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Sombra En El Altar

Sombra En El Altar

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Anibeth Arguello

Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.

NovelToon tiene autorización de Anibeth Arguello para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El banquete de los lobos.

La invitación era un pedazo de cartulina gruesa, con bordes dorados y un aroma a lavanda que a Alessandra le revolvía el estómago. Era la gala anual de la Fundación Benéfica de la ciudad, el evento donde su familia solía exhibirse como la realeza local. Pero este año había una diferencia: ella asistiría como la señora de Julián, y sabía que Isabella no permitiría que ella brillara ni por un segundo.

​El ritual del desprecio

​El vestidor de Alessandra era un santuario de silencio. Había elegido un vestido de seda azul medianoche, tan oscuro que parecía negro bajo las luces tenues. No tenía encajes ni adornos excesivos; solo una caída perfecta que marcaba su figura con una elegancia que Isabella nunca podría emular. Mientras se colocaba unos pendientes de zafiro —comprados con su propio dinero de Blue Phoenix, aunque todos pensarían que eran una limosna de sus padres—, la puerta se abrió sin previo aviso.

​Era Julián. Llevaba un esmoquin que lo hacía ver peligrosamente atractivo, pero su rostro reflejaba una impaciencia agresiva.

​—¿Todavía no estás lista? —preguntó él, recorriendo la habitación con una mirada llena de prejuicios—. No quiero llegar tarde y que la gente piense que estoy evitando el escarnio público de estar casado contigo.

​Alessandra se giró lentamente, terminando de abrochar su brazalete.

—Estoy lista, Julián. Y no te preocupes, la gente estará demasiado ocupada mirando a Isabella como para notar mi presencia. Eso es lo que siempre ha pasado, ¿no?

​Julián se quedó callado un instante. Sus ojos recorrieron el vestido azul de Alessandra, y por un microsegundo, la dureza de su mirada flaqueó. Parecía sorprendido por la clase que ella emanaba, una que no dependía de los gritos ni del drama. Pero el momento pasó rápido.

​—No intentes actuar como si fueras superior, Alessandra —dijo él, recuperando su tono gélido—. Vamos. Recuerda: en la fiesta, somos el matrimonio perfecto. Si alguien pregunta, estamos locamente enamorados. No quiero que el valor de mis acciones caiga porque tú no sepas fingir una sonrisa.

​La entrada al coliseo

​El salón de baile estaba a reventar. El olor a perfumes caros, champagne y chismes flotaba en el aire. En cuanto pusieron un pie dentro, las cabezas giraron. Alessandra sentía los susurros como agujas en su piel.

​"Ahí está... la que compró al marido".

"Pobre Julián, tener que venderse para salvar la constructora".

​Sus padres e Isabella los esperaban en la mesa principal. Isabella lucía un vestido rojo carmesí, diseñado específicamente para opacar a cualquier otra mujer en la sala. En cuanto vio a Julián, se lanzó a su encuentro, ignorando olímpicamente a Alessandra.

​—¡Julián! Pensé que no vendrías —dijo Isabella, pasando su mano por el brazo de él de una forma demasiado íntima para ser solo una "hermanastra"—. Te guardé un asiento a mi lado. Tenemos tanto de qué hablar... cosas que solo nosotros entendemos.

​Julián no la apartó. De hecho, le dedicó una de esas sonrisas que Alessandra no recibía desde hacía años. Se sentaron, dejando a Alessandra en el extremo de la mesa, justo al lado de su padre, quien ya estaba en su tercera copa de whisky.

​La trampa de Isabella

​A mitad de la cena, el silencio se apoderó de la mesa cuando Isabella golpeó su copa con una cuchara de plata.

​—Atención a todos —dijo Isabella, alzando la voz para que las mesas cercanas escucharan—. Quería proponer un brindis por mi hermana, Alessandra. No todos saben lo "generosa" que ha sido. De hecho, acabo de enterarme de que tiene un admirador secreto muy poderoso que le da consejos financieros... o quizás algo más.

​Julián dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco. La mandíbula se le tensó. Alessandra sintió que el mundo se detenía.

​—¿De qué hablas, Isabella? —preguntó Julián con voz peligrosa.

​—Oh, Julián, no seas ingenuo —continuó la hermanastra, sacando un sobre de su bolso—. Encontré unos registros en la vieja computadora de la casa. Alessandra ha estado recibiendo transferencias masivas de una firma llamada Blue Phoenix. ¿No es esa la misma empresa que "misteriosamente" te salvó de la quiebra? Qué coincidencia, ¿no? Alessandra tiene contactos que nadie conoce... contactos que quizás cobran sus favores de formas muy... íntimas.

​El salón se quedó en un silencio sepulcral. Las miradas se clavaron en Alessandra, cargadas de juicio. Isabella estaba sugiriendo que Alessandra se había acostado con alguien poderoso para conseguir el dinero para comprar a Julián.

​El contraataque silencioso

​Julián se giró hacia Alessandra, su rostro era una máscara de furia.

—¿Es cierto? —le preguntó en un susurro que vibraba de rabia—. ¿Me salvaste con dinero sucio? ¿Con el dinero de un amante?

​Alessandra sintió que el alma se le escapaba, pero en ese momento, recordó quién era. No era la niña asustada. Era la dueña de Blue Phoenix. Miró a Isabella, que sonreía triunfante, y luego a su padre, quien evitaba su mirada porque sabía que él mismo era quien estaba robando a Julián.

​Alessandra se puso de pie. No gritó. No lloró. Su voz salió clara y firme, proyectándose por todo el salón.

​—Isabella, siempre has tenido una imaginación fascinante para la ficción. Pero si vas a husmear en mis registros, deberías aprender a leer contabilidad básica. Esas transferencias que mencionas no son "pagos", son devoluciones de impuestos de mis inversiones personales. Y en cuanto a Blue Phoenix... —Alessandra hizo una pausa, mirando a Julián directamente a los ojos—... ellos no ayudan a cualquiera. Solo ayudan a quienes tienen potencial, aunque a veces ese potencial esté rodeado de gente que solo quiere hundirlos.

​Alessandra se acercó a su hermanastra y le quitó el sobre de las manos con una elegancia letal.

—Y por cierto, Julián —añadió, volviéndose hacia su esposo—, si crees más en los chismes de pasillo que en la mujer que duerme bajo tu mismo techo, entonces el problema de confianza no es mío. Es tuyo.

​Sin esperar respuesta, Alessandra se dio la vuelta y salió del salón. Pero no se fue a casa. Fue al estacionamiento, entró en su coche y sacó su segundo teléfono.

​—Habla con el equipo de auditoría —dijo fríamente a su contacto en Blue Phoenix—. Quiero las pruebas del robo de mi padre en el escritorio de Julián mañana a primera hora. Se acabó el tiempo de proteger a quienes me escupen.

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