Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 21: Un Legado de Sirenas
Había pasado un año desde la derrota de Pelagios y el renacimiento de la magia. Mirthalia ya no era solo una ciudad; se había convertido en un faro de cultura y maravilla. Los arrecifes florecían con una intensidad que recordaba a las leyendas de la creación, y la paz, aunque todavía joven, había echado raíces profundas en el suelo fértil de la cooperación.
Selene se encontraba en el balcón del palacio, observando los preparativos para el Festival de la Unión. Era un día en el que sirenas y humanos celebraban el equilibrio recuperado. Había música —una mezcla de arpas marinas y flautas humanas— que creaba una melodía etérea que se escuchaba tanto bajo el agua como en la superficie.
—Pareces preocupada —dijo Coralia, acercándose con su acostumbrada elegancia marcial. Su uniforme de capitana de la guardia ahora lucía emblemas de paz—. ¿Todavía piensas en el pasado?
Selene sonrió de lado, ajustándose una túnica hecha de seda de medusa.
—A veces, Coralia. A veces me pregunto si mi madre estaría orgullosa de lo que hemos hecho. He desmantelado casi todas las estructuras de poder que ella defendió. No hay una corte real, no hay jerarquías de sangre. Somos una comunidad.
—Tu madre te dio el poder para que salvaras a nuestro pueblo, Selene —respondió Coralia con seriedad—. Y lo hiciste. No lo salvaste para que siguiera igual, sino para que pudiera evolucionar. Lo que ves allá afuera... —señaló a los niños sirenos jugando con niños humanos en las aguas someras— es el legado que ella nunca pudo imaginar. El amor ha ganado a la venganza.
Ariel y Ondina se unieron a ellas. Ariel llevaba un mapa de nuevas rutas comerciales y científicas, y Ondina traía consigo frascos de elixires que brillaban con luz propia.
—¡Es hora, Selene! —exclamó Ariel con entusiasmo—. Todo el mundo está esperando tu discurso. Marinus ya está en el podio de la superficie.
Selene respiró hondo. El camino no había sido fácil. Había habido escépticos en ambos bandos, momentos de tensión donde un malentendido casi provoca un desastre, pero la persistencia de su amor por Marinus y su fe en su pueblo los habían mantenido a flote.
Se sumergió y nadó hacia la estructura de cristal que conectaba el palacio con la superficie. Al emerger en la plataforma, la multitud estalló en aplausos. Vio caras conocidas: Sebastián, que ahora enseñaba tácticas de defensa a jóvenes de ambos mundos; Delphine, que sonreía desde las sombras con una sabiduría eterna; y, sobre todo, vio a Marinus.
Él la esperaba con una sonrisa que iluminaba su rostro. Llevaba una túnica sencilla, pero su porte era el de un rey, aunque él siempre rechazaba el título. Para él, ser el compañero de Selene era el único honor que necesitaba.
—Estás radiante —susurró Marinus cuando ella llegó a su lado.
—Estamos aquí, Marinus —respondió ella, apretando su mano—. Lo logramos.
Selene se dirigió a la multitud. Sus palabras no fueron las de una gobernante dictando leyes, sino las de una guía compartiendo una visión.
—Hace un año, este lugar era un campo de batalla —comenzó su voz, clara y firme—. Hoy, es un hogar compartido. Aprendimos que la venganza es un veneno que consume a quien lo guarda, y que el amor no es una debilidad, sino la magia más poderosa que existe. Mirthalia ya no es un lugar oculto. Es un puente.
Mientras hablaba, Selene canalizó una pequeña parte de su esencia. Del agua brotaron miles de pequeñas burbujas que contenían imágenes de la historia de ambos mundos, recordatorios de lo que habían superado y promesas de lo que podían lograr.
—Mi legado no será una corona de oro —continuó Selene—. Mi legado será cada vida que prospera en paz, cada descubrimiento que hacemos juntos, y la libertad de amar a quien elijamos, sin importar de qué mundo venga.
La fiesta duró hasta que las estrellas cubrieron el cielo. Selene y Marinus bailaron en la cubierta de un barco que había sido transformado en un salón de baile flotante. Por primera vez, Selene no sentía el peso de la profecía o la carga de la sangre. Se sentía ligera, libre.
—¿En qué piensas? —preguntó Marinus mientras se mecían al ritmo de una balada lenta.
—Pienso en que, por fin, la canción de mi madre ha cambiado de tono —dijo Selene, mirando hacia el horizonte—. Ya no es una canción de pérdida. Es una canción de esperanza.
—Tú eres esa canción, Selene —Marinus la besó bajo la luz de la luna—. Y yo pasaré el resto de mi vida escuchándola.
Mirthalia florecía. Los jardines de coral eran ahora más extensos y vibrantes que nunca, y en las ciudades humanas, las leyendas de sirenas peligrosas habían sido reemplazadas por historias de sabiduría y belleza. Selene se había convertido en la líder que siempre debió ser: una que no gobernaba desde un trono, sino desde el corazón de su pueblo. Y mientras miraba hacia el horizonte, supo que el amor que habían cultivado sería el escudo más fuerte contra cualquier sombra que el futuro pudiera intentar traer.