En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Vino dulce
El yate cortaba las olas con un ronroneo constante mientras la ciudad de neón se alejaba en el horizonte. La adrenalina de la gala aún vibraba en el aire, pero dentro de la suite privada, la atmósfera era espesa, cargada de un magnetismo que hacía que las paredes de madera noble parecieran estrecharse.
Dará se había despojado del vestido carmesí,
vistiendo ahora solo una bata de seda negra que se abría peligrosamente al caminar. Se sirvió una copa de un vino tinto tan oscuro que parecía sangre bajo la luz tenue de las lámparas de cristal. Se sentó en el diván central, cruzando sus largas piernas con esa elegancia depredadora que siempre la caracterizaba.
Fah permanecía de pie, todavía con el traje de tres piezas. Se sentía fuera de lugar en medio de tanto lujo, pero sus ojos estaban fijos en el movimiento de la garganta de Dará cada vez que tomaba un sorbo.
—Te quedas ahí como si fueras una estatua de mármol,
Fah —dijo Dará, su voz volviéndose un murmullo aterciopelado—. ¿Por qué no bebes? He servido una copa para ti.
Fah bajó la mirada hacia la mesa de centro, donde una segunda copa esperaba intacta. Tragó saliva, sintiendo su boca seca.
—No... no estoy segura de cómo hacerlo —confesó Fah con un hilo de voz—. Nunca he probado algo así. Tengo miedo de arruinar el momento, de no saber saborearlo como tú.
Dará soltó una risa suave, una vibración que Fah sintió directamente en el pecho. Dejó su propia copa a medio terminar y le hizo una seña imperceptible para que se acercara. Cuando Fah estuvo lo suficientemente cerca, Dará la tomó por la corbata, tirando de ella hacia abajo hasta que sus rostros quedaron a milímetros.
—Entonces deja que tu dueña te enseñe —susurró Dará contra sus labios.
Dará tomó un sorbo generoso de su vino, pero no lo tragó. Con una mano firme en la nuca de Fah, la atrajo hacia sí y selló sus labios con los de ella en un beso profundo y dominante. El sabor del vino, intenso,
amargo y dulce a la vez, fluyó de la boca de Dará a la de Fah, embriagándola más que el propio alcohol.
En medio de la intensidad del beso, un poco del líquido carmín se escapó por la comisura de sus labios. La gota roja descendió por el cuello de Fah, deslizándose lentamente hasta quedar atrapada en el hueco de su clavícula, manchando la blancura de su camisa de seda.
Dará se separó solo unos centímetros, observando el rastro del vino sobre la piel de Fah con una mirada oscurecida por el deseo y la posesión.
—Mira lo que has hecho, mascota —dijo Dará, su voz cargada de una sensualidad peligrosa—. Has derramado el tesoro de la Reina.
Dará bajó la cabeza y, con una lentitud tortuosa, comenzó a lamer la gota de vino directamente de la clavícula de Fah. La joven soltó un jadeo entrecortado, cerrando los ojos mientras sus manos buscaban apoyo en los hombros de Dará. En ese momento, Fah entendió que no importaba cuántas batallas ganara o cuántos trajes caros vistiera: su lugar siempre sería ese, rindiendo culto a la mujer que la había reclamado como suya.
—Dulce... —murmuró Dará, levantando la vista para ver el rostro encendido de Fah—. Mañana volveremos a ser acero y sombra. Pero esta noche, solo eres mía.