✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
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El sol de verdad te está esperando afuera
La cocina de la mansión de Ian siempre se había sentido como una sala de hospital: blanca, fría y demasiado limpia. Pero esa mañana, el aroma a eucalipto y sol de Ronen había reclamado el espacio, expulsando la sensación de abandono. Sobre la mesa de mármol, un recipiente de cerámica contenía el pastel que la madre de Ronen había enviado.
Ian se sentó en la silla, sintiéndose pequeño en su propio hogar. Ronen se movía con una confianza tranquila, preparando un té. No hacía ruidos bruscos, cada movimiento era medido para no asustar al omega, cuyos sentidos aún estaban a flor de piel tras el enfrentamiento con su padre.
-No tienes que hacer esto.- Dijo Ian, observando las manos del alfa. Eran manos fuertes, con cicatrices pequeñas en los nudillos que hablaban de un pasado de entrenamiento, pero que ahora sostenían una taza de porcelana con una delicadeza asombrosa.
-Lo sé.- Respondió Ronen, dejando la taza frente a Ian -Pero quiero hacerlo. Mi madre omega siempre dice que "un estómago vacío solo alimenta pensamientos tristes". Prueba el pastel, Ian. Ella lo hizo pensando en alguien que necesitaba un abrazo.-
Ian tomó un trozo pequeño. Sus dedos rozaron accidentalmente los de Ronen al recibir el plato. Fue un contacto de apenas un segundo, pero Ian sintió un calor súbito trepando por su brazo. Al probar el pastel, sus ojos se abrieron de par en par. Sabía a miel pura, a canela y a algo que Ian no podía identificar... algo que se sentía como "hogar".
-Está... increíble.- Susurró Ian, y por primera vez en meses, su aroma a miel dejó de ser rancio para volverse un poco más brillante, más dulce.
El alfa se sentó frente a él y lo observó comer con una sonrisa ladeada. No era la mirada de un guardaespaldas vigilando a un cliente, era la mirada de un hombre admirando algo precioso que había sido maltratado.
-Mis madres son una locura, Ian.- Comenzó Ronen, relajando su postura -Mi madre alfa es capitana de bomberos. Es ruda, grita mucho y siempre huele a humo y madera quemada. Pero cuando llega a casa, se arrodilla ante mi madre omega solo para que ella le acaricie el cabello. Crecí viendo eso. Crecí sabiendo que ser el más fuerte de la habitación no sirve de nada si no usas esa fuerza para hacer que los que amas se sientan seguros.-
Ian dejó el tenedor, con el corazón encogido.
-Yo nunca vi algo así. En mi casa, ser alfa era una excusa para mandar. Y ser omega... era una herramienta para producir dinero.-
-Eso es solo gente rota usando su biología para lastimar.- Ronen extendió la mano sobre la mesa, pero no tocó a Ian, le dio la opción de ser él quien buscara el contacto -Por eso acepté este trabajo. Milo me contó lo que ese... ese tipo del pasado te hizo. El de la tierra mojada.-
Ian se tensó al instante. El aroma a lavanda se volvió punzante.
-Él decía que me amaba. Decía que mi aroma a miel era solo para él. Pero mientras me marcaba temporalmente, estaba vaciando mis cuentas de derechos de autor. Me dejó sin canciones y sin alma, Ronen. Me hizo sentir que mi aroma era una señal de debilidad.-
Ronen suspiró, y su aroma a eucalipto se volvió más profundo, más protector.
-Él era un cobarde. Un alfa que necesita apagar la luz de un omega para sentirse brillante no merece ni que lo nombren. Mi familia...- Ronen hizo una pausa y sacó su teléfono, mostrando una foto -Mira.-
En la pantalla, Ian vio a una mujer de cabello gris y mirada feroz abrazando por la cintura a una mujer más pequeña de sonrisa radiante. Alrededor de ellas, un Ronen más joven y otros dos hermanos reían en lo que parecía una comida en un jardín lleno de flores. Había tanta luz en esa imagen que a Ian le dolieron los ojos.
-Ellas ya saben de ti.- Dijo el alfa con una chispa de diversión -Mi madre omega ya está planeando qué cocinarte cuando decidas salir de esta cueva. Dice que te falta color en las mejillas.-
Ian bajó la mirada, ocultando una pequeña sonrisa que quería escaparse de sus labios.
-¿Creen que soy un desastre?-
-Creen que eres un guerrero que se quedó sin flechas.- Corrigió Ronen con voz suave -Y yo estoy aquí para ser tu escudo hasta que encuentres las tuyas de nuevo.-
En ese momento, el silencio de la cocina ya no era incómodo. Era un silencio compartido. Ian terminó su trozo de pastel y, por primera vez, se atrevió a sostenerle la mirada al alfa. Se dio cuenta de que Nico tenía pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos, señales de alguien que se reía a menudo.
-Gracias, Ronen.- Dijo Ian. El aroma a lavanda y miel ahora flotaba suavemente en el aire, mezclándose con el eucalipto en una armonía que Ian no había sentido nunca.
-No me des las gracias todavía.- Respondió el alfa levantándose -Ahora que tienes energía, vamos a abrir una ventana. El sol de verdad te está esperando afuera, y yo no voy a dejar que te lo pierdas.-
Ronen caminó hacia el ventanal y descorrió las pesadas cortinas negras. Un rayo de sol directo golpeó el rostro de Ian, quien parpadeó asustado, pero luego cerró los ojos, dejando que el calor natural se mezclara con el calor que Ronen había traído a su pecho. El eclipse estaba empezando a moverse.