Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 7
El grito de Selma desgarró la fría atmósfera de la noche, cayendo como una sentencia de muerte sobre los hombros de Serena.
Las palabras flotaron en el aire, suspendidas entre los pinos y el eco lejano de los invitados que se apiñaban en la entrada de la terraza, conteniendo el aliento. James, arrodillado junto al cuerpo sin vida de su hermano menor, sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Sus manos se movieron con torpeza para buscar el pulso en el cuello de Jacob, pero sus dedos solo encontraron una piel helada y la rigidez implacable de la muerte.
—Jacob... —murmuró James, con la voz quebrada por un dolor tan profundo que parecía arrancado de su propio pecho. El rugido ahogado de su lobo interior resonó en su mente, un aullido de pérdida y desesperación que amenazaba con desgarrarle la consciencia.
Levantó la vista lentamente. Sus ojos dorados, habitualmente serenos, estaban inyectados en sangre y oscurecidos por el luto. Giró el rostro hacia Serena.
La chica seguía inmóvil, arrodillada en el barro, con las manos y el vestido de seda marfil completamente teñidos del rojo carmesí de Jacob. Su pecho subía y bajaba en respiraciones cortas y desesperadas, mientras las lágrimas surcaban su rostro pálido.
—Yo no... Yo no fui... ¡Intenté salvarlo! —balbuceó Serena, con la voz rota por el llanto, estirando las manos manchadas hacia James como una súplica de clemencia—. ¡Cuando llegué, él ya estaba así! ¡Tienen que creerme!
—¡Mientes! —estalló Selma, adelantándose un paso con los ojos anegados en lágrimas.
Pero esas lágrimas no eran solo de actuación; eran de un pánico real, visceral y desgarrador. Mientras observaba el cuerpo inertes de Jacob cubierto por la chaqueta de terciopelo borgoña, el mundo de Selma se había derrumbado en mil pedazos. No. No era él a quien debían matar. Ella había ordenado eliminar a James para librarse de su matrimonio y quedarse con Jacob. En su mente enferma, Jacob era el único hombre al que amaba con una pasión obsesiva y enfermiza. Ahora, por un estúpido error en la oscuridad, el hombre de su vida estaba muerto, y ella seguía atada a su esposo.
El dolor de haber perdido a Jacob le quemaba las entrañas de verdad, pero la furia ciega contra la forastera que "se lo había arrebatado" le dio la fuerza necesaria para gritar con una rabia desquiciada:
—¡Nadie más estaba aquí! ¡La única forastera en esta mansión, la única que codiciaba al Alfa y quería corromper esta casa, es ella! ¡Mira sus manos, James! ¡Están cubiertas de su sangre!
La matriarca Karen, apoyada contra el marco de la puerta con el rostro contraído por el dolor y la furia, exhaló un suspiro gutural y tembloroso. La pérdida de su hijo menor la había envejecido diez años en un segundo. El dolor se convirtió en un veneno helado en su mirada.
—Llévensela —ordenó Karen con una voz gélida y absolutamente implacable que hizo que los guardias de seguridad de la manada se adelantaran de inmediato—. Encierren a la asesina en las celdas subterráneas. Ella no volverá a ver la luz del día hasta que el consejo decida su ejecución.
—¡No! ¡Por favor, déjenme explicarles! ¡Jacob era mi... mate! ¡Yo nunca le haría daño! —gritó Serena, desesperada, mientras dos guardias corpulentos la tomaban de los brazos para levantarla a la fuerza.
Los forcejeos de Serena fueron inútiles. Sus botas arrastraron el lodo y la sangre mientras se la llevaban lejos de la escena, cruzando la terraza ante la mirada atónita y acusatoria de los invitados. Sus gritos se fueron apagando conforme la adentraban hacia el calabozo de la mansión.
En el sendero, el silencio volvió a instalarse, roto únicamente por el viento helado de la montaña.
James seguía de rodillas junto al cuerpo de su hermano. Su mente era un torbellino de incredulidad y dolor salvaje. No cabía en su cabeza el motivo. ¿Por qué? ¿Qué razón tendría Serena para asesinar a Jacob si se supone que el lazo de la luna los unía? El desconcierto y la traición ardían en su interior como ácido. Para él, la culpa de Serena era absoluta e indiscutible; ella estaba allí, con las manos manchadas, sin nadie más alrededor.
Selma se acercó con pasos lentos y temblorosos, arrodillándose a su lado. Le colocó una mano en el hombro, ocultando el temblor real de sus dedos. Por dentro, su corazón sangraba por Jacob, pero su mente calculadora ya entendía que debía mantener su fachada a salvo.
—James... mi amor, levántate. No puedes quedarte aquí —susurró Selma, con la voz ahogada por un dolor genuino que el resto interpretaría como empatía hacia su esposo, pero que en realidad era el luto secreto por el hombre que ella misma había mandado a matar por error.
James levantó la mirada hacia su esposa. Sus ojos dorados reflejaban una oscuridad fría y absoluta. El dolor de perder a su hermano menor lo había transformado en cosa de segundos. Lentamente, se puso de pie, ayudando a Selma a incorporarse.
—La manada entera sabrá lo que hizo esta noche —susurró James con una voz ronca, profunda y letal que heló la sangre de todos los presentes—. Que preparen las cadenas. Ella pagará por esto con su vida.