Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Aria Vizconti 1
Aria Vizconti.
Diecinueve años.
La hija menor de una familia noble del reino de Vagur.
La hermana pequeña de un conde poderoso.
Una joven hermosa, consentida y famosa por su gusto exquisito para la moda.
Y, al parecer, una auténtica experta en conseguir todo lo que quería.
Las imágenes comenzaron a sucederse con mayor rapidez.
Aria sentada en un salón, mientras su hermano mayor escuchaba sus peticiones con una expresión resignada.
—Quiero un vestido nuevo.
—Te compré tres vestidos la semana pasada.
—Eran para la temporada pasada.
—¡La temporada pasada terminó hace apenas dos semanas!
—Precisamente, hermano. ¿Cómo podría presentarme en sociedad con ropa tan anticuada?
El hombre que aparecía frente a ella cerró los ojos.
Parecía un noble de unos veintitantos años, con una figura alta, porte distinguido y un rostro atractivo que, en aquel momento, mostraba el agotamiento de un hombre que había cometido el error de discutir con una mujer consentida.
—Aria, tienes más vestidos que días tiene el mes.
La joven inclinó la cabeza.
—Entonces no tendré suficientes para cambiarme dos veces al día.
El conde abrió los ojos lentamente.
Aria sonrió.
Él la miró durante unos segundos.
Finalmente, suspiró.
—Muy bien. Te compraré el vestido.
—¡Sabía que eras el mejor hermano del mundo!
Aria se levantó y lo abrazó con tanta alegría que el conde perdió por completo su expresión severa.
—Pero esta es la última vez
—Por supuesto, querido hermano.
La escena cambió.
Aria estaba en una tienda de joyas.
—También quiero aquellos pendientes.
—¿Los pendientes?
—Combinan con el vestido.
—¡Pero acabamos de comprar el vestido!
—¿Y qué tiene eso que ver?
El conde miró al techo.
La joven de la oscuridad no pudo evitarlo.
[¡JA, JA, JA!].
Aquel hombre estaba perdido.
Absolutamente perdido.
Podía ser un conde poderoso, administrar tierras, dirigir a sus subordinados y probablemente mantener a raya a duques arrogantes, pero no tenía ninguna posibilidad de ganar una discusión con su hermana pequeña.
Y lo más gracioso era que parecía saberlo.
Cada vez que intentaba regañarla, Aria lo miraba con aquellos ojos claros y pronunciaba la palabra «hermano» con una dulzura tan calculada que él terminaba cediendo.
[¡Qué talento! ¡Esta mujer podría negociar tratados de paz con solo pestañear!].
Sin embargo, las imágenes revelaron algo más.
El conde no la consentía únicamente porque Aria fuera bonita.
La quería profundamente.
Había estado a su lado desde que era pequeña y la protegía con una dedicación casi exagerada. Se preocupaba por su salud, por su seguridad y por las personas que se acercaban a ella.
Cuando Aria enfermaba, el conde llamaba a los mejores médicos.
Cuando alguien la ofendía, investigaba lo sucedido.
Y cuando algún joven noble mostraba demasiado interés en su hermana, su expresión se volvía tan amenazante que más de uno encontraba una excusa para retirarse.
Aria, por supuesto, aprovechaba aquella protección.
Si quería algo, acudía a su hermano.
Si necesitaba ayuda, acudía a su hermano.
Y si un pretendiente la aburría durante una reunión, bastaba con que mirara hacia donde él estaba para que el conde apareciera a rescatarla.
Era una relación entrañable.
Aunque ligeramente peligrosa para las finanzas familiares.
[Espero que ese hombre tenga una buena administración de sus cuentas].
La joven suspiró.
[De todas formas, qué bonito debe de ser tener un hermano que te quiera tanto].
Por un momento, dejó de reír.
Recordó su propia vida, los hospitales, las noches de soledad y las ocasiones en las que había deseado que alguien se quedara junto a ella un poco más.
Observó a Aria abrazar a su hermano, apoyando la cabeza en su hombro mientras él fingía estar molesto.
[Espero que ella sepa lo afortunada que es].
Que tierno