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SANADOR DESCARTADO

SANADOR DESCARTADO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.

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Capítulo 17: Donde el dolor encuentra manos

El amanecer no trajo alivio a Halverne.

La luz apenas logró colarse entre las nubes de polvo que seguían flotando alrededor de la mina. El campamento improvisado parecía un campo de batalla sin armas: cuerpos envueltos en mantas, hombres sentados con la espalda contra la roca respirando con dificultad, mujeres caminando en círculos con los ojos rojos de no haber dormido. El aire aún quemaba un poco al inhalar, como si la mina no quisiera soltar del todo a los que había mordido.

Un gemido largo atravesó el murmullo.

—No… no me toquen… —murmuró un minero joven, con el torso descubierto y la piel manchada de hollín—. Me arde… me arde por dentro…

Se arqueaba sobre la camilla, los dedos clavándose en la madera. Cada vez que intentaban acercarle agua, giraba el rostro, presa de una náusea que le subía en oleadas. El sudor le corría por las sienes, mezclándose con el polvo, formando surcos oscuros en su piel.

Ren se arrodilló a su lado. Se lavó las manos con el agua hervida que Selene había conseguido durante la noche. El gesto ya no llamaba la atención; se había vuelto un ritual silencioso que la gente esperaba.

[Diagnóstico Claro: Irritación pulmonar persistente / Deshidratación / Dolor torácico]

—No te voy a forzar a beber —dijo Ren, con voz baja—. Solo humedece los labios. Pequeño sorbo. Nada más.

El joven negó con la cabeza, respirando a trompicones.

—No… —susurró—. Me duele… cuando entra…

Ren apoyó dos dedos en su muñeca, contando el pulso. Activó Campo de Calma para aquietar el pánico que le hacía tensar todo el cuerpo.

—Respira conmigo —repitió—. Lento. Como si el aire pesara.

El joven lo miró un segundo, los ojos vidriosos. Luego, por pura imitación, dejó que el aire entrara despacio. El espasmo cedió apenas un poco. Suficiente para que no se ahogara en su propio miedo.

A unos pasos, una mujer gritaba.

—¡No despierta! ¡Mi esposo no despierta!

El hombre yacía en el suelo, el pecho subiendo y bajando con un ritmo irregular. Tenía la piel fría, la frente cubierta de sudor pegajoso. La mujer le golpeaba el pecho con la palma abierta, no con violencia, sino con una desesperación torpe, como si quisiera recordarle al cuerpo que aún debía responder.

Ren se acercó.

—No lo sacuda —dijo, con firmeza—. Déjeme ver.

Se lavó las manos de nuevo. Colocó los dedos en el cuello del hombre.

Pulso débil. Muy débil.

[Diagnóstico Claro: Asfixia prolongada / Fatiga extrema / Riesgo de colapso]

Ren activó Estabilización Rápida. La respiración del hombre se hizo más profunda, un poco más regular. No despertó. Pero la línea entre estar y no estar se volvió menos delgada.

—¿Va a volver a abrir los ojos? —preguntó la mujer, con la voz hecha pedazos.

Ren no sostuvo su mirada por mucho tiempo.

—Si descansa… tiene una oportunidad.

La mujer asintió, como si esa palabra fuera un salvavidas frágil. Se sentó a su lado, tomó la mano de su esposo y empezó a murmurarle cosas pequeñas: que el pan ya estaba listo en casa, que el niño había aprendido a atarse los zapatos, que no se demorara más. Su voz temblaba, pero no se quebraba. Todavía no.

Un niño corrió hacia Ren desde el borde del campamento.

—¡Señor! ¡Mi papá… mi papá se puso morado!

Ren se levantó de inmediato. El padre del niño estaba sentado contra una roca, el rostro lívido, los labios azulados. Tosía sin sonido, como si el aire se hubiera vuelto un recuerdo.

Ren se arrodilló frente a él. Lavó sus manos. Colocó un paño húmedo sobre la boca del hombre y activó Estabilización Rápida con cuidado. El pecho se movió en un jadeo áspero.

—Eso es —murmuró Ren—. No cierres los ojos. Mírame.

El niño se aferró a la pierna de Ren.

—No se lo lleve…

Ren tragó saliva.

—No me lo llevo. Lo sostengo aquí contigo.

El hombre volvió a respirar. El color regresó un poco a sus labios. El niño rompió en llanto, esta vez con un sonido que era más alivio que miedo.

El campamento estaba lleno de gestos así: manos que temblaban al acercar un cuenco de agua, hombros que se encogían ante cada tos, ojos que se clavaban en el pecho de los heridos, contando respiraciones como si de eso dependiera el mundo.

Ren caminaba entre ellos con el cuerpo al límite. El sudor le empapaba la espalda. Los dedos le dolían de tanto presionar, de tanto sostener. A ratos, la vista se le nublaba. Tenía que apoyarse en un poste de madera para no caer.

—El Sanador de Manos Limpias… —susurró una mujer al pasar—. Es él…

Ren escuchó el apodo como si no fuera con él. No levantó la cabeza. No había tiempo para nombres.

Un grito nuevo se alzó desde el borde del campamento.

—¡Se nos va! ¡Se nos va!

Un hombre mayor convulsionaba, el cuerpo arqueándose con movimientos bruscos. Dos mineros intentaban sostenerlo sin saber cómo, sus manos torpes resbalando por el sudor y el polvo.

Ren se arrodilló junto a él. Se lavó las manos con los últimos restos de agua hervida.

—Sujétenlo por los hombros —ordenó—. No por las piernas. No lo inmovilicen del todo.

Activó Campo de Calma para frenar el pánico de los que observaban. Luego, Estabilización Rápida para ganar tiempo. El cuerpo del hombre dejó de sacudirse con tanta violencia. La respiración volvió en jadeos irregulares.

—No puedo… —susurró Ren, más para sí que para nadie—. No puedo con todos…

Kaela se arrodilló a su lado.

—No tienes que poder con todos —dijo—. Solo con el que tienes enfrente ahora.

Ren asintió, con los ojos ardiendo.

El sol empezó a subir. El campamento seguía lleno de dolor, pero algunos respiraban mejor. Otros dormían por puro agotamiento. Algunos nombres ya no se llamarían más.

Ren se quedó allí, con las manos limpias y el corazón sucio de cansancio, sosteniendo la vida de uno mientras otro gritaba al fondo.

Y aun así, no se movió.

Porque en Halverne, ese día, el dolor encontró manos que no se apartaron.

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Elba Lucia Gomez
no come? enfermo atendiendo? débil? no se......
btcclic cuenta3
Espero los próximo nuevos capítulos, welcome, perfec./Scare/
Annyely
gracias , tratare de publicar otro isekai este mes, para que me sigas apoyando☺️
🇲🇽Háyme Castelo🇲🇽🇲🇽🇲🇽
Excelente.
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