Sigue a Valentina Márquez Santos, abogada humilde e hija ilegítima de un magnate. Tras ser traicionada en su boda y expulsada de su trabajo por defenderse de acoso, se convierte en asistente del amargado CEO Mateo Castellanos. Demuestra su valía al organizar el proyecto médico VidaPlus y salvar a su hija Sofía de un rapto, mientras enfrenta la envidia de Gitana, la hermana de la difunta esposa de Mateo. A pesar de que Mateo es insoportable, entre ellos surge una conexión, mientras Valentina lucha por su futuro y por hacer realidad un proyecto que cambiará vidas.
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EL PRIMER DÍA QUE JAMÁS QUERRÍA VIVIR
Palabras de la autora:
Esta historia es hermosa; creo que es la mejor historia que he creado. La protagonista es la más empoderada de todas mis protagonistas: una chica dulce, tierna, ruda y sumamente fuerte. Es una mujer inteligente, con mucho amor propio —una mujer en todos los sentidos. No necesita reencarnarse ni contar con poderes sobrenaturales para destacarse; es una mujer poderosa por sí misma, y considero que es mi mejor protagonista hasta la fecha.
Esta trama abarca un romance entre dos personas de distintas clases sociales y con una diferencia de edad considerable, construyéndose sobre bases de respeto mutuo y admiración por las cualidades del otro. Se trata de una novela que se centra en lo esencial, sin añadir elementos innecesarios que desvíen la atención del núcleo principal de la historia. Su protagonista es el ejemplo perfecto de una mujer empoderada: sabe quién es, qué quiere y no permite que nadie minimice su valor ni limite su potencial.
El sol de Metrolis calentaba los adoquines de la avenida Central cuando bajé del autobús número 17, ajustando la correa de mi maletín negro sobre el hombro. Mi cabello rojo, tan intenso como el fuego que me había caracterizado desde niña, estaba recogido en una coleta ajustada que dejaba al descubierto mis ojos azules —un rasgo único que heredé de mi padre, aunque nunca tuve la oportunidad de verlo en él con frecuencia. Medía un metro sesenta y cinco, con curvas que la vida me había dado y que nunca intenté ocultar, vestida ese día con un traje gris oscuro, camisa blanca y tacones negros que golpeaban el pavimento con cada paso firme que daba.
Mi padre es Augusto Márquez, presidente de la multinacional Márquez Group. Su esposa, Clara Elion, es una mujer de cincuenta y dos años, delgada, con cabello castaño liso que llega hasta la cintura y ojos marrones expresivos. Siempre luce ropa de diseñador y lleva una postura impecable, como si estuviera lista para una portada de revista. Con ella tuvo tres hijos:
- Augusto Jr. (33 años): Alto, moreno, con los mismos ojos marrones que su madre. Es gerente de operaciones de la empresa, arrogante y siempre con la nariz en alto, como si el mundo fuera suyo.
- Fernando (32 años): Más bajo que su hermano, con cabello rizado y una sonrisa que usa para manipular. Se dedica al área de marketing y nunca perdió una oportunidad de recordarme que soy la "hermana extra".
- María José (28 años): Delicada, con cabello rubio como el de mi padre y ojos verdes. Aunque es más amable que sus hermanos, siempre mantiene una distancia cuidadosa, siguiendo los pasos de su madre.
Yo soy la hija ilegítima de Augusto tengo 30 años; mi madre se llamó Rosaura Santos, y mi abuelo por parte materna —quien me crió hasta su fallecimiento hace tres años— se llamó Juan Santos. Crecimos en los barrios bajos de La Esperanza, en el sur de Metrolis, donde aprendí a defenderme puño a puño: participaba en luchas callejeras clandestinas para pagar mis útiles escolares, hasta que un profesor que vio mi potencial me ayudó a conseguir una beca completa para la Facultad de Derecho de la Universidad Metropolitana.
Me gradué con honores, con el título de mejor estudiante de mi generación. Allí conocí a Esteban Landon, un arquitecto de ojos cafés, cabello castaño ondulado y sonrisa cálida que se enamoró de mí desde el primer día que le expliqué el Código Civil en el salón de estudio. Éramos felices; pasábamos tardes hablando de nuestros sueños —él quería construir viviendas accesibles para familias pobres, yo quería defender a quienes no tenían voz— y aunque nuestra relación era profunda y llena de amor, jamás permití que nos llevará más allá de las caricias y los besos. Soy de las mujeres que creen en llegar puras al matrimonio, que valoran su cuerpo y su honor por encima de cualquier cosa.
Después de dos años de noviazgo, nos comprometimos. La boda estaba programada en el majestuoso Jardín de las Rosas de Metrolis, habíamos rentado caballos blancos para la entrada y todo estaba listo para el día más importante de mi vida. Pero un día antes, mientras buscaba unos documentos en su apartamento, encontré unas fotos ocultas en el cajón de su mesita de noche: Esteban con una mujer rubia y un niño de tres años, sonriendo como si fueran una familia perfecta.
que pena que alejandro solo este con ella para hacer daño