Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
NovelToon tiene autorización de maite lucía para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
El rugido del motor del auto se disolvió en el silencio opresivo de la noche. Francis bajó del vehículo con un temblor en las manos y en el alma que no podía controlar. La imagen de Alejandra, destrozada, suplicándole explicaciones que él no podía darle, se repetía una y otra vez en su mente, como un eco cruel.
Sus ojos, antes llenos de vida y esperanza al lado de ella, ahora eran pozos de desolación, enrojecidos por lágrimas contenidas que amenazaban con desbordarse en cualquier momento.
El corazón le latía desbocado, como un pájaro herido que lucha por escapar de su jaula, pero solo consigue golpearse contra los barrotes. Cada paso que daba hacia la imponente fachada de su mansión, una prisión dorada que parecía burlarse de su sufrimiento, era una tortura.
Antes de llegar a ese infierno personal, Francis había buscado refugio en su oficina. No en la mansión, sino en el bullicioso centro financiero, donde las luces de la ciudad parecían juzgarlo. Necesitaba un escape, una voz amiga que lo ayudara a navegar por el laberinto de su culpa y desesperación. Descolgó el teléfono, con las manos temblorosas, y marcó el número de la única persona en la que confiaba ciegamente: Tomás, su mejor amigo y confidente.
—Tomás, necesito verte. Ahora —la voz de Francis era un hilo de sonido, rasposa y ahogada.
Minutos después, Tomás entraba en el despacho. Su mirada, llena de preocupación, se posó en Francis, quien estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba, con el rostro hundido entre las manos. Una botella de whisky a medio vaciar y un vaso con el contenido ámbar lo acompañaban.
—Francis, amigo... ¿qué pasó? Te ves terrible —dijo Tomás, acercándose.
Francis levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre. —Lo arruiné todo, Tomás. Todo. Alejandra... ella se enteró. Isabel se encargó de que se enterara.
Tomás suspiró, la frustración mezclada con la pena en su rostro. —Te lo dije, Francis. Te lo advertí un millón de veces. Tenías que decirle la verdad a Alejandra. Ella merecía saberlo desde el principio. Merecía una oportunidad de elegir.
—No podía, Tomás. No me correspondía. No podía destruir su vida de esa manera —balbuceó Francis, tomando un trago largo de whisky que le quemó la garganta.
—¿Y crees que esto no la destruyó? —Tomás replicó con voz firme, pero suave. —Llevaban más de un año saliendo, Francis. Un año. Ella estaba enamorada de ti. Tenía derecho a saber que el hombre que amaba estaba casado. Que su relación era una farsa porque tu no fuiste capaz de hablarle... de Isabel.
Francis golpeó la mesa con el puño. —¡No es una farsa para mí! Lo que siento por Alejandra es real, Tomás, ¡más real que cualquier cosa que haya sentido en esta vida de mierda!
—Lo sé, Francis. Lo sé. Y por eso te insistí. Por eso te dije que hablaras con ella, que le explicaras tu situación. Que, aunque tu matrimonio con Isabel fuera una fachada, Alejandra tenía que entenderlo de tu boca, no de la de ella. ¡De esa víbora! —Tomás se interrumpió, controlando su temperamento. —Incluso Lucía, mi propia novia, me está mirando raro. Me dice que si yo también guardo secretos. Que espera que no termine como tú. ¡Ella cree que yo también estoy involucrado en tus mentiras, Francis!
Francis miró a su amigo, la culpa profundizándose. —Lo siento, Tomás. Nunca quise ponerte en esta situación.
—No te disculpes conmigo, Francis. Discúlpate con Alejandra. Es a ella a quien has herido. Y ahora, ¿qué vas a hacer?
Francis negó con la cabeza, sin palabras. El alcohol no aplacaba su dolor, solo lo adormecía temporalmente. Tomás, al ver la derrota en los ojos de su amigo, decidió que ya no podía hacer más esa noche. Se despidió, no sin antes darle un último consejo: —Lucha por lo que sientes, Francis. Pero hazlo con la verdad, no con más mentiras.
Después de dejar a Francis en su oficina, Tomás se dirigió a casa, donde Lucía lo esperaba con una mezcla de preocupación y reproche en sus ojos. Apenas cruzó el umbral, Lucía lo recibió con un abrazo apretado, pero su mirada se posó en él con una seriedad inusual.
—Tomás, ¿Qué pasa con Francis como se atrevió a mentir a mi amiga? —preguntó Lucía con voz baja. —Alejandra está destrozada. Estuve con ella hace unas horas, llorando sin consuelo. No puedo creer lo que le ha hecho ese hombre. Él le mintió, le ocultó que estaba casado... ¿Cómo pudo hacer algo así?
Tomás la abrazó con fuerza, sintiendo la tensión en el cuerpo de Lucía. —Mi amor, yo también estoy muy molesto con Francis. Le insistí una y otra vez que le contara la verdad a Alejandra. Sabes que siempre he sido honesto contigo.
—Lo sé, mi amor. Pero es que... no puedo entenderlo. Francis siempre me pareció un hombre decente. Y ahora esto... me hace dudar de todo. Espero que tú no seas así, Tomás. Espero que no me estés ocultando nada —Lucía lo miró a los ojos, una pizca de desconfianza asomando.
Tomás le acarició suavemente el rostro, con una ternura que intentaba disipar cualquier sombra de duda. —Mi vida, sabes que mi amor por ti es puro y sincero. No tengo secretos contigo. Te amo más que a nada en este mundo, y nunca te haría daño como Francis se lo ha hecho a Alejandra —Sus ojos la miraron con una intensidad que traspasaba el alma, una promesa silenciosa de lealtad y amor incondicional. Luego, con una sonrisa tranquilizadora, la besó suavemente, transmitiéndole toda la seguridad que ella necesitaba. —Francis cometió un grave error, y lo está pagando muy caro. Pero eso no tiene nada que ver con nosotros, con lo nuestro. Nuestro amor es diferente, fuerte, construido sobre la verdad. —Lucía, aunque aún preocupada por su amiga, se relajó en sus brazos, sintiendo la calidez de su amor y la sinceridad en sus palabras.
****************
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en esa enorme casa lujosa, fría y silenciosa que parecía más una fortaleza que un hogar, Isabel movía los hilos con la frialdad de una araña experta tejiendo su red, ajena y, al mismo tiempo, consciente del rastro de destrucción que dejaba a su paso.
Esa noche, Francis llegó tarde. Las huellas de su encuentro con Tomás, el whisky, la desesperación, todo se aferraba a él. Venía con el alma destrozada, los ojos rojos de tanto llorar en silencio y el corazón hecho pedazos.
Entró a la casa sin siquiera saludar, ignorándola por completo, dirigiéndose directamente a su despacho para encerrarse allí y beber hasta perder la conciencia. El aire en la mansión parecía helarse a su paso. Cada sombra le recordaba la miseria de su existencia.
Pero Isabel no era una mujer que se dejara ignorar. Había estado esperándolo. Sentada en el enorme salón, una figura imponente en la penumbra, con una copa de vino tinto en la mano. La luz tenue de una lámpara de pie iluminaba su rostro hermoso, cincelado con rasgos duros como el mármol, una máscara de indiferencia que ocultaba su calculado enojo.
Sus ojos, azules y penetrantes, lo siguieron desde el momento en que cruzó la puerta principal. El cristal de su copa tintineó ligeramente mientras lo observaba, una sonrisa apenas perceptible, fría como el hielo, asomando en sus labios pintados de rojo oscuro.
—¿Dónde andabas? —preguntó ella con voz suave, la calma en su tono era más amenazante que cualquier grito—. ¿Fuiste a llorar a los pies de tu querida amante? ¿Fuiste a pedirle perdón como el perro faldero que eres, después de que yo le diera el empujón que necesitaba para que se largara de nuestras vidas?
Francis se detuvo en seco. La sangre le hirvió en las venas. Se volteó lentamente, la rabia y el cansancio luchando por el control de su cuerpo. La miró con un odio que nunca antes había sentido, un abismo de resentimiento que había estado gestándose durante años y que ahora se desbordaba.
—No me hables, Isabel —le espetó con la voz ronca, cargada de veneno que apenas pudo contener—. No me dirijas la palabra. Tú eres la culpable de todo esto. Tú me obligaste a vivir esta mentira, tú me destruiste la vida. Lo arruinaste todo con tu obsesión por el control, por mantener esta farsa.
—¿Yo? —ella soltó una risa corta, seca y burlona, que rebotó en las paredes del salón, desprovista de cualquier alegría. Se puso de pie, con una elegancia depredadora, y comenzó a caminar hacia él lentamente, con pasos de una pantera, cada movimiento calculado para intimidar—. ¿Yo soy la culpable, Francis? Por favor, no me hagas reír. Tú fuiste el que aceptó el trato. Tú fuiste el que, con tus propias manos, firmaste el contrato con el diablo a cambio de poder, el dinero y el nombre de mi familia. Y ahora quieres jugar a ser el romántico enamorado, el mártir, con una cualquiera que se cruzó en tu camino, una insignificante que no tiene nada que ofrecerte más allá de su carita bonita.
—Ella no es una cualquiera —gritó él, su voz resonando con furia, golpeando la pared con el puño con tanta fuerza que los cuadros antiguos temblaron, el cristal de una vitrina vibró levemente. La furia desatada era un torrente que lo arrastraba—. Ella es lo único bueno que he tenido en mi vida miserable. ¡Ella es la única luz en este infierno que tú familia ha creado para mí! Y tú la espantaste. Tú la humillaste. ¡La destruiste con tus malditas mentiras y tu crueldad!
—Y lo volvería a hacer mil veces más, Francis, si fuera necesario —dijo ella, acercándose tanto que podía sentir el aliento helado de Isabel en su rostro, una sensación de ahogo—. Porque tú eres mío, Francis. ¡Mío! Me perteneces. Te ayude cuando estabas en el piso, te levanté del polvo, te di un apellido, un estatus, y ahora eres alguien gracias a mí. ¡No eras nada antes de mí! Y no voy a permitir que una niña sin dinero, sin apellido, sin importancia alguna, venga a quitarme lo que es mío por derecho y por inversión.
Francis la miró con absoluto desprecio, la bilis subiéndole por la garganta. —Yo no soy una cosa que se compra y se vende —escupió él, cada palabra cargada de asco, su mirada ardiendo con fuego puro. —¡No soy un objeto en tu colección! Soy un hombre, con sentimientos, con un alma que tú has intentado asfixiar durante años. ¡Esta empresa es mía tanto como tuya! He dedicado cada gota de mi sudor, cada hora de mi vida, cada idea, cada sacrificio. ¡Yo la levanté contigo, Isabel! No me pusiste aquí por caridad, me pusiste porque era bueno, porque era ambicioso, ¡porque era útil para tus planes! No hables como si fuera un don que me hiciste, ¡es mi trabajo, mi esfuerzo!
Isabel, por un instante, se tensó, una chispa de sorpresa brillando en sus ojos, pero rápidamente se recompuso, su expresión volviendo a ser la de una máscara de hielo. —Pues ya es demasiado tarde para darte cuenta de eso, cariño —dijo ella, una sonrisa sardónica jugando en sus labios. Levantó la mano y, con una crueldad calculada, le acarició la cara con los dedos, pero su toque era frío y áspero, una caricia de serpiente—. Escúchame bien y que te entre en esa cabeza dura que tienes: esa chica se fue, y mejor para ella. Considera que fue un acto de misericordia de mi parte, aunque no lo parezca. Pero si alguna vez, y escúchame bien, Francis, si alguna vez se te ocurre volver a buscarla, si alguna vez intentas verla o hablarle, si tan solo la miras en la calle, juro por Dios y por todo lo que tengo que la destruyo. La voy a hundir de tal manera que se arrepienta de haber nacido. No solo a ella, sino a toda su familia. Voy a hacerles la vida imposible, los voy a despojar de todo lo que tienen, los voy a dejar en la calle, mendigando. ¿Entiendes, Francis? ¿Entiendes el alcance de mi promesa?
Francis sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda, helándole hasta los huesos. Conocía a Isabel, sabía que era capaz de todo, que tenía el poder, la influencia y la crueldad para hacer realidad cada una de sus amenazas. Su voz había sido un susurro mortal, cargado de una determinación que lo dejó sin aliento. Se sintió atrapado, acorralado, un animal en una jaula sin salida.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó él derrotado, sintiéndose el hombre más débil, el más prisionero del mundo. Sus hombros se hundieron, el fuego en sus ojos se extinguió, reemplazado por la desesperanza.
—Quiero que te comportes como un hombre de verdad, Francis. Como el presidente de esta empresa que se supone que eres —dijo ella, enderezándose con una arrogancia majestuosa, arreglándose la ropa de seda con un gesto de desdén—. Quiero que olvides esa tontería de amoríos baratos, de pasiones que no llevan a nada. Y quiero que empecemos a pensar en el futuro. La familia está creciendo, la marca tiene que expandirse, hay negocios multimillonarios que cerrar, una imagen impecable que mantener ante la sociedad. Y tú y yo, Francis, vamos a hacer lo que siempre hemos hecho, lo que mejor se nos da: fingir. Fingir que somos la pareja perfecta ante el mundo, el ejemplo de éxito y amor, para que nadie, absolutamente nadie, sospeche de la miseria que somos realmente.
—Yo no puedo más, Isabel... yo la amo... —susurró él con la voz quebrada, las lágrimas empañando sus ojos, un ruego ahogado que Isabel no escucharía.
—Pues aprende a vivir con ese dolor, cariño —respondió ella con una crueldad gélida, una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Porque conmigo tienes poder, tienes una posición envidiable, tienes riqueza ilimitada, un imperio a tus pies. Y con ella solo hubieras tenido pobreza, problemas, una vida insignificante y sin brillo. Ahora sube a cambiarte esa ropa que huele a llanto y a fracaso, a licor barato. Mañana tenemos una cena importante con los accionistas principales y quiero que estés presentable, impecable, como el hombre que eres y que yo he fabricado.
Isabel se dio la vuelta, su figura elegante desvaneciéndose en la penumbra del pasillo, y se marchó. Lo dejó allí, solo, parado en medio de ese pasillo inmenso y frío, sintiendo que su alma se estaba pudriendo poco a poco, que cada parte de él moría lentamente.
Había elegido el oro, el poder, el apellido, y ahora tenía que pagar el precio: una vida de mentiras, de asfixia emocional, sin amor, atado a una mujer que lo consideraba su propiedad, un mero activo en su vasto imperio. La mansión, más que nunca, era su prisión, y Francis, un prisionero sin esperanza de libertad.
Continuará ✨
.
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.