Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Templo
Así pasó el tiempo, gota a gota, moneda a moneda, hasta que un día Lavender contó por última vez el dinero escondido bajo la tabla del suelo y supo que ya era suficiente. No lloró ni sonrió.. solo respiró hondo. Tenía doce años, las manos curtidas por el trabajo y la mirada demasiado serena para su edad.
El viaje al templo fue silencioso. Rosie iba envuelta en mantas limpias, con el cabello bien peinado y ese vestido sencillo que Lavender había remendado tantas veces. Los magos las recibieron sin preguntas innecesarias, como si ya supieran que llegarían. Examinaron a la anciana con ojos atentos, no solo al cuerpo, sino también al espíritu, y finalmente asintieron.
—Debes dejarla aquí unos meses.. El tratamiento será largo.
Rosie quiso protestar. Dijo que no podían separarse, que Lavender no debía quedarse sola, que el dinero no importaba. Lavender le tomó las manos con firmeza, sonrió y le dijo que todo estaría bien, que la casa la esperaría, que las flores seguirían creciendo. No dejó que la abuela viera el nudo en su garganta.
Cuando Rosie cruzó las puertas del templo, Lavender se quedó afuera hasta que estas se cerraron por completo. Recién entonces permitió que el aire le temblara en el pecho… pero solo un instante. Después se dio la vuelta y regresó a casa.
En el pueblo, nadie supo la verdad.
Todos creían que la abuela Rosie seguía allí, en el campo, revisando plantas, enseñando raíces. Lavender nunca dijo lo contrario. Sonreía, asentía, desviaba las preguntas con naturalidad. Era más fácil así.
La realidad era otra.
Ahora Lavender lo hacía todo.
Se levantaba antes del amanecer para regar el huerto, revisar los secaderos, preparar los ramos. Cocinaba, limpiaba, reparaba lo que podía y anotaba cada gasto con letra cuidadosa. Salía al pueblo a vender como siempre, con la carreta bien ordenada y la cabeza en alto. Escuchaba a los clientes, negociaba, aconsejaba… y regresaba a una casa silenciosa.
Por las noches, el cansancio la vencía rápido, pero antes de dormir hablaba en voz baja, como si Rosie pudiera oírla. Le contaba cuánto había vendido, qué plantas estaban creciendo mejor, qué libros había conseguido. A veces dejaba una taza extra sobre la mesa sin darse cuenta, y luego sonreía con un poco de tristeza.
No se sentía sola.
Porque sabía que su abuela estaba siendo cuidada. Sabía que cada día en el templo era un paso más hacia su sanación. Esa certeza llenaba la casa más que cualquier presencia.
Y aunque su cuerpo era el de una niña de doce años, Lavender vivía con la calma de alguien que ha elegido su camino sin dudar.. trabajar, resistir y esperar.
Esperar el día en que las puertas del templo se abrieran y Rosie regresara a casa, sana, para volver a caminar juntas entre flores y raíces.
Pasaron meses largos, de esos que se sienten eternos cuando se cuentan en amaneceres y silencios. Y entonces, una mañana cualquiera, cuando Lavender estaba acomodando ramos aún húmedos por el rocío, escuchó el crujir de ruedas en el camino.
Levantó la vista.
La carreta del templo avanzaba despacio, y sobre ella, sentada con la espalda recta y los ojos llenos de vida, estaba la abuela Rosie.
Por un segundo, Lavender se quedó inmóvil, como si temiera que fuera un espejismo nacido del cansancio. Luego el mundo volvió a latir de golpe. Corrió sin pensar, con las manos manchadas de tierra y el corazón desbordado.
—¡Abuela! —gritó, con una voz que ya no era de niña pequeña, pero que aún llevaba la misma necesidad.
Rosie bajó de la carreta con ayuda, y apenas Lavender estuvo frente a ella, ambas se abrazaron con una fuerza desesperada, como si temieran volver a perderse. Lloraron sin palabras, lágrimas tibias que mojaron hombros y cabellos, mezclando alivio, culpa, amor y gratitud.
Rosie acarició el rostro de Lavender una y otra vez, como contando que estuviera entera, real.
—Has crecido… Y estás tan fuerte.
Lavender negó con la cabeza, hundiendo el rostro en el pecho de su abuela.
—Porque tú volviste.. Porque ahora estamos juntas.
Entraron a la casa tomadas de la mano. Rosie miró todo con asombro: el huerto más ordenado, la bodega reforzada, los frascos rotulados con letra prolija, la despensa llena. Entendió sin que nadie se lo explicara. Sus ojos se humedecieron otra vez.
Esa noche compartieron la cena más sencilla y más abundante que habían tenido jamás. No por la comida, sino por la paz. Se hablaron despacio, sin apuro, como si el tiempo por fin les perteneciera.
Ya no eran solo abuela y nieta.
Eran compañeras.
Habían sobrevivido juntas a la pobreza, al silencio, al miedo y a los errores de otra vida. Y ahora, unidas más que nunca, sabían que mientras se tuvieran la una a la otra, ningún invierno volvería a ser tan duro.