Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 15
La noche finalmente cayó sobre el campamento, envolviendo la tienda en una profunda oscuridad solo rota por el sutil sonido del viento. Adentro, el ambiente se volvió tenso cuando la pequeña Zerimar comenzó a escuchar unos quejidos apagados. Al voltear, vio a Borans retorcerse levemente en su sitio, con una mano firmemente presionada contra su abdomen.
—¿Te encuentras bien, Borans? —le preguntó la pequeña con tono preocupado.
—Sí... estoy bien —respondió él, aunque de inmediato soltó otro quejido de dolor que lo contradijo por completo.
Zerimar se acercó gateando y extendió su manita para tocarle el brazo.
—No parece que estés bien de verdad... —insistió ella, notando cómo el hombre respiraba con dificultad.
En ese instante, Borans no pudo aguantar más. Se levantó de golpe, salió corriendo de la tienda y se arrodilló a unos metros para comenzar a vomitar con fuerza. Zerimar, asustada por la situación, lo siguió de inmediato en medio de la penumbra.
—¡Uff, uff! ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? —preguntó la niña, angustiada al verlo en ese estado.
—¡No! Vete de aquí... no me mires —alcanzó a decir Borans entre jadeos, tratando de apartarla con la mano.
—Pero, ¿por qué estás vomitando así? —insistió ella, sin querer dejarlo solo.
—Creo que me envenenaste con esa comida... —refunfuñó él, buscando culpables—. Ve a la tienda, anda, regresa adentro.
Mientras Borans se quedaba afuera, quejándose en voz baja y pensando para sus adentros que no merecía esto por haberse comido la tostada después de todo lo que ya se había empachado en el restaurante, Zerimar no perdió el tiempo. Con una agilidad sorprendente, corrió de vuelta a la tienda para buscar el botellón de agua.
—No, no, espera... ¡espera! —dijo la pequeña regresando apresurada con el agua.
—Dame un poco, necesito mojarme la cara —pidió Borans, extendiendo la mano con debilidad.
Pero la pequeña, con una ternura infinita, prefirió hacerse cargo. Echó un poco de agua fresca directamente en sus propias manitas y comenzó a pasárselas con delicadeza por el rostro del hombre.
—Te mojaré la cabeza para que te refresques —le dijo con suavidad.
Borans intentó arrebatarle el botellón de agua para hacerlo él mismo, pero Zerimar se interpuso firmemente.
—No, espera. Déjame seguir remojándote la cabeza un poco más —le ordenó con esa madurez que la caracterizaba.
El hombre, haciendo un gran esfuerzo, intentó ponerse de pie para demostrar fortaleza.
—Ya es suficiente... ya estoy bien —declaró, aunque sus piernas aún temblaban—. Pon eso en su sitio y vamos a la tienda de una vez.
Entraron de nuevo al refugio y Zerimar, actuando rápido, lo guió hacia las mantas.
—Espera, recuéstate un poco aquí —le indicó.
Borans se acostó pesadamente, sin fuerzas para seguir discutiendo.
—Muy bien... Estás temblando mucho —observó la pequeña al ver los escalofríos que recorrían el cuerpo del hombre. De inmediato, tomó una sábana gruesa y comenzó a cubrirlo—. Voy a taparte bien con esto. Aah... ¿todavía tienes frío?
—Yo me siento... —alcanzó a balbucear Borans, intentando incorporarse, pero antes de terminar la frase, sus ojos se pusieron en blanco y se desmayó por completo, quedando inconsciente sobre la manta.
El pánico se apoderó de la pequeña Zerimar. El corazón le dio un vuelco violento en el pecho y, movida por el miedo puro, se abalanzó sobre él.
—¡Pa! ¡Borans! ¡Borans! —gritó con la voz quebrada, moviéndole la cabeza de un lado a otro con sus manitas temblorosas—. ¡Borans, abre los ojos, por favor!
Al ver que no reaccionaba, las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos. Con el llanto a punto de desbordarse, la pequeña reaccionó, tomó el teléfono celular y marcó desesperadamente el número de Seinec. En cuanto escuchó que contestaban, soltó la noticia de golpe con la voz entrecortada:
—¡Seinec! Papá se desmayó...
—¿Qué? —respondió Seinec del otro lado de la línea, con un tono lleno de alarma—. ¿Se desmayó?
—¡Ajá! —asintió la pequeña, limpiándose una lágrima.
—Bien, primero mantén la calma, respira profundo —le pidió Seinec, tratando de transmitirle seguridad—. Dime, ¿en dónde están exactamente?
—Estamos afuera... —respondió la pequeña, asustada y mirando la oscuridad del bosque a través de la entrada de la tienda.
—Escúchame, tú sabes cómo enviar la ubicación por el teléfono, ¿verdad? —le preguntó Seinec con urgencia.
—Sí... —respondió casi llorando.
—Perfecto, envíame la ubicación ahora mismo. Ya voy en camino, no te preocupes por nada, ¿de acuerdo?
—Ok, de acuerdo —asintió Zerimar, colgando la llamada e ingresando al chat de inmediato para compartir el punto exacto de donde se encontraban.
Justo en ese momento, Borans comenzó a recuperar la conciencia de manera lenta. Parpadeó un par de veces, desorientado, y al ver a la niña con el teléfono en la mano, frunció el ceño.
—Oye... ¿con quién estabas hablando? —preguntó con voz ronca.
La pequeña, aún con el susto reflejado en su rostro, guardó el aparato.
—Llamé a Seinec —confesó con timidez—. No tarda en llegar.
Borans se alteró de inmediato, olvidándose por un segundo de su dolor de estómago.
—¿Por qué hiciste eso? —le reclamó, notablemente molesto.
—¡Tuve que llamar a Seinec! —se defendió la niña.
—¿Por qué?
—¡Porque me asusté mucho cuando te desmayaste! —exclamó Zerimar con los ojos bien abiertos.
—Fue solo un desmayo, no es para tanto —refunfuñó él, tratando de restarle importancia al asunto—. ¿Para qué la llamaste entonces?
—Para que viniera a verte —respondió la pequeña con total honestidad.
Borans soltó un suspiro de frustración, pasándose una mano por la frente.
—¿Viene en camino?
—Sí.
—¿Por qué hiciste esto sin preguntarme antes? —se quejó el hombre, haciendo una mueca de dolor.
—Estabas inconsciente, Borans. Tienes que descansar —le recordó ella, manteniéndose firme en su postura.
—¿Y vendrá ahora? ¿Cuánto tardará en llegar? —preguntó él, visiblemente incómodo ante la idea de que Seinec lo viera en ese estado de vulnerabilidad.
—No sé... dijo que pronto —contestó Zerimar.
—¿Por qué haces esto? —insistió Borans, resignado.
—No te muevas, tienes que descansar —le repitió la niña, acomodándole la sábana sobre los hombros.
Pasado un rato, el silencio volvió a instalarse en la tienda, interrumpido solo por la respiración más calmada de Borans. Al ver que la niña no se despegaba de su lado, el hombre la miró de reojo.
—No te quedes aquí... mejor vete a dormir a tu lado —le sugirió en voz baja.
—¿Por qué no quieres que me quede contigo? —preguntó Zerimar, mirándolo fijamente.
—Porque no es necesario, ya estoy bien —respondió él, desviando la mirada—. Encima me vas a hacer pasar una vergüenza con ella. De verdad, no debiste llamarla.
—Tranquilo... ¿te sientes mejor? —le preguntó la pequeña, ignorando sus quejas de orgullo.
—Estoy bien —insistió él.
—¿Y tu estómago?
—Estoy bien, ya te lo dije —repitió Borans, rindiéndose ante la insistencia de la menor.
Zerimar no se alejó. Con una ternura infinita que terminó por desarmar cualquier rastro de molestia en el hombre, estiró su manita y comenzó a acariciarle suavemente el cabello, cuidándolo en silencio mientras esperaban la llegada de Seinec en medio de la fría noche.