Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 11
En el concesionario de autos usados de Villa Crespo, la cajera extendió la tarjeta negra a Matías con las mejillas encendidas. Sus dedos temblaron ligeramente al devolverla. Matías la tomó sin mirarla, guardándola en el bolsillo interior de la camisa con un gesto automático. La joven no pudo evitar una sonrisa tímida; nunca había visto a alguien tan atractivo y elegante en ese lugar, y menos a un amigo del dueño que pagaba sin pestañear sumas semejantes.
Nicolás, apoyado en el mostrador, había retenido el DNI de Sofía. Lo sostenía entre los dedos como si fuera una prueba de algo mayor. Cuando Federico entró por la puerta trasera, Nicolás se acercó con los ojos brillantes de chisme. “Mirá esto, Fede. Matías se encaprichó en serio con la chica”. Le pasó el documento. “Bajó un SUV de quince mil a dos mil, y encima puso la diferencia él. ¡Quince mil pesos de su bolsillo! Nunca lo vi hacer algo así por nadie”.
Federico tomó el plástico y observó la foto. Sofía aparecía más joven, con el cabello suelto y una sonrisa tímida. Vestía una remera sencilla y jeans, nada de marcas ni joyas. “Linda. Y muy… normal. No es como las que suelen andar con nosotros. ¿Quién es?”.
“Ni idea. Pero Matías no mueve un dedo por cualquiera. Algo le vio”, respondió Nicolás, encogiéndose de hombros.
Ninguno de los dos conectó esa imagen con la chica que, cinco años atrás, Matías había dejado por considerarla “ambiciosa y materialista”. La foto era demasiado antigua, y el recuerdo de Matías sobre ella estaba enterrado bajo capas de orgullo herido.
Sofía había quedado en almorzar con Valeria en un restaurante de Belgrano. Caminaba por la avenida cuando su teléfono vibró. Era Valeria. “Perdón, Sofi. Surgió un problema con un trámite y no voy a poder. ¿Te enojás?”.
“No, tranquila. Nos vemos otro día”, respondió Sofía, ocultando la decepción.
Regresó al departamento y preparó una comida simple: arroz con atún, huevo duro y ensalada de tomate. Sirvió dos platos en la mesa pequeña del living. Tiago comió con apetito, hablando de un dibujo que había hecho en el jardín. Sofía lo escuchaba en silencio, pero su mente seguía en el concesionario, en la mirada de Matías, en la forma en que había aparecido de la nada.
Cuando terminaron de comer y recogieron los platos, Sofía respiró hondo y se sentó junto a su hijo en el sofá. “Tiago, mamá tiene que contarte algo importante. Hoy en el lugar de los autos… no fui sincera. Ese hombre que viste, Matías, es tu papá. Tu papá de verdad”.
El niño la miró sin sorpresa, como si una parte de él ya lo supiera. Sofía continuó, con la voz temblorosa y los ojos enrojecidos: “No podemos decirle que eres su hijo. Él pertenece a una familia muy poderosa de Buenos Aires. Tiene ideas equivocadas sobre mí desde hace años. Si se entera de ti, va a pensar que quiero algo de él, que soy interesada. Y tengo mucho miedo de que quiera separarme de ti. No quiero que te pase nada. Además, Buenos Aires es enorme. Seguramente no nos volvamos a cruzar nunca más”.
Hizo una pausa para secarse una lágrima que se le escapó. “Mamá se siente muy mal por no poder darte un papá. Sos tan bueno, tan comprensivo… y yo te fallo en esto”.
Tiago se acercó sin decir nada. Se acurrucó contra su pecho y la abrazó con fuerza, sus bracitos pequeños rodeándola lo mejor que podía. “No pasa nada, mamá. Yo con vos estoy bien. No necesito papá”.
Las palabras simples del niño rompieron la contención de Sofía. El llanto salió descontrolado, sollozos profundos que sacudían su cuerpo. Tiago no se apartó; al contrario, apretó más el abrazo y le palmeó la espalda con torpeza, como había visto hacer a los adultos cuando alguien lloraba. “No llores, mamá. Acá estoy yo”.
Pasaron varios minutos hasta que Sofía recuperó el aliento. Se limpió la cara con el dorso de la mano y miró a su hijo. “¿Por qué mentiste tan rápido allá? Lo del divorcio, la abuela enferma… ¿Cómo se te ocurrió?”.
Tiago se encogió de hombros con una expresión astuta, casi adulta. “Porque él fue malo con vos. No se merece saber nada bueno de nosotros”.
Sofía soltó una risa entre lágrimas. “Sos terrible, pequeño. Pero no hagas eso nunca más, ¿eh? Las mentiras no están bien”.
“Solo con él”, respondió Tiago, serio.
La conversación derivó hacia el jardín. “No quiero ir más, mamá. Los chicos son muy chiquitos. Juegan a cosas tontas y no entiendo por qué tengo que estar ahí. Prefiero quedarme en casa con vos”.
Sofía lo observó. Esos ojos grandes y suplicantes la partían. Sabía que Tiago era más maduro que los demás niños de su edad; los juegos simples del jardín lo aburrían. Pero también sabía que necesitaba socializar, hacer amigos, aprender a compartir. Sin embargo, en ese momento no pudo ser firme. “Está bien. Déjame pensarlo con calma. Vamos a ver qué hacemos. No te prometo nada, pero lo voy a considerar”.
Tiago asintió, satisfecho por el momento. Se levantó del sofá y fue a buscar un libro ilustrado. Sofía se quedó sentada, mirando la puerta cerrada del departamento, con el peso de la tarde aún sobre los hombros. La ciudad seguía su ritmo allá afuera, indiferente.