Hace siete años, una noche de tormenta cambió su destino.
Isabella Rossi es una mujer brillante con múltiples identidades ocultas. Genio en tecnología, medicina y negocios, vive en las sombras protegiendo a sus dos gemelos prodigio… y ocultando un secreto que podría destruir su mundo.
Nunca creyó en el amor.
Nunca necesitó a un hombre.
Y mucho menos a un CEO arrogante.
Pero cuando Alexander De Luca —el empresario más poderoso y temido de la ciudad— reaparece en su vida, su pasado vuelve para reclamarla.
Él no sabe que es padre.
Ella no sabe si puede confiar.
Y los gemelos… ya empiezan a sospechar la verdad.
Entre secretos, traiciones, enemigos ocultos y una pasión imposible de ignorar, dos genios deberán decidir:
¿Proteger su corazón…
o rendirse al amor?
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Capítulo 2 — La gala donde chocaron dos destinos
El sonido de los tacones de Isabella resonaba suavemente en el mármol del vestíbulo.
Elegante.
Serena.
Inalcanzable.
Su vestido negro de corte sencillo pero exquisito se ajustaba a su figura con perfección. No necesitaba joyas exageradas; su presencia ya imponía.
Su cabello negro caía en ondas suaves sobre su espalda, y sus ojos verdes observaban todo con fría atención.
No había venido a socializar.
Había venido a observar.
La gala benéfica de innovación tecnológica reunía a las mentes más poderosas del país: empresarios, científicos, inversionistas y políticos.
Un terreno perfecto para negocios… y secretos.
Isabella avanzó con una copa de vino en la mano, escaneando el lugar con discreción.
Cámaras.
Guardias.
Rutas de salida.
Puntos ciegos.
Hábito automático.
—Mamá, ese hombre mintió.
Isabella bajó la mirada.
Ethan estaba a su lado, vestido con un pequeño traje azul oscuro. Su expresión era tranquila.
Elena, con un vestido color crema y un pequeño moño en el cabello, sostenía la mano de su madre.
—Ethan —susurró Isabella—. Voz baja.
—Dijo que donó cinco millones —continuó el niño—, pero según los registros públicos solo fueron dos.
Isabella suspiró.
—Luego hablamos de ética financiera.
Elena miraba fascinada los candelabros.
—Este lugar parece un palacio.
—Porque quieren que lo parezca —respondió Isabella—. El lujo distrae de la verdad.
En ese momento, un leve murmullo recorrió el salón.
Las miradas comenzaron a dirigirse hacia la entrada principal.
Isabella sintió el cambio de energía.
Y luego lo vio.
Alexander De Luca acababa de entrar.
Traje negro impecable.
Postura dominante.
Cabello rubio perfectamente arreglado.
Ojos azules fríos que parecían analizarlo todo.
No caminaba.
Avanzaba como alguien acostumbrado a que el mundo se apartara.
Los organizadores casi corrían a recibirlo.
—Señor De Luca, es un honor—
—Gracias.
Su voz grave era tranquila, pero autoritaria.
No sonreía.
No lo necesitaba.
Isabella solo le dio una mirada rápida.
Y algo en su pecho se tensó.
Una sensación extraña.
Familiar.
Sacudió el pensamiento.
Coincidencias existen.
Recuerdos engañan.
No era él.
No podía serlo.
Pero entonces…
Alexander giró la cabeza.
Sus ojos azules chocaron con los verdes de Isabella.
Silencio.
El mundo alrededor pareció apagarse por un segundo.
Una corriente eléctrica invisible cruzó el aire.
La reconocía.
No su rostro.
No su nombre.
Pero esa mirada…
Esa inteligencia afilada…
La misma que vio aquella noche en Suiza.
Isabella sostuvo la mirada solo un segundo más.
Luego apartó los ojos.
Indiferente.
Como si él fuera nadie.
Alexander frunció levemente el ceño.
Interesante.
Las mujeres solían mirarlo demasiado.
Intentar llamar su atención.
Sonreír.
Ella no.
Ella lo ignoró.
Eso, por alguna razón, lo irritó… y le intrigó.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó a su asistente.
El hombre miró rápidamente.
—No figura en la lista de empresarios conocidos.
—Investígala.
Mientras tanto, Ethan tiró suavemente del vestido de su madre.
—Mamá.
—¿Sí?
—Ese hombre nos está mirando.
Isabella no giró.
—Probablemente mira a alguien detrás.
—No —dijo el niño—. Nos analiza.
Elena inclinó la cabeza.
—Sus ojos son como los míos.
Isabella sintió un leve escalofrío.
Se obligó a mantener la calma.
—Vamos por postre —dijo con naturalidad.
Pero cuando giró…
Alexander ya estaba frente a ella.
Demasiado cerca.
Demasiado directo.
—Buenas noches —dijo él.
Su voz era profunda, firme.
Isabella lo miró con educación distante.
—Buenas noches.
—Alexander De Luca.
—Isabella Rossi.
No ofreció más.
No explicó quién era.
No preguntó quién era él.
Como si su nombre no significara nada.
Otra rareza.
Alexander miró brevemente a los niños.
Algo en su expresión cambió.
Confusión.
Interés.
Ethan sostuvo su mirada sin miedo.
Como un pequeño adulto.
Elena sonrió dulcemente.
—Hola.
Alexander sintió algo extraño en el pecho.
Una sensación… cálida.
Inusual.
—¿Sus hijos? —preguntó.
—Sí.
—Son muy inteligentes.
—Lo sé.
Respuesta corta.
Cortante.
Ella no buscaba aprobación.
Alexander estaba acostumbrado a controlar las conversaciones.
Con ella… no era tan sencillo.
—Espero que disfruten la gala.
—Solo estamos de paso.
Y con eso, Isabella tomó a sus hijos y se retiró.
Sin mirar atrás.
Alexander la siguió con la mirada.
Intrigado.
Su instinto rara vez fallaba.
Y su instinto gritaba que esa mujer ocultaba algo.
Algo grande.
Algo peligroso.
Algo… conectado a él.
En el auto de regreso a casa, Ethan habló primero.
—Mamá.
—Dime.
—Ese hombre es importante.
—Muchos lo son.
—No.
Importante para nosotros.
Isabella apretó ligeramente el volante.
—¿Por qué dices eso?
—Su ADN sería compatible con el nuestro.
Elena asintió.
—Se parecen.
Isabella sintió un latido fuerte en el pecho.
—Niños, basta de teorías.
Pero su mente ya estaba inquieta.
Mientras tanto, en su penthouse…
Alexander revisaba informes.
—Señor —dijo su asistente—, Isabella Rossi no aparece en bases de datos comunes.
Alexander sonrió levemente.
—Entonces búsquenla en las no comunes.
Miró por la ventana.
La ciudad brillaba bajo la noche.
—Porque una mujer que puede desaparecer…
seguramente tiene algo que esconder.
Sus ojos azules se oscurecieron.
—Y quiero saber qué es.
y más