Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 11
Héctor Rojas vino con una cara de tío preocupado y una deuda de cien millones escondida en la garganta.
—Somos familia, Valenn. Si un pariente está en problemas, se lo ayuda. No te olvides de que, si no fuera por nosotros, vos jamás habrías entrado en la familia Alcorta.
Valenntina lo miró como si acabara de escuchar un chiste malo.
—¿Problemas en un proyecto? Dejate de joder, tío. Perdiste una fortuna apostando en otra provincia, sacaste plata de la empresa para tapar el agujero y ahora no podés pagar los créditos. Cuando los Alcorta arreglaron el compromiso, te dieron una buena suma. Después te enteraste de que Dante estaba loco, quisiste bajarte, te dio miedo ofenderlos y me empujaste a mí como reemplazo. ¿Me equivoco?
Héctor se quedó blanco.
—¿Cómo sabés eso?
—Tus mugres no son tan difíciles de encontrar. Yo no pensaba reclamarte la plata que cobraste por venderme como esposa porque tu negocio ya se estaba hundiendo solo. Pero aparecés acá, me ves instalada en una mansión y encima me pedís cien millones. ¿De dónde sacás tanta cara?
—¡Soy tu tío! —se indignó él—. El único familiar que te queda. Podrás quejarte, pero gracias a mí hoy vivís como señora de una de las familias más poderosas del país.
Valenntina sonrió sin alegría.
—Justamente porque sos hermano de mi papá te estoy escuchando. Si de acá en más se quedan quietos y no me molestan, no voy a ir a buscarlos. Pero si siguen viniendo a jugar conmigo, bancate lo que venga.
Héctor no esperaba esa voz. La chica que días atrás parecía mansa y perdida ahora lo estaba mirando como si pudiera abrirlo al medio.
Pero él no había venido sin cartas.
—Bien. Creciste y te olvidaste de tu tío. Veremos si también te olvidaste de tu padre.
Los ojos de Valenntina cambiaron.
—¿Qué querés decir?
—Tus viejos murieron en un accidente. ¿Nunca te dio curiosidad saber cómo pasó en realidad?
Su papá viajaba todo el tiempo por trabajo. La víspera de su cumpleaños número diez volvió a Rosario. Su mamá pidió licencia para ir a buscarlo al aeropuerto. A mitad de camino, un camión los aplastó. Ella, todavía una nena, solo recordó funerales, llanto y la casa vacía.
—¿Estás diciendo que no fue un accidente?
Héctor bajó la voz, teatral.
—Yo llegué a hacerme cargo de todo. No tenían a nadie más. Vi cosas raras, investigué un poco y encontré pistas.
—¿Qué pistas?
Él sonrió.
—Ahí ves para qué sirve la familia. Yo necesito plata. Vos querés saber qué pasó con tu papá. Me ayudás, te ayudo. Un intercambio justo.
Valenntina cerró los ojos.
Amenazarla con sus padres.
De todas las maneras posibles, había elegido la peor.
—Andate —dijo—. No quiero pegarte.
—¿No querés saber? Qué hija tan buena. Por no largar unos pesos, dejás a tus padres sin justicia. Si no me das cien millones, voy a mover sus tumbas como heredero varón de los Rojas. Así ni siquiera vas a poder ir a llorarles.
El golpe partió la mesa baja de mármol.
El living entero se quedó sin aire.
Valenntina retiró el puño, intacto.
—Ese golpe iba a tu cabeza, pero me dio asco ensuciarme. Si me hubieras contado lo de mis padres de frente, habría considerado que todavía quedaba algo de sangre entre nosotros. Cien millones para mí no son nada. Pero vos lo usaste como carnada. La familia envuelta en cálculo y amenaza no me interesa.
Héctor cayó sentado al piso.
—¿Qué vas a hacer?
—La verdad de mis padres la voy a encontrar sin vos. Y tu empresa, si no recuerdo mal, tiene varios socios. No es tu kiosco. Sacar fondos para pagar deudas de juego es delito. Me pregunto cuántos años te darán.
Héctor se arrastró de rodillas.
—Valenn, me equivoqué. Estaba desesperado. Te digo todo ahora. Lo de las tumbas era para asustarte, jamás tocaría a mi hermano...
—No hace falta. Salí. Y que no vuelva a verte.
Héctor entró inflado y se fue doblado.
Graciela y Camila no tuvieron mejor suerte.
Camila había irritado a Dante con sus mentiras. Cuando seguridad estaba por sacarla, Graciela llegó con Patricia, vio a su hija forcejeando y empezó a gritar sin siquiera mirar si Valenntina estaba presente.
Dante perdió la poca paciencia que le quedaba.
Mandó a sacar a madre e hija cargadas y prohibió que volvieran a pisar la mansión Alcorta.
Graciela, roja de vergüenza, todavía buscó ayuda en Patricia.
Patricia ni se acercó.
—Creí que al menos servían para darle un dolor de cabeza a esa chica. Ni eso. Me hicieron perder la mañana.
Cuando los Rojas desaparecieron, la casa por fin respiró.
Dante vio a Valenntina bajar las escaleras.
—Tu prima no tiene remedio. No deberías volver a verla. ¿Te molesta que los haya echado?
—Muchísimo —dijo ella, seria.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque fue demasiado fácil. Yo primero habría cerrado las puertas, soltado perros y recién después los tiraba afuera.
Dante sonrió.
—Entonces vamos a comprar perros.
Valenntina soltó una risa. La bronca que Héctor había dejado en el aire se quebró un poco.
—¿Qué más dijo Camila? ¿Que ella era tu verdadera prometida y yo una impostora?
Dante recordó que esa mujer se había sentado en el sofá del living.
—Marta.
El ama de llaves apareció.
—Tiren ese sofá.
—¿Señor?
—Tírenlo.
Después miró a Valenntina, ya sin burla.
—Me alegro de que hayas sido vos quien se casó conmigo. Gracias por no despreciar a este loco.
—No te agrandes. A veces yo estoy más loca que vos.
Subió a buscar el bolso.
—¿No dijiste que hoy no salías? —preguntó Dante.
—Surgió algo. Además, si me quedo, ¿cómo vas a trabajar a escondidas?
Él se quedó quieto.
—¿Cómo te diste cuenta?
—Antes de irme, tu notebook tenía noventa por ciento de batería. Cuando volví, cien. Alguien la usó enchufada durante bastante rato. Y cuando te tomé el pulso estabas más cansado.
Dante bajó la mirada.
—Perdón.
—Mentirle al médico es de mal paciente. Como ya estás bastante mejor, te autorizo dos horas. Dos. Ni un minuto más.
—Sí, señora.
La palabra salió sola. Señora. Su esposa.
Cuando Valenntina se fue, Dante llamó a Andrés.
—Investigá el pasado de mi esposa. Todo. Sobre todo esos diez años en que estuvo desaparecida.
No era simple curiosidad. Había visto sus pesadillas. Quería saber qué le habían hecho.
Valenntina salió en un auto de la casa, bajó en una esquina discreta y caminó hasta un estacionamiento. Allí la esperaba un sedán blanco, común a primera vista. Las camionetas de los Alcorta llamaban demasiado la atención; ella había pedido algo menos visible.
Tocó el broche en forma de flor.
—Lobo Blanco, recibí el auto.
—¿Le sirve?
—Está bien. Necesito todo sobre el accidente de la autopista al aeropuerto de Rosario, hace diez años. Vehículos, pericias, personas relacionadas, vínculos. En dos horas.
—Entendido.
Manejó rápido. Llegó a Rosario antes de que venciera el plazo.
El informe ya estaba en la computadora del auto.
La versión oficial decía conductor borracho, exceso de velocidad, choque frontal con un camión. Pero entre los archivos ocultos había otra cosa: el auto de sus padres tenía una falla provocada en la dirección. No pudieron esquivar.
Y poco después de la muerte de su madre, el Sanatorio Santa María, donde ella trabajaba, anunció una investigación por mala praxis. La responsable señalada había sido la doctora Clara Rojas, su madre.
Demasiadas coincidencias.
Valenntina fue primero al cementerio. Después al antiguo trabajo de su padre. No encontró nada que rompiera la superficie.
Al día siguiente estacionó frente al Sanatorio Santa María.
Ahí empezaba la otra mitad de la mentira.