Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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Herencias que no se eligen
Capítulo 18
La madrugada estaba en silencio cuando Matías regresó.
No había disparos.
No había órdenes.
No había hombres armados.
Solo él.
Isabella lo esperaba en la habitación privada de la clínica. No había dormido. No podía. Había algo en el aire, algo que le decía que esa noche no solo se había definido una guerra…
Se había definido un destino.
La puerta se abrió sin ruido.
Matías entró.
Su camisa aún tenía rastros de polvo del almacén. Su expresión era distinta. No cansada. No herida.
Distante.
Ella se levantó lentamente.
—¿Terminó?
Matías dejó el arma sobre la mesa. El sonido metálico fue seco.
—No.
Caminó hasta el ventanal.
—Pero cambió.
Isabella se acercó despacio.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Y Diego?
—También.
Un pequeño alivio cruzó su rostro, pero desapareció rápido.
—¿Quién era?
Silencio.
Matías apoyó las manos en el vidrio.
—Mi tío.
Isabella sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué?
—Octavio Morello. Socio de mi padre. Oficialmente muerto desde hace ocho años.
Ella tardó unos segundos en procesarlo.
—Entonces esto… siempre fue familia.
—Siempre lo es.
—
Se hizo un silencio pesado entre ellos.
Isabella lo observaba como si estuviera intentando ver más allá del hombre que tenía frente a ella.
—Nunca me hablaste de tus padres —dijo suavemente.
Matías no respondió de inmediato.
Porque hablar de su padre era hablar del origen de todo.
Y hablar de su madre…
Era tocar la única parte intacta de su historia.
—
—Mi padre era un estratega brillante —empezó finalmente—. Frío. Calculador. Implacable.
Se giró hacia ella.
—Pero también sabía cuándo no cruzar ciertas líneas.
Isabella inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso no es lo que la gente dice de los hombres como él.
Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Matías.
—La gente nunca conoce la verdad completa.
Caminó hasta sentarse en el borde de la cama.
—Mi madre era diferente.
Su voz cambió.
Se volvió más baja.
Más humana.
—Ella nunca quiso este mundo.
Isabella se sentó frente a él.
—¿Sabía todo?
—Sí.
—¿Y se quedó?
Matías sostuvo su mirada.
—Se quedó por mí.
Silencio.
—Mi padre la amaba —continuó—. Pero amaba el poder más.
Esa frase cayó como una sentencia heredada.
—Cuando yo tenía quince años, hubo una guerra interna. Un levantamiento pequeño… como este.
Isabella no lo interrumpió.
—Octavio y mi padre no estaban de acuerdo en cómo manejarlo. Mi padre eligió aplastar. Octavio quería negociar. Perdió la votación interna.
Matías apretó ligeramente los puños.
—Esa misma noche, explotó el coche de mi madre.
El corazón de Isabella se detuvo.
—¿Ella…?
—No murió.
Respiró hondo.
—Pero nunca volvió a ser la misma.
La habitación se volvió más pequeña.
—Fue el mensaje. No era contra ella. Era contra él.
Isabella entendió de inmediato.
El poder siempre cobra.
—Mi padre respondió con masacres públicas. Terribles. Brutales. Pensó que el miedo solucionaría todo.
—¿Funcionó?
Matías negó lentamente.
—Por un tiempo.
Y ahí estaba el problema.
El miedo siempre funciona.
Hasta que deja de hacerlo.
—
—Mi madre se fue un año después —dijo Matías en voz baja—. No soportó en quién se estaba convirtiendo él… ni en quién podía convertirme yo.
Isabella sintió un nudo en la garganta.
—¿La volviste a ver?
—Sí.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Una vez al año. En secreto. Hasta que murió.
Esa última frase fue casi un susurro.
Ella se acercó más.
—¿De qué?
—Cáncer.
Silencio.
—Nunca quiso protección. Nunca quiso dinero. Solo quería una promesa.
Isabella sostuvo su mirada.
—¿Cuál?
Matías tardó unos segundos en responder.
—Que no permitiría que el poder me quitara el alma.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Ahora todo tenía sentido.
La decisión en el almacén.
El arma bajada.
La elección de no disparar.
No era debilidad.
Era memoria.
—
Isabella tomó su mano.
—Y hoy elegiste eso.
Matías la miró.
—Hoy elegí no convertirme en mi padre.
—Eso no te hace menos fuerte.
—En este mundo… puede que sí.
Ella negó con firmeza.
—No. Te hace diferente.
Matías apoyó la frente contra la de ella.
—Octavio cree que el imperio necesita terror.
—¿Y tú?
—Creo que necesita estabilidad.
—Eso no es lo mismo que suavidad.
Él sonrió apenas.
—Me gusta cómo piensas.
—
Pero la tensión no desaparecía.
—Hay algo más —dijo Isabella.
Matías la miró con atención.
—Octavio no mencionó a mi madre por casualidad.
No.
Claro que no.
Isabella entendió antes de que él lo dijera.
—Sabe que yo soy tu línea roja.
Matías no respondió.
Y ese silencio lo confirmó todo.
—
—¿Crees que intentará algo conmigo otra vez? —preguntó ella sin dramatismo.
Matías la sostuvo con ambas manos.
—Si lo hace… no voy a dudar.
Ella buscó sus ojos.
—¿En qué?
—En cruzar la línea que hoy no crucé.
Y ahí estaba el verdadero peligro.
No era que Matías fuera débil.
Era que estaba conteniéndose.
Y esa contención tenía un límite.
—
Isabella respiró profundo.
—Entonces escúchame bien.
Él la miró con atención absoluta.
—No quiero ser la razón por la que pierdas la promesa que le hiciste a tu madre.
Eso lo golpeó más fuerte que cualquier bala.
—No eres una razón —dijo él con firmeza—. Eres mi elección.
—Y si tu elección te convierte en lo que juraste no ser…
El silencio se volvió íntimo.
Doloroso.
Real.
Matías levantó la mano y acarició su mejilla.
—Si llega ese día… tú serás quien me detenga.
Isabella sintió el peso de esa responsabilidad.
Y también el amor detrás de ella.
—
Horas después, cuando finalmente se recostaron, no hubo pasión.
No hubo urgencia.
Solo cercanía.
Matías rodeó su cuerpo con el brazo con cuidado, protegiendo aún la herida.
—Mi padre murió creyendo que el miedo era suficiente —murmuró él.
—¿Y tú?
—Yo quiero que cuando mi nombre se pronuncie… no solo inspire temor.
—¿Qué más?
Él besó su cabello.
—Respeto.
—
Pero en una habitación aislada del mismo edificio…
Octavio sonreía.
Porque conocía algo que Matías aún no veía.
No se puede liderar un imperio criminal sin ensuciarse las manos.
Y tarde o temprano…
El pasado siempre cobra.