En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 06
La batalla contra los cazadores comienza.
El primer disparo de ballesta de Sergio Alfaro fue una señal para el caos. El perno de plata, diseñado específicamente para herir a seres sobrenaturales, silbó en el aire buscando el corazón de Kellan. Con un movimiento que desafiaba las leyes de la física, Kellan desvió el proyectil con su daga de obsidiana, haciendo que la flecha se clavara en un tronco cercano con un impacto que hizo saltar astillas.
—¡Emara, quítate! —gritó Martín de nuevo, lanzándose hacia adelante con su hacha en alto. No quería herir a su hermana, pero el deber hacia el clan era absoluto.
Emara no esperó más. Dejó que la transformación la invadiera. Fue un proceso violento y rápido: sus huesos crujieron y se alargaron, su piel se cubrió de un pelaje gris plateado y su rostro se alargó en un hocico poderoso. En segundos, una loba de dimensiones impresionantes se interpuso entre los cazadores y el demonio. Soltó un gruñido que hizo que los perros de caza, que hasta entonces ladraban con furia, retrocedieran con el rabo entre las piernas.
—¡Ha sido corrompida! —exclamó Sergio, con el rostro desencajado por el horror—. ¡Fuego! ¡Disparad a matar!
La lluvia de flechas comenzó. Kellan, a pesar de sus heridas, se movía con una elegancia letal. No usaba fuerza bruta, sino sombras. Cada vez que una flecha se acercaba, las runas en sus brazos brillaban y una pequeña neblina oscura desviaba la trayectoria. Sin embargo, estaba claro que no quería atacar directamente a los hombres de Emara.
—¡No los mates, Kellan! —el pensamiento de Emara resonó a través de su vínculo mental.
—¡Me lo pones difícil, loba! —respondió él en su mente, esquivando por poco el hacha de Martín.
Emara saltó sobre Arturo Alcalá antes de que pudiera cargar su segunda lanza. No lo mordió; usó su peso para derribarlo y su pata para inmovilizarlo contra el suelo, dándole un golpe seco con el hocico para dejarlo inconsciente. Luego giró hacia Sergio. El capitán de la guardia era un guerrero veterano y no se dejó intimidar. Sacó una espada corta de plata y cargó contra ella.
La lucha en el desfiladero era una danza frenética de acero, garras y magia. Emara se sentía desgarrada. Cada vez que golpeaba a uno de sus compañeros de infancia, una parte de su corazón se rompía. Vio a Camilo Borja intentar flanquear a Kellan, y tuvo que interceptarlo, empujándolo hacia una zarza espinosa.
Kellan, por su parte, estaba siendo acorralado por Martín y otros dos guerreros. Su herida del costado volvió a abrirse bajo el esfuerzo, y su sangre oscura comenzó a manchar el suelo.
—¡Ríndete, engendro! —rugió Martín, lanzando un tajo descendente que Kellan apenas bloqueó con su daga. La fuerza del impacto obligó al demonio a hincar una rodilla en el suelo.
Emara vio la oportunidad. Se lanzó contra su hermano, no con intención de herirlo, sino de desarmarlo. Martín, al ver a la loba gigante saltar sobre él, dudó por un segundo —el segundo que Emara necesitaba—. Ella le arrebató el hacha de las manos con un hábil movimiento de sus mandíbulas y la lanzó lejos, hacia el arroyo que corría por el fondo del desfiladero.
—¡Basta! —el aullido de Emara fue tan potente que las rocas parecieron vibrar. Todos se detuvieron, momentáneamente ensordecidos por la potencia del grito de la loba—. ¡Parad esto ahora!
En el silencio que siguió, solo se oía la respiración agitada de los combatientes. Kellan estaba apoyado en una roca, respirando con dificultad, su mano presionando su costado. Los cazadores, viendo a su líder desarmado y a dos de los suyos en el suelo, dudaron.
—Emara... —dijo Martín, recuperando el aliento—. ¿Por qué? ¿Por qué lo proteges? Es un demonio. Ellos mataron a nuestra madre. Ellos son la razón por la que vivimos en el miedo.
Emara comenzó a revertir su transformación. Sus huesos volvieron a su sitio, un proceso doloroso que la dejó temblando y desnuda bajo los jirones de su ropa, pero no le importó. Se cubrió con lo que quedaba de su capa y miró a su hermano a los ojos.
—Él no es el enemigo que buscáis, Martín. Él está huyendo de los mismos monstruos que nosotros. Si lo matáis, la grieta se quedará abierta y no habrá nadie que sepa cómo cerrarla. Eloria desaparecerá. ¿Es eso lo que quieres? ¿Venganza a costa de nuestra extinción?
Sergio Alfaro dio un paso adelante, con su espada aún en la mano. —No podemos confiar en su palabra, Emara. Es el hijo de la mentira.
—Confiad en la mía, entonces —replicó ella—. ¿Alguna vez os he mentido? He crecido con vosotros. He luchado a vuestro lado. Si os digo que este es el único camino, debéis creerme.
Martín miró a Kellan y luego a su hermana. El conflicto en su rostro era evidente. La lealtad al clan luchaba contra el amor por su sangre. Finalmente, bajó la cabeza.
—Padre nunca lo aceptará —susurró—. Si os dejamos ir, nos considerará traidores a nosotros también.
—Entonces decidle que nos perdisteis en el bosque —dijo Emara—. Decidle que el demonio usó magia negra para escapar. Dadnos tiempo. Solo eso os pido. Tiempo para llegar al Altar de los Eones.
Sergio guardó su espada con un movimiento seco. —Te doy veinticuatro horas, Emara. Si para mañana al atardecer no habéis cerrado esa grieta, lideraré a todo el clan tras de vosotros. Y esta vez, no habrá diálogos.
Los cazadores recogieron a sus heridos en un silencio tenso. Martín miró a Emara una última vez, con una tristeza que le partió el alma a su hermana, y luego se dio la vuelta, siguiendo a Sergio hacia la aldea.
Emara se dejó caer al suelo, exhausta. Kellan se acercó a ella cojeando. El silencio del bosque volvió, pero ahora se sentía diferente. La traición ya estaba consumada.
—Has arriesgado todo por mí —dijo Kellan, sentándose a su lado. El aura violeta a su alrededor era más débil que nunca—. ¿Por qué? Después de lo que dijo tu hermano... sobre tu madre... podrías haberme dejado morir.
Emara miró hacia las copas de los árboles, donde la luz del sol empezaba a filtrarse.
—Porque ella no murió para que yo me convirtiera en una asesina ciega de odio. Ella murió protegiendo lo que amaba. Y ahora mismo, por extraño que parezca, protegerte a ti es la única forma de proteger todo lo que amo.
Kellan bajó la vista hacia sus manos, las cuales estaban manchadas con su propia sangre y la tierra de Eloria.
—Dijiste que los de tu raza creían que todo se podía sanar con compasión. Quizás tenías razón. Pero hay algo que no sabes sobre mí, Emara. Mi pasado no es solo una historia de guerra.
Emara lo miró con curiosidad. —¿A qué te refieres?
Kellan suspiró, y por primera vez, el príncipe arrogante pareció un niño perdido en la inmensidad del tiempo.
—Mi padre no abrió esa grieta solo para conquistar. La abrió porque yo robé el Corazón del Abismo. No soy un fugitivo común, Emara. Soy el guardián de la única cosa que puede destruir tanto mi mundo como el tuyo. Y la razón por la que huí... es porque descubrí que mi madre también era de este mundo. Ella era una mujer de Eloria.
Emara abrió los ojos de par en par. La revelación cayó sobre ella con el peso de una montaña. Kellan no era solo un demonio; era un mestizo, un puente entre dos realidades que se odiaban.
—¿Tu madre era... humana?
—Era una vidente de un clan desaparecido —dijo Kellan, su voz llena de una amargura milenaria—. Mi padre la secuestró por su poder. Yo soy el resultado de ese pecado. Por eso puedo tocarte sin matarte, y por eso tu sangre resuena con la mía. No somos enemigos, Emara. Somos los dos lados de una misma moneda rota.
La conexión entre ellos, que ya era intensa, se profundizó hasta un nivel que asustó a Emara. No estaba sola en su soledad.
Una revelación sobre el pasado de Kellan.