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Papá Por Accidente

Papá Por Accidente

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Malentendidos / Aventura
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Migu

La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.

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Capitulo 2

El bajo de la música te sintonizaba las costillas. No era un sonido que se escuchara; era algo que te golpeaba el pecho, una vibración pesada que te obligaba a moverte, a sudar, a perder la noción del tiempo y del espacio. La casa en las afueras, una mole de cemento gris que alguien había dejado a mitad de construir antes de que la burbuja inmobiliaria estallara, se había convertido en el epicentro de la noche. Estaba hasta el tope. Cientos de cuerpos apretados, vasos rojos de plástico volando por los aires, risas histéricas y un olor denso a alcohol barato, sudor y marihuana que se pegaba a la ropa como una segunda piel.

—¡Arriba ese vaso, Esteban! —gritó Lucas, apareciendo de la nada con una botella de tequila medio vacía en la mano y los ojos inyectados en sangre por el cansancio y la fiesta—. ¡Te dije que esta gente no decepcionaba! ¡Mira esto! ¡Esto es vida, hermano!

Asentí con una sonrisa estúpida, sintiendo el calor del alcohol quemándome la garganta. Llevábamos horas allí. O días. Ya no importaba. El reloj de mi mente se había roto hacía al menos cuatro cervezas. Para mí, el mundo se reducía a ese preciso instante: luces estroboscópicas de colores violeta y verde que cortaban la oscuridad, destellos de rostros sudorosos que aparecían y desaparecían, y la absoluta y reconfortante certeza de que no tenía que rendirle cuentas a nadie. Ni a la universidad, ni a mis padres, ni a mi conciencia. El tiempo no existía. Las consecuencias eran un invento de los adultos aburridos.

Bebí otro trago largo, sintiendo cómo el líquido ardiente me recorría el cuerpo y me desconectaba los últimos cables de la razón. La música electrónica retumbaba en mis sienes, convirtiendo mis pensamientos en un zumbido borroso y agradable. Decidí alejarme un poco de la sala principal, donde la masa humana se empujaba y saltaba sin control, buscando algo de aire fresco o, al menos, un baño donde no hubiera tres personas haciendo fila.

Me deslicé por un pasillo oscuro, iluminado únicamente por los destellos lejanos de las luces de la fiesta. Las paredes de la casa abandonada estaban llenas de grafitis absurdos y mensajes sin sentido. Abrí un par de puertas al azar, encontrando habitaciones vacías, botellas rotas y parejas besándose en las esquinas con desesperación. Iba a dar media vuelta para regresar con Lucas cuando escuché una risa.

No era la risa escandalosa de las chicas en la sala. Era baja, un poco sarcástica, casi como un eco solitario en medio del desastre.

Me detuve frente a una puerta semiabierta al final del pasillo. Dudé un segundo, impulsado por esa curiosidad estúpida que da el alcohol, y empujé la madera con la punta de los dedos. La habitación era pequeña, polvorienta y fría, con una ventana rota que dejaba pasar una brisa helada de la madrugada. Y allí estaba ella.

Estaba sentada en el alféizar de la ventana, con las piernas cruzadas y una chamarra de mezclilla oversized que le quedaba enorme. Tenía el cabello oscuro revuelto por el viento y una mirada que, a pesar de la penumbra, brillaba con una intensidad desconcertante. No parecía estar disfrutando de la fiesta; parecía estar observándola desde otro planeta, como si todo aquello le importara un bardo.

—¿Te perdiste, chico fiesta, o solo te gusta abrir puertas ajenas? —preguntó ella con una voz ronca, ladeando la cabeza mientras me examinaba de arriba a abajo con una mezcla de diversión y desdén.

Me quedé mudo por un instante. El alcohol me había quitado los filtros, pero esa chica tenía algo que me descolocó por completo. No encajaba con el estereotipo de las chicas que solían frecuentar estos antros.

—Digamos que buscaba un poco de paz en medio del manicomio —respondí, apoyándome contra el marco de la puerta con lo que intenté que fuera una postura segura y encantadora—. Aunque creo que acabo de encontrar otro tipo de manicomio.

Ella soltó una carcajada corta, bajó del alféizar con un movimiento ágil y dio un paso hacia mí. El perfume que llevaba —a vainilla amarga y humo de cigarrillo mentolado— se mezcló con el olor a alcohol que yo exhalaba.

—Pues qué mal plan el tuyo, porque conmigo no vas a encontrar paz —dijo, deteniéndose a pocos centímetros de distancia, levantando la barbilla para mirarme a los ojos—. Aquí solo hay ruido.

No recuerdo quién dio el primer paso. A veces el cerebro humano borra las transiciones lógicas cuando está ahogado en tequila, dejando solo destellos sensoriales inconexos. Recuerdo el tacto frío de sus manos de cristal contra la piel caliente de mi cuello. Recuerdo la urgencia repentina, un impulso animal y caótico que nada tenía que ver con el afecto, sino con el puro instinto de escapar de todo lo demás. Sus labios fríos chocando contra los míos con una fuerza desesperada, como si el mundo fuera a acabarse en los próximos cinco minutos.

Nos movimos hacia la penumbra de la habitación, derribando el espacio entre ambos con una torpeza alimentada por los excesos. No hubo nombres, no hubo preguntas sobre qué estudiábamos, ni de dónde éramos, ni qué esperábamos de la vida. Fue un choque de cuerpos impulsivo, una conexión fugaz, intensa y borrosa, enmarcada por los bajos lejanos de la música que seguía retumbando en los cimientos de la casa abandonada. Entre susurros cortados, respiraciones agitadas y un caos total de sentidos, el tiempo se detuvo por completo.

Lo siguiente que mi cerebro registró fue una luz blanca, violenta y asesina, que se filtraba a través de las cortinas sucias de mi propia habitación.

Abrí los ojos de golpe y un dolor agudo, como si un martillo invisible me golpeara las sienes desde adentro, me obligó a cerrar los párpados de inmediato. Gemí en voz baja, llevándome las manos a la cabeza mientras la boca me sabía a ceniza pura y a alcohol rancio.

—Mierda… mi cabeza —balbuceé con la voz destrozada.

Me incorporé lentamente sobre el colchón revuelto, tiritando por el frío de la mañana. Miré a mi alrededor con los ojos medio abiertos. La habitación estaba en silencio. Absolutamente en silencio. Las paredes de mi cuarto, los pósteres de bandas de rock, la ropa tirada en el suelo junto a la silla de escritorio. Estaba solo. No había nadie más en la cama, ni en la habitación, ni en la casa, a juzgar por el silencio sepulcral que venía del piso de abajo.

Fruncé el ceño, intentando armar el rompecabezas de cómo había llegado hasta mi cama. ¿Me había traído Lucas? ¿Había manejado yo en ese estado? Lo peor no era el trayecto; lo peor intentando buscar en los rincones más oscuros y brumosos de mi memoria de la noche anterior.

Pasé las manos por mi cara, frotándome los ojos con desesperación. Quise recordar su rostro. Quise buscar algún detalle, un rasgo distintivo, el color exacto de sus ojos, el sonido de su apellido, o al menos su nombre. Pero no había nada. Solo una negrura espesa y densa, interrumpida por destellos caóticos de luces estroboscópicas y un perfume a vainilla que parecía evaporarse en el aire.

Me levanté tambaleándome, con el estómago revuelto, y caminé hacia el baño para lavarme la cara con agua helada. Al verme al espejo, con las ojeras marcadas, el cabello hecho un desastre y la resaca golpeando cada célula de mi cuerpo, sentí un escalofrío extraño en la espalda. No sabía quién era ella. No sabía su nombre. No sabía nada. En ese momento, creí que había sido solo una anécdota más de fin de semana, una locura estúpida de borracho que se borraría con un par de aspirinas. No tenía la más remota idea de que aquella noche vacía e irresponsable iba a marcar el inicio de un cataclismo del que jamás volvería a salir ileso.

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Cliente anónimo
Quiero leerla , se ve interesante
bruja de la imaginación 👿😇
q manera de llorar 😭 senti como si su dolor fuera mío
bruja de la imaginación 👿😇
ay no😭😭 por favor
Jazmín Adriana Muelas Morales
me encanta 😍es hermoso como muestra todo lo que puede llegar a pasar
Jazmín Adriana Muelas Morales
me alegro 🥰 todo esfuerzo tiene recompensa 👏
bruja de la imaginación 👿😇
me encantó está historia y más está parte donde le explican a veces los adultos intentan tapar verdades o mentirle a los niños Pero verdaderamente no es necesario darles la cruda realidad Pero tampoco envolverlos en cuentos de hadas con paciencia y amor ellos pueden comprender
bruja de la imaginación 👿😇
me encantó está historia 🥰
Kookie
que chico más irresponsable algún día tendrá consecuencias
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