En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 18: El precio de la desobediencia
La palabra "cobarde" quedó flotando en el aire cargado de humo y tensión, como un desafío que Alistair Thorne no podía ignorar. Su rostro, usualmente controlado, se desfiguró por una furia que Evangeline nunca había visto. Sus ojos azules se oscurecieron hasta parecer dos pozos de tormenta, y la presión que ejercía sobre su mandíbula fue tal que ella soltó un quejido sordo.
—¿Cobarde? —repitió él, su voz siendo un susurro letal que vibraba contra los labios de ella—. He enfrentado ejércitos enteros, he visto caer a reyes y he caminado sobre la sangre de mis enemigos sin pestañear. Nadie en este reino, ni vivo ni muerto, se atrevería a llamarme cobarde.
La soltó con una brusquedad que la hizo tambalear, pero antes de que pudiera alejarse, Alistair la tomó por la cintura y la lanzó sobre la inmensa cama de pieles. Evangeline rebotó contra el colchón, el aire escapando de sus pulmones por el impacto. Intentó incorporarse, pero el General ya estaba sobre ella, inmovilizándola con el peso de su cuerpo macizo y sus manos de hierro.
—Me llamas cobarde porque pido lo que es mío por derecho —rugió él, rodeando las muñecas de Evangeline con una sola mano y clavándolas sobre su cabeza—. ¿Crees que el oro que pagué fue un regalo? ¿Crees que te traje a este castillo para que fueras una invitada de honor? Pagué por cada gota de tu sangre, por cada suspiro de tus pulmones y por cada centímetro de esta piel de porcelana. Tu cuerpo no es tuyo, Evangeline. Es un activo de mi ejército, una propiedad de Alistair von Thorne.
—¡No soy un objeto! —gritó ella, forcejeando con una desesperación que solo alimentaba la rabia de él—. ¡Puede poseer mi trabajo, pero mi voluntad es mía! ¡No me obligue a odiarlo más de lo que ya lo hago!
—El odio es un sentimiento muy fuerte para alguien tan pequeña como tú —se mofó Alistair, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma a miedo y jabón que ella desprendía—. No necesito tu amor, ni tu voluntad. Solo necesito que cumplas con el trato. Mi oro por tu cuerpo. Es una transacción simple, la única ley que entiendo.
Alistair comenzó a desgarrar los botones del camisón de lino de Evangeline. El sonido de la tela rompiéndose fue como un trueno en el silencio de la habitación. Ella sintió el frío de la piedra golpeando su piel expuesta, pero el calor abrasador del cuerpo del General era mucho más aterrador. Evangeline cerró las piernas y arqueó la espalda, intentando zafarse, pero Alistair era un muro de músculo infranqueable.
—¡Basta! ¡Por favor! —suplicó ella, sus lágrimas manchando las sábanas de lino—. Si me toma así, nunca podrá mirarse al espejo sin ver al monstruo que dice que no es. ¡Usted no es como ellos! ¡Me salvó!
—Te salvé para mí —sentenció él, su mano bajando por el muslo de ella con una firmeza que no admitía réplica—. Y si la única forma de que entiendas que no tienes libertad es tomándote por la fuerza, que así sea. Aprenderás a obedecer en esta cama, así como aprendiste a obedecer en la tienda. No me obligues a usar las cuerdas de nuevo, Evangeline, porque esta vez no habrá piedad en el amanecer.
Alistair la besó con una violencia que sabía a vino y a una posesión desesperada. Evangeline apretó los labios, negándole cualquier rastro de placer, mientras sus manos, atrapadas sobre su cabeza, se cerraban en puños impotentes. En la oscuridad de la habitación del castillo, la virtud cautiva se encontraba al borde del abismo, enfrentada a un hombre que estaba dispuesto a destruir la pureza que tanto decía valorar con tal de reafirmar su dominio absoluto.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰