"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
NovelToon tiene autorización de Arianna Rose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Mascaras de cristal
La mañana siguiente al enfrentamiento en el despacho, Alessandra no fue despertada por la luz del sol, sino por el sonido de cajas siendo depositadas sobre su cama. Damian estaba de pie junto a la ventana, observando el mar, ya vestido con un traje gris que lo hacía parecer una extensión del cielo de invierno.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, sentándose en la cama y señalando las cajas de marcas exclusivas.
—Anoche te dije cuál era el precio por tu intrusión —respondió él sin girarse—. La transparencia. Esta noche se celebra la Gala de Invierno en el Hotel Danieli. Toda la aristocracia veneciana estará allí, incluyendo a los Falier y, por supuesto, a tu padre.
Alessandra sintió un vuelco en el estómago. El Danieli era el lugar donde su familia solía reinar. Volver allí como la "propiedad" de un Volkov era una pesadilla pública.
—No voy a ir a que me exhibas como un trofeo de guerra, Damian.
—No vas como un trofeo —él se giró finalmente, y su mirada era gélida—. Vas como mi socia. Quiero que escuches lo que se dice en los pasillos. Quiero que veas cómo tu padre estrecha manos que están manchadas con la ruina de tu familia. Si quieres la verdad, esta noche la tendrás de frente.
Él señaló la caja más grande.
—Póntelo. Salimos a las ocho. Y Alessandra... no intentes esconderte tras un vestido sencillo. Esta noche necesito que seas la Cavalli que todos temen y envidian.
Cuando llegaron las ocho, Alessandra salió de su habitación. Había elegido el vestido de las cajas: una pieza de seda roja profunda, con una caída impecable y la espalda descubierta hasta la cintura. Se había recogido el cabello en un moño elegante, dejando su cuello expuesto, adornado solo por el collar de perlas de su abuela, su último rastro de identidad.
Damian la esperaba al pie de la escalera. Al verla bajar, el aire pareció escaparse de sus pulmones por un breve segundo, un gesto que Alessandra no pasó por alto. Su máscara de frialdad vaciló ante la belleza desafiante de la mujer que tenía delante.
—Impresionante —murmuró él, ofreciéndole su brazo—. Recuerda la regla: no te alejes de mí. En ese salón, las sonrisas son más peligrosas que los cuchillos.
El hotel Danieli brillaba con mil luces, pero para Alessandra, entrar allí fue como caminar hacia su propia ejecución. Los murmullos empezaron apenas cruzaron el umbral. Las miradas de sus antiguas amistades eran dagas de lástima y desprecio.
—Sonríe, cara —susurró Damian cerca de su oído, su mano presionando con firmeza su cintura—. Que vean que no te has quebrado.
En mitad de la noche, mientras la música de cámara llenaba el salón, Alessandra divisó a su padre. Giorgio Cavalli estaba en un rincón apartado, pero no estaba solo. Hablaba con un hombre de cabello canoso y ojos hundidos que irradiaban una maldad antigua: Enzo Falier.
—Papá… —susurró ella, sintiendo una mezcla de alivio y terror.
Se acercó a ellos con Damian pisándole los talones, como una sombra protectora y amenazante a la vez.
—¡Alessandra! —Giorgio la tomó de las manos, pero sus ojos bailaban con un nerviosismo errático—. Estás… estás radiante. Escucha, hija, falta poco. Los Falier son hombres de honor, ellos me ayudarán a recuperar las acciones y a sacarte de esta situación.
—¿Hombres de honor, Giorgio? —la voz de Damian intervino, gélida y cargada de sarcasmo—. Los Falier no conocen el honor, solo conocen las deudas de sangre. Estás cometiendo el error más grande de tu vida.
Enzo Falier dio un paso al frente, ignorando a Damian y clavando una mirada lasciva en Alessandra que la hizo sentir sucia.
—Es una mujer magnífica, Volkov. Un activo muy valioso —dijo Enzo con una sonrisa torcida—. Giorgio me ha contado que buscas liberar tu deuda. Tal vez los Falier estemos interesados en "comprar" ese contrato de custodia.
Alessandra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a su padre, esperando que gritara, que negara que ella estaba en venta otra vez. Pero Giorgio solo bajó la mirada, apretando su copa de champán. Su silencio fue la confirmación: su padre la estaba usando nuevamente como moneda de cambio para tratar de recuperar su poder ante los Falier.
Damian la atrajo hacia sí con una fuerza posesiva que, por primera vez, no le resultó insultante.
—Ella no está en venta, Falier. Ni hoy, ni nunca —sentenció Damian, su voz vibrando con una amenaza mortal—. Y si Giorgio intenta vender la misma joya dos veces, descubrirá que yo no tengo la paciencia de un coleccionista, sino la de un verdugo.
Damian la sacó del salón casi a rastras hacia el balcón que daba al Gran Canal. El aire helado la golpeó, pero no tanto como la traición de su propio padre.
—¿Lo ves ahora? —preguntó Damian, soltándola frente al agua oscura—. Tu padre te quiere, pero ama más su ambición. Los Falier lo están usando para llegar a mí, y él te está ofreciendo a ti como el precio de su regreso al poder.
Alessandra se abrazó a sí misma, temblando de rabia y dolor. Recordó su promesa de niña, aquel "preferiría ahogarme".
—Tenías razón —susurró ella, con la voz quebrada—. El orgullo no flota. Me estoy hundiendo, Damian.
Damian acortó el espacio, rompiendo toda distancia, y tomó su rostro entre sus manos con una intensidad que la hizo vibrar.
—Entonces deja de luchar contra mí —dijo él—. Si vas a hundirte, asegúrate de que sea conmigo. Porque soy el único en este salón que no está intentando ponerte un precio.