En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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CAPÍTULO CERO
La nieve en Ottawa no era como la de Moscú; era más húmeda, más espesa, como si quisiera atrapar a los transeúntes bajo su manto blanco. Alexandra observaba el paisaje desde el ventanal del gran salón, sosteniendo una taza de café negro que ya se había enfriado.
{No sé por qué me tocó venir a este evento}, pensó con fastidio. El olor a café amargo que desprendía su propia piel se intensificaba, reflejando su humor irritable. Si no fuera por los negocios de su padre y la necesidad de mantener la imagen de la familia Morozov, ella estaría en cualquier otro lugar, lejos de esa gente ruidosa.
Pero si no hubiera venido, jamás la habría conocido.
De pronto, las luces del salón se atenuaron y la tarima principal se iluminó. Un grupo de bailarinas comenzó un baile típico canadiense, pero Alex apenas les prestó atención... hasta que ella apareció.
En el centro de la tarima, una chica comenzó a cantar. Su voz era una melodía suave, clara y tan hipnótica que el ruido del resto del mundo pareció desvanecerse. Para Alex, fue como un hechizo del que no quería despertar. Desde su lugar, pudo percibirlo: un rastro casi imperceptible de vainilla y miel que cortaba el aire gélido del salón. Era el aroma de una Gama, algo raro, algo valioso.
Al acabarse la música, un toque brusco en su hombro la devolvió a la realidad. Era su padre, cuya presencia siempre olía a tabaco y autoridad seca.
—¿Qué tanto miras la tarima? ¿Te gustó el show? —rio él con una frialdad que Alex conocía bien—. O no me digas que su actuación te ablandó el corazón.
—No es nada, padre —respondió ella. Su voz fue cortante, recuperando su máscara calculadora de inmediato.
—Vamos, tenemos negocios por hacer. No te quedes atrás.
Alex lo siguió en silencio, con su elegancia habitual, pero antes de entrar al salón privado, lanzó una última mirada hacia donde estaba la chica desconocida. Rosalie estaba riendo con alguien, su figura irradiaba una energía hiperactiva y confiada.
Alex apretó la mandíbula. El café amargo de su aroma se volvió denso.
El salón privado del club olía a tabaco de alta gama, cuero y el aroma neutro de los Betas que servían las copas. Alexandra estaba sentada en un sillón de terciopelo, rodeada de hombres y mujeres de negocios que hablaban de inversiones en el Ártico y rutas comerciales.
—Los aranceles en el puerto de Montreal son negociables, Alex —decía un Alfa de mediana edad, tratando de captar su atención—. Si firmamos este acuerdo antes de primavera...
Alex asintió mecánicamente, pero no estaba escuchando. Su mirada gélida estaba fija en la puerta de madera tallada por la que había desaparecido la cantante. En su mente, la melodía de Rosalie seguía reproduciéndose en bucle. El aroma a café amargo de Alex se volvió más pesado, casi sofocante, haciendo que los socios a su alrededor se removieran incómodos en sus asientos al olor tan fuerte que salía de ella.