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Casada con el hijo del alcalde

Casada con el hijo del alcalde

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:151
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.

Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.

El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.

Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.

Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.

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Episodio 11

Esa mañana, Álvar acababa de sacar la motocicleta al patio cuando la voz de Clara se oyó desde la terraza.

—¡Álvar!

Álvar se detuvo y giró la cabeza, visiblemente sorprendido al escuchar aquel llamado: cortés, suave, casi extraño a sus oídos.

Clara se acercó con pasos cautelosos. Ese día su rostro lucía más despejado. Llevaba el cabello recogido con sencillez, unos jeans hasta la rodilla y una camisa de manga larga en tono claro.

—¿Puedo ir contigo al arrozal? —preguntó—. Te prometo que no voy a estorbar.

Álvar la observó un instante, luego bajó la mirada hacia sus pies.

—¿Ya se te curó el pie?

Clara asintió de inmediato.

—Sí, solo me queda un poco de molestia, pero aguanto bien.

Su tono sonaba convincente. Incluso había un pequeño entusiasmo que no intentaba disimular.

Álvar soltó un suspiro breve.

—Está bien. Pero si te cansas, me avisas.

Los ojos de Clara se iluminaron al instante.

—Gracias.

Álvar subió primero a la moto y luego giró la cabeza.

—Sube.

Clara se quedó inmóvil; la duda se le notaba en la cara. Sin embargo, tras unos segundos, terminó sentándose detrás. La distancia entre ambos seguía siendo rígida, demasiado amplia para llamarla cercanía.

—Agárrate, o te vas a caer —dijo Álvar con sequedad—. Agárrate de mi cintura.

El rostro de Clara enrojeció de golpe. Levantó las manos con titubeo y posó apenas las yemas de los dedos a los costados de la cintura de Álvar. La moto aún no arrancaba.

—Con fuerza —añadió él sin voltear.

Conteniendo la respiración, Clara terminó por aferrarse con más firmeza. El corazón le latía desbocado, no por miedo a caerse, sino por una distancia que de pronto se sentía demasiado corta.

Desde la ventana, Doña Susana lo observaba todo. Una sonrisa discreta le brotó en el rostro cuando la motocicleta por fin arrancó, dejando atrás el patio todavía húmedo por el rocío de la mañana.

En el camino hacia el arrozal, la brisa matutina acariciaba el rostro de Clara. Desde que había llegado a la aldea, sentía el deseo genuino de intentar estar al lado del hombre que iba delante de ella.

El sol aún no estaba alto cuando Álvar y Clara recorrían el terraplén del arrozal. La extensión verde se desplegaba hasta donde alcanzaba la vista; el viento mecía los brotes tiernos de arroz, que ondulaban con suavidad.

—Cuidado —dijo Álvar escuetamente—. El terraplén está resbaloso.

Clara asintió y bajó la mirada para vigilar sus pasos. De vez en cuando, sin darse cuenta, caminaba un poco más cerca de Álvar.

—Álvar… —Clara rompió el silencio tras un rato de calma—. ¿Vienes al arrozal todos los días?

—Sí —respondió él—. Desde siempre.

—¿No te cansas?

Álvar la miró de reojo.

—Cuando ya estás acostumbrado, el cansancio ni se siente.

Clara esbozó una sonrisa pequeña.

—Entonces yo soy la consentida.

—No necesariamente —contestó Álvar con tono parco, aunque más suave que de costumbre—. Simplemente no estás acostumbrada.

Esas palabras sencillas hicieron que Clara se quedara callada un momento. Contempló el arrozal que se mecía con la brisa.

—Si aprendo… —dijo vacilante— ¿crees que yo también podría acostumbrarme?

Álvar se detuvo. La miró.

—Claro. Cualquiera puede aprender, si quiere.

Sus miradas se encontraron un instante, y luego Álvar retomó la marcha. Pero ahora sus pasos eran más lentos, acomodándose al ritmo de Clara.

No muy lejos de allí, varias jóvenes de la aldea que cortaban hierba se detuvieron un momento. Cuchicheaban entre ellas mientras lanzaban miradas hacia el terraplén.

—¿Esa es la señorita Clara, la esposa de Álvar?

—Sí. Yo pensaba que no iba a aguantar en la aldea.

—Mira, va caminando con Álvar. Hasta parecen buena pareja.

Una señora de mediana edad que cargaba un sombrero de paja terció:

—La muchacha es educada. Hace rato me saludó primero.

Clara alcanzó a oír los murmullos. Se le enrojecieron las mejillas, no por sentirse juzgada, sino porque no se lo esperaba. Bajó la cabeza y jugueteó con el borde de su camisa.

—¿Por qué ellas…? —murmuró en voz baja.

Álvar esbozó una sonrisa tenue.

—La gente de aquí solo tiene curiosidad. Eres nueva.

—¿Me veo rara?

—No —Álvar negó con la cabeza—. Te ves… como alguien que se esfuerza por integrarse.

Esa respuesta hizo que Clara se detuviera otra vez.

—Álvar… gracias.

Él volteó, un poco desconcertado.

—¿Por qué?

—Porque… no me tratas como a una extraña.

Álvar no respondió de inmediato. Se limitó a contemplar el arrozal frente a él y luego dijo en voz baja:

—Eres mi esposa. No eres ninguna extraña.

La frase era simple, pero le calentó el pecho a Clara.

A lo lejos, los murmullos de los vecinos se convirtieron en sonrisas.

Álvar se detuvo al borde de una parcela y clavó el azadón en la tierra.

—Quédate aquí —le dijo—. No bajes al lodo.

Clara asintió enseguida. Pero después de ver a Álvar trabajar, se sintió incómoda solo de pie sin hacer nada.

—Álvar… ¿puedo ayudar en algo? —preguntó.

Álvar la miró con reserva.

—El arrozal no es un juego. Es bastante resbaloso.

—Te prometo que voy con cuidado.

Antes de que Álvar pudiera prohibírselo de nuevo, Clara ya había bajado. El lodo estaba frío, blando, y al instante le provocó un pequeño sobresalto.

—¡Oh!

Álvar se acercó por reflejo.

—Despacio.

Clara intentó imitar los movimientos de Álvar, arrancando hierbas silvestres de entre las matas de arroz. Los primeros minutos transcurrieron sin problema, hasta que de repente el pie se le resbaló.

—¡Ah!

El cuerpo de Clara se ladeó. Sin pensarlo dos veces, Álvar soltó el azadón y le agarró el brazo. Con una mano le sujetó la cintura, evitando que cayera al barro.

—¡Clara!

Sus rostros quedaron muy cerca. Clara contuvo el aliento, los ojos abiertos de par en par. Sus manos se aferraron por instinto a los hombros de Álvar.

—Perdón… yo…

—Calla —la cortó Álvar con rapidez—. Agárrate.

La sostuvo unos segundos hasta que ambos recuperaron el equilibrio. Su mano seguía en la cintura de Clara, y solo lo advirtió cuando su propio corazón latía demasiado rápido.

Poco a poco, Álvar la soltó.

—Ya te dije que esto resbala.

Clara bajó la cabeza; el rubor le cubría la cara.

—Solo quería ayudar.

Álvar suspiró, pero esta vez sin brusquedad.

—Tu intención es buena, pero no te fuerces tanto.

Sacó un pañuelo del bolsillo y, sin decir mucho, le limpió el lodo de las manos a Clara. Sus movimientos eran torpes, pero cuidadosos.

Desde el terraplén de enfrente, varios vecinos observaban.

—¿Ese es Álvar? Rápido le fue a ayudar a su esposa.

—Pero si él siempre es tan frío.

—Se nota que la cuida mucho.

Una señora sonrió mientras se acomodaba el sombrero de paja.

—Es que la quiere. Solo que el muchacho no habla mucho.

Clara también escuchó aquellos comentarios. Miró de reojo a Álvar y enseguida desvió el rostro.

—Álvar… te estoy causando molestias, ¿verdad?

Álvar negó con la cabeza.

—No. Pero de ahora en adelante, si quieres ayudar, avísame primero.

—Entendido —respondió Clara con ligereza, y esta vez sonrió.

Álvar volvió a su trabajo, pero ahora su posición estaba un poco más cerca de Clara, como si inconscientemente se asegurara de que ella estuviera a salvo.

El sol ya se inclinaba hacia el poniente cuando emprendieron el regreso por el terraplén hacia el camino de la aldea. Clara cojeaba un poco, pero su rostro estaba radiante. La ropa le quedaba salpicada de lodo, el pelo recogido de cualquier manera; lucía completamente distinta de la Clara citadina de antes.

Cerca del puentecito, un joven de la aldea les cerró el paso.

—¿Usted es la señorita Clara, verdad? —la saludó con simpatía—. Dicen que viene de la ciudad. No me imaginaba que le fuera a gustar el campo.

Clara sonrió con cortesía.

—Sí, todavía estoy aprendiendo.

El joven soltó una risita.

—Qué bien. Es raro que alguien quiera venir al arrozal así.

Álvar, que caminaba junto a Clara, se detuvo en seco. La mandíbula se le tensó, pero no dijo una sola palabra. Su mirada apuntaba al frente, fría. Clara lo notó; le lanzó una ojeada fugaz y enseguida corrigió su actitud.

—Álvar me enseñó —dijo Clara con presteza—. Yo solo lo acompaño.

Mencionó a Álvar a propósito, trazando una línea clara.

El joven asintió y se volvió hacia Álvar.

—Álvar, su esposa se adapta rápido.

—Hm —fue toda la respuesta de Álvar.

Ni una sonrisa, ni cortesías. Clara percibió que el ambiente se endurecía. Inclinó levemente la cabeza y dijo con amabilidad:

—Nosotros nos vamos ya.

El joven se despidió y se fue. Cuando la distancia fue suficiente, Clara exhaló un suspiro pequeño. Álvar reanudó la marcha sin esperarla. Su expresión seguía impasible, fría como la tierra del arrozal que aún no ha recibido el sol.

—Álvar… —lo llamó Clara en voz baja.

No hubo respuesta. Unos pasos después, Clara lo alcanzó.

—Solo le contesté por educación. No quiero que la gente de la aldea diga que no supiste educar a tu esposa.

Álvar se detuvo y la miró.

—Yo no me avergüenzo —dijo sin inflexión.

—Entonces, ¿por qué esa cara?

Álvar guardó silencio unos segundos; los puños se le cerraron y luego se aflojaron.

—La próxima vez —dijo al fin— no sonrías tanto a los demás.

La frase fue suave, pero firme. Clara se quedó callada y, en lugar de enojarse, asintió levemente.

—Está bien.

Siguieron caminando. La distancia entre ellos se abrió un momento, y luego, sin advertirlo, Álvar aminoró el paso hasta quedar otra vez a la par de Clara.

Desde lejos, varias señoras de la aldea los observaban.

—Álvar está celoso, ¿verdad?

—Sí, pero a su manera. Es callado, pero se le nota.

—Su esposa es lista. No arma escenas.

De pronto, alguien que acababa de pasar por allí les habló.

—¿Qué están mirando, señoras?

—¡Ay, doctora Ester! Mire, ahí va Álvar de regreso con su esposa de la ciudad. La muchacha es simpática y bonita.

Ester, al escuchar aquello, no pudo disimular su desagrado. Dirigió la mirada hacia donde señalaban las mujeres: Álvar y su esposa iban juntos en la motocicleta.

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