**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 23
La confesión flotó en el espacio confinado de la tienda beduina como un gas inflamable. Mis propias palabras, rústicas y desgarradoras, se sintieron como una rendición absoluta ante el hombre que me mantenía cautiva en su mundo de arena y contratos federales. *«Si me entrego a lo que siento cuando me tocas, sé que estaré completamente perdida en tu mundo»*.
El silencio que siguió fue denso, casi asfixiante, roto únicamente por el silbido menguante de la tormenta en el exterior. Sentí la inmensa anatomía de Zayd tensarse detrás de mí de una forma que nunca antes había experimentado. No fue la rigidez de la furia corporativa que mostró ante su consejo, ni la lascivia depredadora que me aplastó contra el mármol la noche del vestido rojo. Fue algo diferente. Algo más profundo, más oscuro y peligrosamente humano.
Su mano, que aún descansaba debajo de mi camisa de lino blanco en contacto directo con mi abdomen, se quedó estática. Su pulgar rozó la suavidad de mi piel con una lentitud que me hizo contener el aliento. Podía sentir el latido violento de su corazón contra mis omóplatos, un compás salvaje que delataba la tormenta interna que mi vulnerabilidad había desatado en él.
Zayd soltó un suspiro largo y rasposo, y su aliento caliente acarició mi nuca con una suavidad que me desarmó por completo.
—Mírame, Serena —ordenó con un barítono bajo, rudo, pero extrañamente carente de esa gélida distancia que solía usar como armadura.
Me giré lentamente entre sus brazos, con las piernas de montar enredadas con los pantalones de lino de él. La manta de lana pesada resbaló ligeramente de mis hombros, dejando expuesto el escote de mi camisa blanca. En la penumbra ocre de la tienda, sus ojos ámbar no eran dos rendijas de hielo; eran dos brasas encendidas que me devoraban el rostro con una intensidad devastadora.
Zayd extendió su mano grande y me atrapó la mandíbula con sus dedos largos. Su pulgar acarició mi labio inferior, que aún conservaba la sutil inflamación de nuestro último y destructivo beso.
—¿Pensabas que eras la única que tenía miedo de ese poder? —preguntó, y su voz descendió a una octava tan íntima que me caló hasta los huesos—. Esa noche en Nueva York, cuando me desperté en la suite del *The Peninsula* y encontré la cama vacía, no solo se encendió mi rabia, nena. Se encendió algo que creía muerto desde hace cinco años. Me obsesioné con encontrarte no solo porque me habías robado una noche de anonimato, sino porque fuiste la primera mujer en toda mi vida que me hizo olvidar el peso de mi corona mientras te poseía contra las sábanas.
Mis pupilas se dilataron al escuchar la cruda honestidad de sus palabras. El fantasma de Yasmin, la traición que Amina me había revelado unas horas antes, flotó entre nosotros en el espacio confinado. Él me veía como una amenaza porque su cuerpo y su mente recordaban el dolor de haber entregado el control una vez en el pasado.
Zayd se inclinó hacia mí, acortando la distancia con una lentitud tortuosa. El olor de su piel —ese aroma a maderas caras, tabaco dulce y el calor limpio del desierto— me inundó los sentidos, anulando cualquier atisbo de cordura que me quedara. Cuando sus labios rozaron los míos, no hubo violencia. No hubo el castigo carnal que me había dejado ardiendo la noche anterior. Fue un beso lento, húmedo, de una posesividad tan profunda y concentrada que me hizo soltar un gemido desvalido en el interior de su boca.
Mis manos subieron por su torso desnudo por puro instinto, enredándose en la firmeza de sus hombros musculosos, sintiendo la tensión acumulada en sus deltoides. Le devolví el beso con una desesperación contenida, abriendo los labios ante la sutil insistencia de su lengua, que reclamó mi cavidad oral con un ritmo perezoso pero implacable. La fricción de su pecho velludo contra mis pechos desprovistos de sostén bajo el lino blanco encendió un reguero de pólvora directo a mi entrepierna, haciéndome humedecer al instante en un torrente de lujuria que ya no pretendía ocultar.
Zayd deslizó su mano desde mi mandíbula hacia abajo, recorriendo mi cuello, deteniéndose en los botones abiertos de mi camisa. Sus dedos largos desabrocharon el siguiente botón con una precisión quirúrgica, abriendo la tela lo suficiente para que su palma grande se cerrara alrededor de mi pecho izquierdo.
Un espasmo de puro placer recorrió mi vientre cuando su mano ruda apretó la firmeza de mi busto, y su pulgar rozó mi pezón endurecido. Me arqueé hacia él, buscando más, deseando que rompiera su disciplina de hierro y me tomara allí mismo, sobre las alfombras rústicas, mientras la tormenta rugía afuera. Sentí la longitud rígida y enorme de su virilidad presionando directamente contra mi muslo a través de la sarga de mis pantalones de montar, una promesa carnal que me hizo vibrar por completo.
Sin embargo, justo cuando el universo se reducía al calor de su boca y a la fricción de nuestras pieles en la penumbra, Zayd detuvo el movimiento de sus dedos.
Separó sus labios de los míos con un jadeo pesado, apoyando su frente contra la mía. Sus ojos ámbar brillaban con una lascivia animal, pero la autodisciplina de hierro de su linaje se impuso una vez más. Con un movimiento suave pero firme, cerró los bordes de mi camisa de lino y volvió a cubrirme con la manta de lana pesada hasta el cuello.
—No aquí, nena —susurró, y su voz rasposa fue una caricia de lija que me erizó la piel—. Te prometí que no te tocaría de esa manera hasta que lleves mi anillo, y voy a cumplirlo. No porque no me esté muriendo por abrirte las piernas en esta alfombra, sino porque quiero que cuando te entregues de verdad, no sea por el miedo a una tormenta o por la necesidad de calor. Quiero que te entregues sabiendo que eres mía por elección propia, no por un contrato.
Se acomodó de nuevo contra la pared de roca, manteniéndome estrechamente pegada a su pecho, envolviéndome con sus brazos macizos para protegerme del frío glacial que continuaba descendiendo sobre la tienda.
A lo largo de toda la noche, Zayd mostró un lado extrañamente protector que me descolocó por completo. Cada vez que yo me movía debido a un escalofrío o al eco de un trueno lejano en el desierto, sus brazos se tensaban a mi alrededor, acomodándome la manta con una delicadeza que contrastaba con su inmenso tamaño. No intentó propasarse, no buscó más caricias eróticas; se limitó a ser mi escudo contra la noche hostil del desierto, manteniéndose despierto durante horas mientras vigilaba mi respiración.
Apoyada en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, me quedé dormida con una alarmante certeza en el alma: el monstruo calculador que me había traído a este desierto tenía la capacidad de ser el refugio más seguro del mundo. Y eso me daba mucho más miedo que todas sus amenazas financieras.
El amanecer llegó con una claridad limpia y un cielo azul purificado por la tormenta. El viento se había calmado por completo, dejando las dunas con formas perfectas y tersas, como si el desierto hubiera reescrito su propia geografía durante la noche.
Zayd y yo regresamos al palacio al inicio de la mañana. El trayecto a caballo fue silencioso, pero la atmósfera entre nosotros había cambiado de forma irreversible. Ya no había la hostilidad cortante de los primeros días; había una complicidad silenciosa, una corriente eléctrica que nos unía tras las confesiones compartidas en la tienda beduina. Al cruzar los grandes arcos de piedra de los establos reales, los palafreneros se apresuraron a tomar las riendas de Asfal y Najma.
Me bajé de la silla sintiendo el cansancio del viaje en los músculos de mis muslos, pero mantuve la espalda recta. Zayd caminó a mi lado mientras entrábamos al ala principal del palacio. Tenía la camisa de lino negra desabrochada y el cabello oscuro revuelto por el viento, pero su porte seguía siendo el de un monarca absoluto que regresa a su territorio.
—Ve a tus estancias y descansa, Serena —dijo Zayd, deteniéndose en el pasillo que conducía al gran salón de recepciones—. Ordenaré que te lleven el desayuno a la habitación. Tenemos mucho de qué hablar antes de la cena de esta noche.
—Está bien —respondí, mirándolo a los ojos por un segundo antes de darme la vuelta.
Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia la escalinata, el jefe de seguridad del palacio se acercó a Zayd con paso apresurado y rostro severo, inclinando la cabeza con profundo respeto.
—Emir Al-Maktoum —dijo el guardia en árabe, y luego cambió al inglés al notar mi presencia—. Perdone la interrupción, pero tenemos una visita inesperada que acaba de llegar en un vuelo privado desde el norte. Se encuentra esperándolo en el gran salón de recepciones principal. La matriarca ordenó que se les sirviera el té de bienvenida de inmediato.
Zayd entornó los ojos y una sutil tensión regresó a su mandíbula.
—¿De quién se trata? —preguntó con su tono dictatorial.
—Es la princesa Shadia, señor —respondió el guardia, y el nombre resonó en el pasillo como un golpe de gong.
Miré a Zayd de inmediato. El cambio en su expresión fue sutil pero evidente: sus facciones se endurecieron y sus ojos ámbar adoptaron esa gélida distancia que había desaparecido en la tienda beduina. Sentí una extraña punzada de alarma en el estómago, un presentimiento amargo que me obligó a dar un paso hacia adelante.
—¿Quién es la princesa Shadia? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
Zayd no respondió de inmediato. Se limitó a mirarme con una fijeza insondable antes de volverse hacia el guardia.
—Vamos al salón —sentenció, y sus zancadas largas comenzaron a devorar el pasillo.
Impulsada por una mezcla de curiosidad y un naciente celo posesivo que odié reconocer, lo seguí de cerca, ignorando mi propia fatiga. Caminamos hacia el gran salón de recepciones, el espacio más fastuoso del palacio, decorado con inmensas alfombras imperiales, columnas de mármol blanco y ventanales arqueados que daban a los jardines de las fuentes.
Al abrirse las inmensas puertas dobles de madera tallada, la escena que nos recibió congeló mis movimientos en el umbral.
Sentada en uno de los divanes de terciopelo carmesí, rodeada por tres sirvientas que atendían cada uno de sus movimientos, se encontraba una mujer de una belleza abrumadora, casi irreal. Vestía una túnica de seda tradicional en un tono azul zafiro, bordada con hilos de plata fina y diamantes que destellaban con cada una de sus respiraciones. Su cabello, negro y brillante como el ala de un cuervo, caía en una cascada perfecta sobre sus hombros, y sus ojos, grandes, oscuros y almendrados, estaban delineados con una precisión mística. Su piel era del tono de la arena fina bajo el sol de la tarde.
A su lado, de pie y con una sonrisa de absoluta suficiencia y triunfo en el rostro arrugado, se encontraba la tía de Zayd. La matriarca nos miró entrar, y sus ojos de carbón se clavaron en mí con una malicia que me revolvió las entrañas.
Al vernos llegar, la hermosa mujer de la realeza local se puso de pie con una elegancia milenaria, fluida como el agua de una fuente. Su mirada ignoró mi presencia por completo y se fijó en Zayd con un destello de familiaridad, devoción y un derecho de propiedad que me hizo apretar los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.
—Zayd —dijo la princesa Shadia, y su voz, suave, melodiosa y musical, acarició el aire del salón principal mientras daba un paso hacia él—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuviste en las tierras del norte. Tu tía me dijo que estabas pasando por un período de... decisiones complejas, y he venido personalmente a recordarte cuál es el verdadero lugar al que pertenece tu corazón.
La candidata ideal que la tía quería para Zayd nos había recibido en el salón principal, y la batalla por el desierto acababa de volverse mucho más letal.