Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 16 — Donde me permito sentir sin prometer
La tarde caía con un dorado tibio sobre el barrio del río. Las sombras de los toldos se estiraban por el empedrado húmedo, y el aire olía a cáscara de naranja y a madera vieja. Lysien salió de la imprenta con el cuaderno bajo el brazo, los dedos manchados de tinta. Había sido un día largo, de decisiones pequeñas que sostenían cosas grandes: horarios que no explotaban a nadie, pausas que no parecían privilegios, conversaciones que ya no eran defensivas sino propuestas.
Se detuvo un momento en la esquina, respirando. El cansancio le pesaba en la espalda, pero no era el cansancio de huir. Era el de quedarse y sostener.
Kaelen lo esperaba al otro lado de la calle, sin uniforme, con la capa ligera sobre los hombros. No levantó la mano para llamar su atención. No necesitaba hacerlo. Lysien lo vio igual. Esa forma de estar sin reclamar espacio lo conmovía más de lo que quería admitir.
—Pensé que ya te habías ido —dijo Lysien al acercarse.
—Pensé que saldrías tarde —respondió Kaelen—. No es espera. Es coincidencia.
Lysien sonrió, breve. El gesto le subió calor a las mejillas. Se acomodó el abrigo para disimular la timidez que le resultaba extraña en sí mismo.
Caminaron juntos hacia el río. La luz del atardecer se quebraba en el agua, como si el cielo se hubiese hecho pedazos dorados. Un músico tocaba una melodía suave cerca del puente; el sonido del laúd se mezclaba con el murmullo del agua y el crujir de los pasos.
—Hoy lograste que cambiaran el lenguaje del protocolo —dijo Kaelen—. Eso no es poca cosa.
—Las palabras importan —respondió Lysien—. Lo que nombras, existe. Lo que reduces a “excepción”, se vuelve prescindible.
Kaelen asintió, mirándolo con una atención que no invadía. Lysien sintió el impulso de apartar la mirada, pero no lo hizo. Se permitió sostener ese contacto un segundo más.
—No estoy acostumbrado a que alguien me vea… así —admitió.
—¿Así cómo?
—Como si no tuviera que demostrar nada para merecer estar aquí.
Kaelen bajó la mirada al suelo un instante. Cuando volvió a alzarla, su voz fue baja, honesta.
—No te miro por lo que demuestras. Te miro por cómo eliges.
Se detuvieron en el puente. El viento movía el borde de la capa de Kaelen. Lysien, sin pensar, la sostuvo un segundo para que no se deslizara. El contacto fue mínimo: tela con tela, sin piel. Aun así, el gesto lo dejó expuesto. Retiró la mano, nervioso.
—Perdón —murmuró.
—No me molesta —respondió Kaelen—. Me recuerda que estás aquí conmigo.
El sonrojo volvió. Lysien miró el río, buscando un lugar donde dejar la timidez sin que lo notaran. No lo logró.
—No sé qué hacer con lo que empiezo a sentir —confesó—. En mi vida, el afecto siempre venía con una condición. Yo aprendí a retirarme antes de que la condición se cobrara.
Kaelen no se acercó. No buscó tocarlo para “tranquilizarlo”. Se quedó a la distancia justa donde la cercanía existe sin cercar.
—No te voy a pedir nada —dijo—. No te pediré que cambies de ritmo, ni que confíes más rápido. Si esto que sientes te asusta, puedes dejarlo estar. No se va a romper por no mirarlo todos los días.
Lysien respiró hondo. El aire frío le despejó la cabeza.
—Gracias por no empujar.
—Gracias por no cerrar la puerta —respondió Kaelen.
Caminaron de vuelta. En la plaza, la posadera estaba acomodando mesas para la cena. Al verlos, les hizo una seña con la cabeza, una complicidad tranquila. El barrio había empezado a verlos juntos, sin escándalo. Eso también era un gesto de cuidado colectivo.
Kaelen se detuvo frente a la posada.
—Mañana me reincorporo al cuartel para entrenamientos ligeros —dijo—. No es partida. Es volver a aprender a moverme.
Lysien asintió, con una puntada leve de preocupación que no quiso convertir en argumento.
—Cuídate —dijo—. No por mí. Por ti.
Kaelen inclinó la cabeza, gesto antiguo.
—Eso intento.
Se quedaron un segundo más, sin saber cómo despedirse. Lysien dio medio paso atrás, luego se detuvo. Kaelen no avanzó. Respetó ese límite. La despedida fue una pausa compartida que no necesitó palabras.
Al subir a su cuarto, Lysien se apoyó en la pared un instante. El pecho le latía distinto. Apoyó la mano en su vientre.
—No te prometo futuros —susurró—. Te prometo que no huiré del calor cuando sea honesto.
El río murmuraba a lo lejos. Y por primera vez, Lysien no sintió que ese murmullo fuera una invitación a escapar, sino a quedarse un poco más.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora