Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
NovelToon tiene autorización de sterlina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El guardián del conocimiento.
Las campanas del Gran Templo resonaban con solemnidad mientras decenas de sacerdotes y magos recorrían los largos pasillos de mármol blanco.
Cinco años atrás, aquel lugar era conocido por inspirar miedo.
Ahora se había convertido en el mayor centro de investigación mágica del continente.
Los antiguos archivos prohibidos estaban abiertos para los estudiosos, los jóvenes con afinidad mágica recibían educación en lugar de persecución y los sanadores trabajaban junto a los médicos del Imperio buscando nuevas formas de salvar vidas.
Todo aquello había sido posible gracias al tratado firmado entre el Templo y la familia imperial después de la guerra.
En la sala principal de investigación, un hombre de cabello plateado permanecía de pie frente a una enorme mesa cubierta de mapas, pergaminos y antiguos manuscritos.
Serafis.
Con el paso de los años, su presencia se había vuelto aún más imponente.
Vestía las túnicas blancas del Gran Custodio del Templo, el rango más alto después del Sumo Pontífice.
Su expresión seguía siendo tan serena e inexpresiva como siempre.
Solo sus ojos revelaban que jamás había abandonado la búsqueda de los Heraldos.
—¿Alguna novedad? —preguntó uno de los investigadores.
Serafis negó lentamente.
—Todavía no.
El joven suspiró.
—Cinco años...
A veces pienso que desaparecieron para siempre.
Seraphis cerró el antiguo libro que estaba leyendo.
—No.
Los Heraldos no conocen el significado de la rendición.
Solo esperan el momento adecuado.
Toda la sala quedó en silencio.
Nadie se atrevía a discutir sus palabras.
Él había sido quien más tiempo dedicó a estudiar a aquellos seres.
Y también quien mejor comprendía el peligro que representaban.
Poco después abandonó la sala y caminó hacia los jardines interiores del Templo.
Allí encontró a Sofía supervisando la entrega de varios libros destinados a las nuevas academias imperiales.
—Llegas justo a tiempo.
Ella levantó un pesado volumen con ambas manos.
—Necesito que alguien más fuerte cargue esto.
Serafis tomó el libro con una sola mano.
—Pesa bastante.
—¿Lo ves?
—No.
Sofía lo miró con incredulidad.
—A veces olvido que eres incapaz de hacer un comentario normal.
Por un instante, el rostro de Serafis pareció relajarse.
No llegó a sonreír.
Pero Sofía ya era capaz de notar esos pequeños cambios que pasaban desapercibidos para todos los demás.
Caminaron juntos por los jardines mientras hablaban sobre las nuevas escuelas de magia.
—Sacha estará satisfecha cuando vea el progreso.
—Lo estará.
—Siempre termina teniendo razón.
Serafis guardó silencio unos segundos.
—Sí.
Ese simple "sí" bastó para que Sofía entendiera cuánto admiraba a su amiga.
Cuando llegaron al portón principal del Templo, un mensajero apareció montado a caballo.
Su uniforme pertenecía a una provincia del norte.
El hombre descendió apresuradamente.
Su respiración era agitada.
—Necesito hablar con el Gran Custodio.
Serafis dio un paso al frente.
—Habla.
El soldado tragó saliva.
—Tres personas desaparecieron hace dos semanas.
Pensamos que eran bandidos...
Pero ayer desaparecieron otras seis.
No encontramos cuerpos.
Ni sangre.
Ni huellas.
Solo...
El hombre dudó.
—Solo encontramos árboles completamente marchitos.
Por primera vez en años...
La expresión de Serafis cambió.
Tomó el informe sin decir una palabra.
Mientras lo leía, una presión invisible recorrió su cuerpo.
No era miedo.
Era certeza.
Después de cinco años...
Algo había comenzado a moverse otra vez.