En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 10— El secreto
Mi padre permaneció inmóvil y en silencio.
No era un silencio cualquiera.
Era uno de esos silencios que hacen que todo el mundo deje de respirar sin darse cuenta, incluso el viento pareció desaparecer por unos instantes.
Desde donde nos encontrábamos no podía leer el contenido de la carta, pero sí podía ver perfectamente el rostro del duque de Valmont. Sus ojos recorrían lentamente cada línea mientras sus dedos sujetaban el pergamino con una firmeza que intentaba ocultar el temblor de sus manos.
Nunca lo había visto así.
Mi padre era el hombre que permanecaba tranquilo incluso cuando un caballo se desbocaba o cuando los caballeros regresaban heridos de alguna patrulla. Siempre encontraba una solución para todo.
Pero en aquel momento... Parecía haber olvidado cómo respirar.
El mensajero imperial aguardaba en absoluto silencio, con la vista fija al frente. No mostraba ninguna emoción. Era como si llevar noticias capaces de cambiar el destino de las personas fuera parte de su rutina.
Cassian dio un pequeño paso delante de mí, sin decir una sola palabra. Fue un movimiento tan natural que, si no lo hubiera conocido tan bien, probablemente ni lo habría notado, pero yo sí lo noté, sin darse cuenta, acababa de colocarse entre el mensajero y yo. Como si quisiera protegerme de algo que ni él mismo comprendía.
—¿Qué dice la carta? —preguntó finalmente.
Mi padre tardó unos segundos en levantar la vista, después dobló cuidadosamente el pergamino y volvió a guardarlo dentro del estuche.
—Entraremos.
Eso fue todo, ni una explicación, ni una palabra más.
Se giró hacia Albert, que acababa de aparecer junto a la puerta principal.
—Prepara el salón azul.
—Enseguida, mi señor.
—Y procura que nadie nos interrumpa.
Albert inclinó ligeramente la cabeza.
—Como usted ordene.
Aquello llamó inmediatamente mi atención.
El salón azul solo se utilizaba para reuniones importantes, yo nunca había entrado allí.
Cassian tampoco parecía demasiado tranquilo, esperó a que nuestro padre desapareciera por el enorme vestíbulo antes de acercarse a Thomas.
—¿Ha ocurrido algo?
El jardinero negó lentamente.
—No lo sé.
—¿Quién es ese hombre?
Thomas observó al mensajero imperial.
—Un emisario de la familia imperial.
—Eso ya lo sabemos.
—Y es todo lo que sé.
Cassian frunció el ceño.
Thomas rara vez ocultaba información, si decía que no sabía más... Probablemente era verdad.
El mensajero volvió a montar en su caballo.
Antes de marcharse dirigió una breve mirada hacia la residencia. Sus ojos pasaron sobre los jardines... Sobre los sirvientes... Sobre Cassian... Y terminaron deteniéndose en mí.
Solo fueron unos segundos, pero sentí un extraño escalofrío.
Era como si estuviera intentando recordarme, sacudí ligeramente la cabeza, aquello era absurdo, yo nunca lo había visto antes.
El hombre inclinó la cabeza con respeto y, sin pronunciar una sola palabra, hizo girar su caballo.
Los cascos resonaron sobre el camino de piedra hasta perderse entre los árboles.
El silencio volvió a instalarse.
—Qué hombre tan raro... —murmuré.
Cassian siguió observando el camino por donde había desaparecido el emisario.
—Sí...
Su voz sonaba distraída, demasiado distraída, después del almuerzo, toda la residencia parecía haber cambiado.
Los sirvientes caminaban más deprisa, Albert entraba y salía constantemente del despacho del duque, varios caballeros cruzaban los pasillos llevando documentos, incluso Beatrice, que normalmente cantaba mientras cocinaba, permanecía completamente callada, era como si una nube invisible hubiera cubierto toda la casa, yo intenté leer, no pude. Intenté jugar con mis muñecas, también me aburrí. Incluso busqué a Margaret para ayudarla a ordenar mi habitación, ella me miró sorprendida.
—¿Está segura de que se encuentra bien, mi lady?
—Sí...
—Nunca antes se había ofrecido voluntariamente a ordenar.
—Es que me aburro.
Margaret sonrió.
—Eso ya me resulta más creíble.
Mientras doblábamos algunos vestidos, no pude contener más la curiosidad.
—Margaret...
—¿Sí?
—¿Por qué todos están tan raros?
Ella dejó de acomodar una manta, solo un instante, después continuó trabajando.
—No creo que estén raros.
—Sí lo están.
No respondió, me acerqué un poco más.
—¿La carta era tan importante?
Margaret suspiró.
—Lady Seraphine...
—Solo quiero saber qué pasa.
Se volvió hacia mí y me acarició la cabeza con cariño.
—Hay ocasiones en las que los adultos necesitan hablar primero entre ellos.
—Siempre dicen eso.
—Porque suele ser cierto.
Inflé las mejillas.
—No me gusta.
—Lo sé.
—Nunca me cuentan nada.
Margaret sonrió con ternura.
—Algún día dejará de ser una niña.
—Falta mucho.
—No tanto como cree.
No me gustó aquella respuesta. Porque, por primera vez... No quería crecer.
Me gustaba ser una niña, me gustaban los cuentos, las galletas de Beatrice, las bromas de Cassian, los paseos con Thomas y las noches en las que mi padre dejaba de ser el duque para convertirse solamente en mi padre.
No quería que nada cambiara.
Sin embargo... A veces el destino decide por nosotros.
Aquella misma tarde encontré a Cassian sentado sobre el enorme roble que había junto al lago.m, era su escondite favorito, subía allí cada vez que necesitaba pensar.
Me costó varios intentos trepar hasta una de las ramas inferiores, cuando por fin lo conseguí, él soltó una pequeña risa.
—Pareces un gatito intentando subir una montaña.
—Cállate.
—No.
—Entonces me bajo.
—No te atreves.
—Sí me atrevo.
—No.
Lo miré con el ceño fruncido, después me senté a su lado, durante unos minutos ninguno habló.
Escuchábamos únicamente el sonido del agua y el canto de los pájaros.
—Cassian...
—¿Mmm?
—¿Crees que padre está preocupado?
Él tardó bastante en responder.
—Sí.
—¿Mucho?
Suspiró.
—Más de lo que quiere que notemos.
Bajé la vista hacia el lago.
—Eso significa que es algo malo.
—No necesariamente.
—Entonces, ¿por qué tiene esa cara?
Cassian arrancó una pequeña hoja de la rama sobre nuestras cabezas, la hizo girar entre los dedos.
—Porque algunas noticias... cambian muchas cosas.
No entendí muy bien a qué se refería y, por la expresión de su rostro, comprendí que él tampoco.
En ese momento escuchamos unos pasos acercándose, era Albert, como siempre, impecablemente vestido.
Se detuvo bajo el árbol y levantó la vista hacia nosotros.
—Joven señor.
—¿Sí?
—Lady Seraphine.
—¿Qué ocurre, Albert?
El mayordomo hizo una pequeña inclinación.
—El señor duque desea verlos inmediatamente en su despacho.
Cassian y yo intercambiamos una mirada, los dos pensamos exactamente lo mismo, mi padre nunca nos llamaba a los dos al mismo tiempo y mucho menos... A su despacho.
Sin decir una palabra más, descendimos del árbol.
Mientras caminábamos detrás de Albert por los largos pasillos de la residencia, sentí que la pequeña llave escondida en el bolsillo de mi vestido rozaba suavemente mi mano.
Como si quisiera recordarme que aún guardaba un secreto, pero yo no imaginaba... Que el secreto que mi padre estaba a punto de contarnos cambiaría nuestras vidas para siempre.