deja la idea a un lado, gira y sale.

Vestido de blanco hueso, alto y esbelto, tiene ese aire frío de quien se marcha con el viento. El rostro que aparece ante mí es de una belleza absoluta, con un punto enfermizo que corta el aliento y, a la vez, da lástima.

Lo miro de arriba abajo y lo digo en serio, sin adorno:

—Esa cara la heredó el príncipe de Amara. Es guapo hasta lo ofensivo. No me extraña que en su día el rey la consintiera tanto que asustaba a media corte.

La cara de Adrián se hiela. Los ojos se le vuelven cuchillos.

Arqueo una ceja.

—¿Qué pasa?

—Tú… —Su voz sale helada—. ¿Tienes que nombrarlos a ellos?

—No es ningún tema prohibido. ¿Por qué no habría de nombrarlos? —Me acerco a la mesa y me siento sin más—. El príncipe ya arrastra bastantes puntos débiles. No conviene que se añada uno más él solo.

Adrián me mira sin mover un músculo de la cara.

—Si lo que pasó en el pasado es verdad, hay que mirarlo de frente. No tiene nada de indecible. Y si no es verdad, puedes desmentirlo: tampoco es nada vergonzoso. Callarlo y esconderlo es peor.

Adrián aprieta los labios y no encuentra qué responder.

—Ven a comer. —Le hago una seña—. Y cuando termines, no te tumbes. Ponte a leer algo, distráete. Esta noche te espera una mala.

Se sienta y frunce el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que el príncipe no olvide que también le han estado dando opio. —Bajo la voz—. A lo demás lo iremos limpiando poco a poco, con la sangría, el baño de hierbas y los cocimientos. Pero el opio es distinto. Es un veneno que engancha. De ese tienes que salir tú solo, a fuerza de voluntad.

—Va a ser difícil. —Aprieta los finos labios—. Cuando ese veneno se dispara, es peor que la muerte. No creo que pueda aguantarlo.

Lo entiendo. Lleva tantos venenos dentro que, cuando le da una crisis, ni él mismo distingue cuál se le ha disparado; solo sabe que cada crisis es un infierno.

Y toda su comida, hasta ahora, la controlaba el ama Ludovica. Siguiendo las órdenes de la reina, seguro que cada vez le añadía algo a los platos: algo que le aliviaba el dolor de la crisis y que, al mismo tiempo, le hacía crecer la dependencia del opio, hasta que ya no podía vivir sin él.

Aunque antes no lo supiera, desde que yo se lo dije ayer tiene que haberlo comprendido: el veneno que más lo ha controlado todos estos años es el opio.

—Yo creo que el príncipe puede —digo, tranquila, como si no le diera importancia—. A quien Dios reserva grandes cosas, primero lo prueba en el fuego. Aguanta esta prueba y lo que venga después será camino ancho y gloria sin fin.

¿Gloria sin fin?

Algo se le mueve por dentro. Lo disimula.

—Aunque logre curarme, la reina y el heredero no me dejarán en paz.

Sonrío, ligera como una brisa.

—Entonces que el heredero y la reina desaparezcan.

La mano con la que sostiene el cuchillo se le cierra de golpe. Vuelve la cabeza hacia mí de un tirón, los ojos abiertos de puro asombro.

—¿Qué has dicho?

—El príncipe me ha oído bien. No hace falta repetirlo. —Sigo comiendo, concentrada—. Siendo hijo del rey, no debería asombrarse tanto. Guardarse la cara es lo único que impide que los demás adivinen tu juego.

Adrián recompone el gesto. Tarda un buen rato en hablar, y cuando lo hace no se sabe si de rabia o de otra cosa.

—Eres una mujer de una osadía sin límites.

Decir así, tan a la ligera, que la reina y el heredero deben desaparecer… No hay mujer más atrevida en todo el reino.

Suelto una risa breve.

—El príncipe ha rozado la muerte más de una vez. ¿Qué queda por temer?

Él no tiene miedo. Solo está pasmado ante mi atrevimiento. A la reina y a su hijo los odia hasta la médula, igual que ella lo tiene a él clavado como una espina en el ojo; a la mínima ocasión, los haría pedazos a los dos. Pero una cosa es quererlo, y otra decirlo. ¿Cuántas personas de mi condición se atreverían siquiera a hablar de la reina, y encima con esta insolencia?

—No le des más vueltas. Come rápido y luego a descansar. —Mi tono se vuelve indiferente—. Mañana temprano, el príncipe Damián vendrá a casa de mi familia con su esposa. Y la reina, aunque no aparezca mañana, a más tardar pasado mañana vendrá en persona a echar un ojo. Así que necesito al príncipe con las fuerzas repuestas para atender como es debido al rey y a la reina.

Si el hombre que se coló esta noche era, de verdad, gente de la reina, entonces su muerte la sacará de sus casillas. Puede que no aguante ni hasta pasado mañana y se plante aquí mañana mismo, al amanecer, a averiguar por sí misma qué ocurre.

La reina recela demasiado de Adrián; jamás permitirá que se le escape de las manos. Y, sin embargo, no puedo evitar la duda que me ronda.

Si la reina era capaz de envenenar a Adrián, ¿por qué no acabó de una vez con su vida? ¿Qué gana teniéndolo así, colgando de un hilo?

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Mery Gutierrez
tanta estrategia me hace pensar en el libro el arte de la guerra 🤭
Mery Gutierrez
así me gusta la protagonista 😍
Aracelis León García
eso les.pasa por pajuas y maloras si hu iesen sido buenas ahora estuvieran bien paradas
Aracelis León García
la esposa de heredero es la princesa de solterra
Aracelis León García
creo que la princesa de soltera es ella
Maria Cerdán
Vino por su hermana? Es Isabela?
Maria Cerdán
Chúpense esa mandarina viejos decrépitos que lo único que piensan es con sus bolsillos atestados del dinero que roban a manos llenas sin pensar en el pueblo.
Marina C 🇦🇷
Espectacular de principio a fin!!!
Maria Cerdán
Cuánta tristeza, dolor y decepción cuando la traición llega de tu propia sangre.
Maria Cerdán
Jáá!!, la viudita alegre, la que gobierna en las sombras, querrá calentar la cama del cuñado? Veremos.
Maria Cerdán
No solo volviste para reivindicar a Adrián Isabela, te dieron la oportunidad de ser feliz también, cosa que no pasó en tu vida anterior, aprovéchala..dale unos revolconcitos a Adrián que también los necesita..🤭🥰
Maria Cerdán
Ay Rosendita, se te avisó y no quisiste escuchar, ahora te vas a quedar sin tu bendi, qué pena ja,ja,ja.
Maria Cerdán
Ah!!, cuánta satisfacción.. apiteósico..
Maria Cerdán
Se ufana de ser la "Reyna" de la corte y no sabe que gasta ella debe bajar la cabeza ante Isabela? Qué mujer más necia y falta de neuronas, la envidia se las quemó.
Maria Cerdán
Ya apareció otra lagarta con la sangre en el ojo porque otra mujer le "robó" la atención que otros le daban, Dios, porqué no se compran una vida y la viven felices sin joderle la vida a otros, pero no, se empeñan en molestar al león dormido y después no se aguantan la patada en los dientes como siempre digo, en fin..
Maria Cerdán
EXCELENTE Y ATRAPANTE CAPÍTULO, no tiene desperdicio esta historia, no deja de sorprender. Un gusto leerla.
Monica Ramirez
La trepadora, vive de camandula ajena 🤭
Monica Ramirez
La trepadora, vive de camandula ajena 🤭
Monica Ramirez
pregunteme: cuanto me importa, que la zorra de la reina odie a isabella
Monica Ramirez
porqes el rey es un poco hombre, que piensa con la de abajo, pobre he inútil.
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