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Destinada al Alfa que Rechazó el Vínculo

Destinada al Alfa que Rechazó el Vínculo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Hombre lobo / Reencarnación / Completas
Popularitas:671
Nilai: 5
nombre de autor: Rosana Lyra

Él la rechazó. Ella decidió hacerlo caer de rodillas.

Cillian Voss es el Alfa de Luna Roja: multimillonario, controlador y roto por dentro. Hace más de dos décadas enterró a la mujer que amaba y, con ella, cualquier intento de volver a sentir. Su manada lo respeta. Sus enemigos lo temen. Pero nadie conoce al hombre herido que se esconde tras esa mirada helada.

Aurora Hale, futura Alfa de Estrella de la Mañana, nunca fue de las que bajan la cabeza. Inteligente, provocadora y peligrosamente decidida, creció aprendiendo a moverse entre el poder, el orgullo y la manipulación.

Durante la celebración de la Luna Azul, un vínculo imposible despierta entre los dos.

¿El problema? Cillian se niega a aceptarlo.

Para él, el destino es una maldición cruel. Para Aurora, el rechazo es apenas el comienzo del juego.

Mientras el deseo crece de forma obsesiva y sus lobos se resisten a la separación, ella toma una decisión: no será la mujer que le ruega al Alfa de Luna Roja. Hará algo mucho más peligroso.

Lo hará perder el control.

Porque hay lazos que no se pueden romper. Y hay Alfas que terminan de rodillas antes siquiera de darse cuenta de que están enamorados.

NovelToon tiene autorización de Rosana Lyra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

El tiempo pasó.

La comida se enfriaba despacio, el vino bajaba más rápido de lo que había planeado. Cuando oí pasos en la escalera, dejé la copa sobre la mesa, listo para reclamar la tardanza, para hacer algún comentario sobre la puntualidad.

Volteé la cara. Perdí la voz. El aire. La paz. La razón. El equilibrio. Todo mi maldito ser. Aurora entró en la sala como si hubiera planeado cada detalle.

Llevaba un camisón negro, casi transparente. La tela terminaba al comienzo de los muslos, dejando las piernas totalmente expuestas a mi vista. El escote bajaba justo hasta el punto exacto para mostrar la forma perfecta de sus senos redondos, sin ser vulgar, pero lejos de ser inocente. La luz de la sala parecía hecha para resbalar por su cuerpo.

La boca habló antes que el cerebro.

—Carajo, Aurora, no soy de piedra —solté—. ¿Quieres joderme la mente?

Sonrió.

—Sí, quiero —respondió, sin parpadear—. Pero también quiero cogerte.

El corazón se me detuvo un segundo.

—En el sentido bíblico, claro —completó, como si eso suavizara algo.

Reuní un resto de fuerza que no sabía que aún tenía.

—Siéntate —ordené, señalando la silla frente a mí.

Obedeció, con la sonrisa de quien sabe que ya ganó la mitad de la batalla solo por existir de esa manera.

Fue, sin exagerar, la cena más difícil que había tenido.

Yo intentaba mirar el plato, hablar de cosas prácticas, mantener el control, pero la tela fina del camisón se movía con cada respiración, con cada bocado, revelando más piel, más curva, más tentación.

Aurora comía despacio, saboreando cada pedazo de lasaña, tomando un sorbo de vino de vez en cuando, tranquila. Yo, en cambio, acabé con toda la botella mientras ella seguía en la primera copa.

Cuando terminamos, recogí los platos y las copas, lo llevé todo al fregadero, dejándolo en la cocina. Cualquier cosa para mantenerme de pie, lejos, en movimiento.

Cuando volví a la sala, se apagó la luz.

Todo quedó a oscuras de golpe, y solo se oía la lluvia. Fue entonces cuando noté que había aumentado de intensidad. El ruido de las gotas en el techo se mezclaba ahora con el viento fuerte golpeando las ventanas, haciendo vibrar levemente los vidrios. La tormenta se había tragado la noche.

Aurora estaba de pie, junto al ventanal de la sala, mirando la lluvia afuera como si fuera un espectáculo privado. El camisón negro dibujaba su silueta a contraluz, y por un segundo quise culpar al apagón por todo lo que sintió mi cuerpo.

Me acerqué unos pasos.

—Ve a acostarte —dije, deteniéndome a su lado—. A veces la luz tarda en volver. Y lo único que se puede hacer sin electricidad es dormir.

No apartó los ojos de la lluvia.

—No estoy de acuerdo —dijo, tranquila.

—¿Con qué, exactamente? —pregunté, sabiendo ya que no me iba a gustar la respuesta.

Se giró despacio y caminó hacia mí con pasos lentos, medidos.

—Con que no haya nada más que hacer —respondió.

Cuando estuvo lo bastante cerca, me empujó el pecho con las dos manos. No lo esperaba. Caí sentado en el sofá detrás de mí, con el cuerpo hundiéndose en el tapizado.

No tuve tiempo de pensar, de evitarlo, de discutir.

Se sentó en mi regazo sin ceremonias, con una rodilla a cada lado, acoplando su cuerpo al mío como si fuera el lugar más natural del mundo. Me sostuvo el rostro entre las manos y me besó.

No fue un beso tímido. Fue exigente. Abierto. Cálido.

Toda la tensión que había estado conteniendo desde el claro estalló ahí, en la oscuridad, con su boca invitando a la mía a una clase de paraíso que yo no debía visitar, pero que no logré rechazar.

El camisón no escondía nada. Sentía su piel desnuda, suave, caliente, rozando la mía conforme se movía, instintiva, a un ritmo que hacía que cualquier pensamiento racional se perdiera. Aurora movía las caderas sobre mí, se frotaba contra mí de una forma que ni un santo habría resistido la tentación de cometer el pecado.

Dejé que el control se me escurriera entre los dedos.

Mis manos subieron por su espalda, bajaron por la cintura, la atrajeron todavía más. Mis labios abandonaron su boca y fueron al cuello, sintiendo su pulso acelerarse bajo mi lengua. Bajé al hombro, mordiendo con suavidad, marcando la piel, oyendo el sonido que ella hacía cuando el placer llegaba en oleadas.

Ella correspondía. Sus labios recorrían mi mandíbula, mi cuello, el punto sensible bajo la oreja. Sus manos exploraban mi espalda, mis hombros, mi pecho.

Y entonces lo sentí. No como hombre. Como lobo. Sus dientes en la curva entre mi cuello y mi hombro.

No fue una mordida casual. No fue un beso más fuerte. Fue firme, justo en el lugar exacto donde se sella un lazo. La presión, el calor, la intención.

Aurora me estaba marcando. Mi cuerpo se congeló. La sujeté con fuerza por los hombros y la separé un poco, lo suficiente para verle la cara.

Sus ojos ya no eran solo ámbar. Estaban dorados, brillando con la luz de la tormenta de afuera, reflejo de lo que Irys traía a la superficie. Los caninos alargados delataban a la loba. La sonrisa satisfecha de quien acababa de hacerlo.

Había iniciado algo que yo sabía que no sería fácil evitar. Aurora acababa de atar mi vida a la suya.

Y yo no estaba seguro de querer luchar… o de por fin ceder.

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