Luciana Montreal siempre obtuvo lo que quiso.
Incluso a David Balbuena… el único hombre que alguna vez se le resistió.
Pero el deseo no siempre trae victoria.
Entre noches que la consumieron y una verdad que lo cambió todo, Luciana entendió que hay algo más peligroso que no tener a alguien… tenerlo y descubrir quién es en realidad.
Años después, convertida en una mujer poderosa e inalcanzable, ha construido un mundo donde nadie puede tocarla...
Hasta que el pasado regresa... y no viene solo: Un hombre que aún puede hacerla arder. Otro que ya decidió que será suya.
Entre el fuego que la desarma y el control que amenaza con atraparla, Luciana deberá enfrentar la única decisión que nunca pudo dominar: seguir lo que la consume… o no volver a perderse jamás.
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AETERNUM
NARRADOR
Luciana había sonreído al interpretar que David la abrazaba. Se había vestido con cuidado para no despertarlo.
Él, al despertar, lo primero que miró fue la hora en su reloj e inmediatamente después comenzó a vestirse.
-Debemos ir a nuestros asientos. Aterrizaremos pronto- Fue lo único que dijo
-¿Dormiste bien?- Le preguntó ella mientras se ponía sus zapatos
-Sí. Estaba cansado. Fue un largo día- Respondió con su tono neutral desprovisto de emociones
Luciana sintió la primera desilusión de muchas. Si esperaba que él fuera cariñoso sabía que eso tomaría tiempo. Un leve pensamiento llegó a su mente y se sintió abrumada: "tal vez él nunca lo sea".
Decidió desechar aquel pensamiento y mantenerse positiva. Acababa de casarse y sabía que David no la amaba, pero debía ser positiva. En cuanto conociera la mujer virtuosa que era, eso cambiaría. Tenía que hacerlo.
Los dos salieron de la habitación y ocuparon sus lugares. David tomó su laptop y comenzó a trabajar, ignorándola.
-¿Tienes mucho trabajo?- Le preguntó intentando entablar una conversación
-Siempre. Soy un hombre ocupado. Deberías saberlo- Él volvió a concentrarse en la pantalla y ella guardó silencio
Luciana sabía que eso era de esperarse. David era adinerado y no solamente por herencia, sino que también por trabajar arduamente. Eso no cambiaría.
Ella se permitió pensar en su futuro. Era lo mismo que David había logrado lo que ella quería, solamente que en otro rubro. Ella estaba acostumbrada a tener su dinero también, pero no quería una vida de ocio.
Los concursos de belleza junto a los contratos que había firmado le habían generado buenas ganancias. Muchas marcas importantes habían pagado grandes sumas de dinero para que ella fuera el rostro de la temporada. Eso había disminuido gradualmente cuando abandonó los concursos.
Recientemente, había heredado dinero por parte de su primo. Él la había dejado en su testamento como única beneficiaría y ella se había preguntado por qué él jamás le había comentado que había hecho un documento así. ¿Acaso había planeado su muerte con mucha anticipación? Lo desconocía, pero esa incertidumbre le quemaba en el pecho.
Luciana había guardado ese dinero en una cuenta bancaria que le generara rendimientos, sumando allí sus propios ahorros. Si quería cumplir su sueño debería tener sus metas claras y administrarse era clave para conseguirlo.
Ella recordó que Lisandro le había comentado que cuando alcanzara su sueño, le llamaría de alguna manera en Latín. Ella se había reído, incluso sugirió francés. Luego del fallecimiento de su primo, demoró semanas en atreverse a entrar al cuarto que él ocupaba. Allí había visto varios diseños. Él había diseñado logos. Los había acariciado.
En aquel cuaderno lleno de dibujos y potenciales nombres, uno había llamado su atención. Lisandro no había diseñado el logo acorde, ella podría ocuparse de hacerlo. Aeternum. Significaba eterno, tal como el cariño que sentía por él, como las enseñanzas que le había dejado.
Ella volvió al presente. David continuaba trabajando, ignorando todo a su alrededor. Ella respiró profundamente para no demostrar el dolor que todavía sentía tras el fallecimiento de Lisandro. Nadie la vería vulnerable de nuevo. Sus emociones le pertenecían. Los círculos sociales en los que se movía eran despiadados y fríos. La sensibilidad debía llevarse en el corazón o en la mente o podría convertirse en un arma en la persona equivocada.
David cerró su laptop cuando el piloto anunció que se preparaba para aterrizar. Hasta ese momento, ella desconocía el destino al que irían. No se había hecho ilusiones en cuanto al lugar o probablemente se habría desilusionado. París.
-Mañana tengo una reunión de negocios, puedes ir de compras- Él quiso entregarle una tarjeta de crédito ilimitada
Ella observó la mano de su esposo extendida. Sus dedos no se movieron en dirección a ese rectángulo que podría comprar demasiadas cosas sin límites.
-No necesito tu dinero, David. Tengo el mío- Él se mostró sorprendido
-Es lo que me corresponde darte, ¿Puedes aceptarlo?
-No, no puedo. Si nuestro matrimonio fracasa, me llevaré lo que mi dinero haya comprado
-¿Orgullo?- Cuestionó él guardando la tarjeta
-Tal vez. Prefiero llamarlo independencia- Él fijó la mirada en sus ojos
No transmitía nada más que seguridad.
La conversación concluyó. Minutos después, los dos descendieron del avión en silencio. David la tomó de la mano. Siempre un paso delante de los acontecimientos. No había sentimientos, pero sí una regla clara: aparentar.
Al llegar al hotel que él había reservado, no se sorprendió en absoluto. Todo era tal como lo había imaginado. Predecible. El más costoso y lujoso.
La suite no estaba preparada para recién casados, aunque tenía una botella de champaña con dos copas.
David no había planeado darle romance, sino lujo que era lo que acostumbraba, aunque no lo que deseaba.
-Necesito ducharme. Puedes ordenar una cena liviana- Le dijo y sin esperar respuesta entró al baño
David estaba un poco desconcertado. La imagen que había creado de su esposa no se parecía a lo que ella proyectaba en ese momento, en su compañía.
Ella lo había mirado con anhelo por años. Fue discreta, pero no lo suficiente. Creyó que, probablemente, ella querría ser tratada como una reina y tener dinero ilimitado para gastar. También imaginó que ella querría cariño, que tendría que quitársela de encima... Pero la realidad era otra.
Luciana parecía ser tan fría como él, ardiente en la intimidad solamente.
No sé detuvo a pensar de más. Probablemente, ella estaría fingiendo y muy pronto aquella fachada tan prolijamente planeada se acabaría.
Cuando ella salió del baño lo hizo usando una bata del hotel, sin maquillaje, con su cabello todavía húmedo. Él creyó que se veía menor de lo que era, naturalmente perfecta.
Luciana, ajena a su mirada tomó su celular. Leyó un mensaje de Amy y le respondió con una mueca de disgusto apenas perceptible. Le estaba diciendo dónde su adinerado esposo la había llevado de luna de miel y el porqué, motivos laborales.
Luego, la recién casada tomó una copa de champaña y recién en ese momento miró a su esposo.