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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 — Poder, Sacrificio y Memoria

El pacto hablaba en silencio: poder, sacrificio y memoria. No era una voz que resonara en el aire, sino una vibración en el tuétano de sus huesos, una verdad absoluta que se instaló en el rincón más oscuro de sus conciencias. Ravenna Shadow, sentada en el suelo de cristal del Vórtice, sentía cómo el Tomo de los Equilibrios pesaba ahora más que una montaña, aunque sus páginas estuvieran quietas. El poder que acababan de invocar no era un regalo, era un préstamo con intereses devastadores.

—Siento que ya no soy dueña de mis propios pasos —susurró Lyraka, rompiendo el denso silencio. Sus cuernos de amatista emitían un brillo rítmico, como el latido de un corazón herido. Se miraba las manos, donde las cicatrices de la batalla contra el Segador aún supuraban una esencia plateada—. Este poder... es como tener un océano atrapado en una copa de cristal. En cualquier momento, voy a estallar.

Xylia Brook, a unos metros de ella, se quitó el casco de su armadura de ceniza. Su rostro, habitualmente sereno y noble, estaba surcado por lágrimas que se evaporaban antes de tocar el suelo debido al calor residual de su magia.

—El sacrificio no fue solo la libertad, Lyraka —dijo Xylia, su voz quebrándose por primera vez—. Es la certeza de que el mundo que estamos protegiendo nunca nos verá como parte de él. Seremos leyendas, seremos mitos de terror para asustar a los niños en las noches de tormenta. "No te alejes de la luz, o las Cuatro de la Medianoche te encontrarán".

Shapira Void se acercó a ellas. Sus cadenas, que antes eran instrumentos de guerra, ahora colgaban lánguidas, arrastrándose por el cristal con un sonido melancólico. Puso una mano sobre el pecho de Xylia y otra sobre el de Lyraka. No necesitaba voz para transmitir el vacío que sentía en su propio espíritu. Era un recordatorio de que la memoria sería su carga más pesada: recordarían cada rostro que no pudieron salvar, cada vida que tuvieron que sacrificar para que el equilibrio no colapsara.

—Ravenna —llamó Lyraka, volviéndose hacia la erudita—. Tú lo sabías. En ese libro tuyo, en esas páginas que devoras con tanta ansia... ¿decía que nos sentiríamos así? ¿Como si nos hubieran arrancado el alma y la hubieran reemplazado con estrellas frías?

Ravenna levantó la mirada. Sus ojos, antes verdes como el musgo, ahora tenían destellos de un gris infinito.

—No lo decía con palabras, Lyraka —respondió Ravenna, su voz cargada de una fatiga milenaria—. Pero lo sugería en cada silencio entre los versos. El equilibrio exige que quienes lo sostienen estén fuera de él. No podemos ser parte de la balanza si somos nosotros quienes la sujetamos. Hemos ganado el poder de salvar al mundo, pero hemos perdido el derecho a vivir en él.

—Es un precio injusto —escupió Lyraka, golpeando el suelo con su daga. El cristal no se rompió, pero una grieta de sombra se extendió desde el punto de impacto—. Después de todo lo que pasamos en la Ciudad de Espejos, en el Desfiladero... ¿esto es todo? ¿Vigilancia eterna y olvido personal?

Xylia se levantó, su armadura emitiendo un tintineo de resignación.

—Quizás la memoria sea lo único que nos queda —dijo con suavidad—. Si el mundo nos olvida, al menos nosotras no debemos olvidarnos. Debemos recordar quiénes éramos antes de ser... esto. Antes de ser los pilares de la medianoche.

Shapira asintió con fervor, sus cadenas vibrando en un tono menor. Se sentaron nuevamente en círculo, pero esta vez no para planear una estrategia ni para luchar contra un avatar. Se sentaron para sostenerse mutuamente en la oscuridad que comenzaba a reclamar el Vórtice. El aire se volvió gélido, y la luz del atardecer eterno se filtró a través de sus cuerpos traslúcidos.

—Hablemos entonces —dijo Ravenna, cerrando el Tomo con una solemnidad definitiva—. Antes de que el deber nos separe, antes de que nuestras identidades se fundan con los puntos cardinales que debemos vigilar. Digamos en voz alta lo que dejamos atrás. No como una queja, sino como un testamento.

Lyraka soltó un suspiro tembloroso. Sus ojos púrpuras se humedecieron.

—Yo perdí el olor del bosque después de la lluvia. Ahora solo huelo a ceniza y magia vieja. Perdí el nombre que mi madre me susurraba cuando tenía pesadillas.

Xylia bajó la cabeza, su cabello plateado cayendo sobre sus hombros.

—Yo perdí la calidez del sol en mi piel. Mi armadura es mi piel ahora, y está hecha de luz fría. Perdí la esperanza de tener un hogar que no fuera una fortaleza de vigilancia.

Shapira, con gestos lentos y cargados de significado, señaló su garganta y luego hizo el gesto de un pájaro volando que es atrapado por una red. Había perdido la capacidad de cantar, de expresar su dolor o su alegría con algo más que el metal que la encadenaba.

Ravenna miró a sus tres compañeras, sus hermanas de destino.

—Yo perdí la ignorancia —susurró—. Perdí la capacidad de ver el mundo y simplemente disfrutarlo sin calcular cuánto peso está soportando cada sombra.

Se quedaron allí, bajo la primera medianoche verdadera del nuevo orden, unidas por un hilo de dolor que era más fuerte que cualquier hechizo. El pacto ya no era solo un acuerdo mágico; era una herida compartida que nunca cerraría. En ese momento, en la quietud del Vórtice, la vulnerabilidad fue su mayor acto de valentía.

Empezaron a contar lo que cada una había perdido.

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