Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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Capítulo 2: Un nuevo despertar
La lluvia caía suavemente sobre la tierra húmeda.
El sonido de las gotas golpeando las hojas era lo primero que escuchó.
Luego abrió los ojos.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Miró el cielo gris.
Las nubes.
La lluvia.
El movimiento de las ramas sobre su cabeza.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
No sabía dónde estaba.
Y, por alguna razón, tampoco sentía miedo.
Solo curiosidad.
Se incorporó lentamente.
Su ropa estaba mojada.
El barro cubría parte de sus zapatos.
Observó sus manos.
Las abrió y las cerró varias veces.
Aquellas manos le resultaban extrañas.
Como si fueran suyas y al mismo tiempo no.
Intentó recordar algo.
Cualquier cosa.
Un nombre.
Un rostro.
Un lugar.
Pero solo encontró silencio.
Vacío.
Nada.
—¿Quién soy? —preguntó.
La lluvia fue la única respuesta.
Comenzó a caminar.
Cada paso parecía una aventura.
Cada árbol llamaba su atención.
Cada sonido despertaba preguntas.
Un pájaro descendió sobre una rama cercana.
Arlen se quedó observándolo.
El animal inclinó la cabeza.
Arlen hizo lo mismo.
El pájaro volvió a inclinarla.
Arlen también.
Durante varios segundos permanecieron así.
Hasta que el ave salió volando.
—Creo que ganaste.
Y siguió caminando.
No sabía por qué había dicho eso.
Pero le pareció correcto.
Después de un rato llegó a una calle.
Entonces vio algo extraordinario.
Una bicicleta.
Una joven avanzaba sobre ella con total naturalidad.
Arlen quedó inmóvil.
Aquella máquina tenía dos ruedas.
Solo dos.
Y aun así no caía.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Cómo haces eso...?
La muchacha siguió avanzando.
Arlen comenzó a caminar detrás.
Intentando comprender el misterio.
Observaba las ruedas.
Los pedales.
La forma en que el cuerpo de la joven se inclinaba.
Nada tenía sentido.
Y precisamente por eso era fascinante.
Aceleró el paso.
Sin darse cuenta de algo importante.
Había dejado de mirar hacia adelante.
Solo observaba la bicicleta.
Nada más.
Hasta que...
¡PUM!
Se estrelló contra un arbusto.
Las ramas lo envolvieron por completo.
Un pájaro salió disparado desde el interior.
Las hojas comenzaron a caer sobre su cabeza.
Arlen permaneció atrapado unos segundos.
Confundido.
Finalmente logró sacar la cabeza.
Tenía una hoja pegada en el cabello.
Miró el arbusto.
—Eso fue inesperado.
Tocó una de las ramas.
—Perdón.
La joven de la bicicleta se había detenido unos metros más adelante.
Había visto todo.
Y estaba intentando no reírse.
Intentando.
Porque claramente no estaba funcionando.
—¿Te peleaste con la planta? —preguntó.
Arlen observó el arbusto.
Luego la miró a ella.
—Sí.
—¿Y quién ganó?
Arlen suspiró.
—La planta.
La muchacha soltó una carcajada.
Y por primera vez desde que despertó...
Arlen sonrió.
No sabía por qué.
Pero aquella risa le gustó.
Mucho.
—Soy Ailén —dijo ella.
Arlen tardó unos segundos en responder.
Porque acababa de descubrir algo nuevo.
La gente tenía nombres.
Y eso parecía importante.
—Yo...
Se quedó en silencio.
No tenía respuesta.
No recordaba la suya.
—No lo sé.
La sonrisa de la chica desapareció un poco.
—¿No sabés cómo te llamás?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
Ailén lo observó con atención.
Por primera vez notó que no estaba bromeando.
Aquel hombre parecía completamente perdido.
Pero no asustado.
Solo curioso.
Como un niño viendo el mundo por primera vez.
—Bueno... eso es raro.
—¿Raro es malo?
—No necesariamente.
—Entonces está bien.
Ailén volvió a reír.
Y sin darse cuenta comenzó a sentir algo extraño.
Confianza.
Porque aquel desconocido no parecía peligroso.
Parecía incapaz de mentir.
Como si todavía estuviera descubriendo qué era una mentira.
En ese momento un perro apareció corriendo por la vereda.
Pasó junto a ellos moviendo la cola.
Arlen quedó hipnotizado.
—¿Por qué hace eso?
—¿Qué cosa?
—La cola.
—Está contento.
Arlen observó al perro alejarse.
Pensó unos segundos.
—¿Y por qué no lo dice?
—¿Cómo que no lo dice?
—Si está contento, ¿por qué no habla?
Ailén lo miró.
Parpadeó.
Y volvió a reír.
Más fuerte que antes.
Mientras Arlen seguía observando al perro.
Completamente serio.
Intentando resolver uno de los mayores misterios que había encontrado desde que despertó.
Ailén observó al hombre durante unos segundos.
—Entonces... ¿de verdad no recordás nada?
Arlen bajó la mirada.
Intentó buscar una respuesta en algún rincón de su mente.
Pero solo encontró fragmentos borrosos.
Sensaciones.
Nada más.
—No lo sé —admitió—. Es como si me hubiera despertado hace poco.
—¿Y no sabés de dónde venís?
—No.
—¿Tenés familia?
Arlen negó con la cabeza.
—¿Amigos?
Volvió a negar.
Ailén frunció el ceño.
La situación era cada vez más extraña.
—Bueno... al menos deberías saber tu nombre.
Arlen permaneció en silencio.
Por alguna razón, aquella pregunta despertó algo.
Una palabra.
Pequeña.
Lejana.
Como un eco.
—Arlen.
Ailén levantó una ceja.
—¿Arlen?
—Creo que sí.
—¿Creés?
—Es lo único que puedo recordar.
Ailén sonrió.
—Bueno, es un comienzo.
Arlen repitió el nombre varias veces en voz baja.
—Arlen...
Sonaba correcto.
Como una llave encajando en una cerradura.
—Creo que me gusta.
—Generalmente la gente no elige si le gusta o no su nombre.
—¿No?
—No.
—Qué raro.
Ailén soltó una pequeña risa.
Cada respuesta de aquel hombre parecía generar tres preguntas nuevas.
—Escuchame, Arlen... creo que deberías ir a un hospital.
Él la miró confundido.
—¿Qué es un hospital?
La sonrisa desapareció del rostro de Ailén.
—¿No sabés lo que es un hospital?
—No.
—¿Un médico?
—Tampoco.
—¿Una ambulancia?
—¿Es algún animal?
Ailén se llevó una mano a la frente.
—No puedo creer esto.
Arlen la observó.
—¿Dije algo malo?
—No, pero estás logrando preocuparme.
—¿Preocupar es malo?
—Depende.
—Todo depende de algo.
—Bienvenido al mundo.
Por primera vez Arlen miró alrededor.
La calle.
Las casas.
Los árboles.
La gente que caminaba a lo lejos.
—¿Este es el mundo?
—Sí.
—Es mucho más grande de lo que imaginaba.
Ailén se quedó unos segundos en silencio.
No sabía por qué, pero aquella respuesta le produjo una sensación extraña.
Como si realmente estuviera escuchando a alguien que acababa de llegar.
Sacó el teléfono de su bolsillo.
Miró la hora.
Y abrió los ojos de golpe.
—¡No, no, no, no!
—¿Qué sucede?
—Llego tarde.
—¿Tarde a dónde?
—Al trabajo.
—¿Qué es un trabajo?
Ailén soltó una carcajada.
—Arlen, te juro que podrías volver loca a una persona.
—No es mi intención.
—Ya lo sé.
Guardó el teléfono.
—Trabajo en un supermercado.
—¿Qué es un supermercado?
Ailén se quedó inmóvil.
Luego señaló una dirección al final de la avenida.
—¿Ves ese edificio grande?
Arlen observó la distancia.
—Sí.
—Bueno, ahí trabajo.
—¿Y qué hacen ahí?
—Vendemos cosas.
—¿Qué cosas?
—Comida, bebidas, productos de limpieza...
Arlen parecía cada vez más intrigado.
—¿Y la gente las compra?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque las necesita.
—¿Y por qué no las toman simplemente?
Ailén comenzó a reír otra vez.
—Definitivamente necesitás un curso acelerado sobre cómo funciona la sociedad.
Arlen sonrió.
Le gustaba cuando ella reía.
Aunque todavía no entendía por qué.
—¿Vas a volver?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarlo.
Ailén pareció sorprendida.
—¿Volver?
—Sí.
—Bueno... salgo en unas horas.
Arlen asintió.
Como si aquello tuviera sentido.
Aunque no sabía cuánto era una hora.
Ni varias horas.
Ni siquiera sabía exactamente cómo funcionaba el tiempo.
—Entonces esperaré.
—¿Acá?
—Sí.
—Arlen, no podés quedarte parado en la misma esquina durante todo el día.
—¿Por qué?
—Porque sería rarísimo.
—Ah.
Reflexionó unos segundos.
—Entonces caminaré un poco.
—Eso suena mejor.
Ailén tomó la bicicleta.
—Y por favor...
—¿Sí?
—Intentá no pelearte con más arbustos.
Arlen miró al culpable de su derrota.
—No puedo prometer nada.
Ailén volvió a reír.
Subió a la bicicleta y comenzó a alejarse.
Arlen la observó hasta que desapareció al final de la calle.
Y por primera vez desde que despertó...
Sintió algo extraño.
No era tristeza.
No era alegría.
Era simplemente el deseo de volver a ver a alguien.
Y sin comprender qué significaba esa sensación, comenzó a caminar hacia la ciudad, listo para descubrir un mundo que todavía le parecía un enorme misterio.
Arlen continuó caminando por la ciudad.
La lluvia había desaparecido.
Poco a poco las nubes comenzaron a abrirse.
Entonces ocurrió algo nuevo.
Algo cálido tocó su rostro.
Se detuvo.
Levantó la cabeza.
El sol.
La luz descendía desde el cielo iluminando las calles.
Arlen cerró los ojos.
Sintió el calor sobre su piel.
No sabía por qué, pero aquello le transmitía una tranquilidad difícil de explicar.
Se quedó inmóvil durante varios minutos.
Simplemente sintiendo.
Escuchando.
Respirando.
Hasta que finalmente abrió los ojos.
—Ahora entiendo por qué les gusta tanto quedarse afuera.
Aunque en realidad no entendía nada.
Solo le gustaba.
Más tarde encontró una plaza.
Se sentó en un banco de madera.
Observó a las personas pasar.
Algunas caminaban rápido.
Otras parecían apuradas.
Algunas hablaban solas usando pequeños objetos rectangulares.
Eso le generó muchas preguntas.
Pero una en particular seguía dando vueltas en su cabeza.
—Supermercado...
Recordó el edificio que Ailén le había señalado.
Y la curiosidad ganó la batalla.
Se puso de pie.
—Voy a descubrir qué es.
Media hora después llegó al enorme edificio.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Las puertas de vidrio se abrían solas.
Arlen retrocedió.
Las puertas se cerraron.
Avanzó.
Las puertas volvieron a abrirse.
Retrocedió otra vez.
Se cerraron.
Repitió la operación tres veces.
—Interesante.
Finalmente logró reunir el valor para acercarse.
Junto a la entrada había un guardia de seguridad.
Arlen se aproximó con total seriedad.
—Disculpe.
—¿Sí?
—¿Se puede entrar?
El guardia parpadeó.
—Claro.
—¿Sin invitación?
—Sí.
—¿Y sin ser noble?
—...Sí.
—¿Seguro?
—Muy seguro.
Arlen sonrió.
—Qué lugar tan amable.
Y entró.
El interior parecía otro mundo.
Pasillos interminables.
Luces brillantes.
Objetos perfectamente acomodados.
Comida.
Bebidas.
Herramientas.
Productos cuyos usos ni siquiera podía imaginar.
Tomó una caja de arroz.
La observó.
Luego tomó otra.
Y otra.
—Tienen muchísimas.
Siguió avanzando.
Cada pasillo era una aventura.
En uno encontró decenas de botellas idénticas.
En otro cientos de paquetes de galletitas.
En otro una montaña de frutas.
—¿Todo esto está disponible para cualquiera?
preguntó maravillado.
Nadie respondió.
Pero aun así parecía imposible.
En la época que él recordaba vagamente, conseguir ciertas cosas requería semanas de trabajo.
Aquí simplemente estaban esperando en una estantería.
Entonces vio algo extraordinario.
Una torre.
Una enorme torre.
Construida con latas de lentejas.
Perfectamente alineadas.
Simétrica.
Equilibrada.
Imponente.
Arlen quedó inmóvil.
Completamente fascinado.
Un joven empleado acomodaba las últimas latas.
Con movimientos precisos.
Casi artísticos.
Arlen se acercó lentamente.
—Es magnífica.
El muchacho levantó la vista.
—¿Eh?
—La torre.
—Ah... gracias.
Arlen la observó desde distintos ángulos.
—Debió tomarle mucho tiempo.
—Un rato.
—Se nota que es usted un hombre importante.
El empleado pestañeó.
—¿Perdón?
—Una construcción así requiere habilidad.
El muchacho no sabía qué responder.
—Supongo...
Arlen asintió admirado.
—Debe ganar muchísimo dinero.
El empleado quedó completamente confundido.
—¿Qué?
—Por construir semejantes torres.
El joven comenzó a pensar que se estaban burlando de él.
Justo cuando intentaba encontrar una respuesta apareció una voz conocida.
—Perdón por él.
Arlen giró inmediatamente.
Y sonrió.
—Ailén.
Ella estaba sosteniendo una caja mientras intentaba contener la risa.
—Tomás, te juro que no lo hace a propósito.
—¿Lo conocés?
—Más o menos.
—¿Siempre habla así?
—Todavía estoy investigándolo.
Tomás observó a ambos.
—Bueno... mientras no tire mi torre.
—Jamás haría algo así —dijo Arlen con absoluta seriedad—. Es una obra impresionante.
Tomás terminó riéndose.
—Gracias... creo.
Y se alejó moviendo la cabeza.
Ailén apoyó la caja sobre una estantería.
—¿Qué hacés acá?
Arlen observó el supermercado.
Luego a las personas.
Luego a ella.
Y finalmente sonrió.
Una sonrisa sincera.
Simple.
Casi infantil.
—Quiero ver cómo es tu mundo.
Ailén se quedó callada unos segundos.
Aquella respuesta la tomó por sorpresa.
Porque no parecía una frase preparada.
Ni una forma de coquetear.
Simplemente era la verdad.
Arlen estaba descubriendo todo por primera vez.
Y quería entenderlo.
—¿Y qué te parece hasta ahora?
Arlen miró nuevamente los pasillos.
Las luces.
La gente.
Las torres de lentejas.
Las puertas mágicas que se abrían solas.
—Es extraño.
—¿Eso es bueno o malo?
—Muy bueno.
Ailén sonrió.
—Bueno, al menos no te aburriste.
—¿Aburrirme?
—Sí.
—No creo que eso sea posible aquí.
Los dos comenzaron a caminar entre los pasillos.
Y por primera vez desde que despertó aquella mañana...
Arlen sintió que ya no estaba completamente solo.
Sin saberlo, acababa de encontrar algo mucho más importante que las respuestas.
Había encontrado compañía.
Y para alguien que no recordaba su pasado...
eso era suficiente por ahora.