Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 5 — El baile de la familia Ashford
—¿Un baile?
Ethan casi dejó caer la taza de té.
Sentado a la mesa del desayuno, miraba a su tío como si acabara de oír una sentencia de muerte.
Arthur Ashford siguió leyendo el periódico con absoluta tranquilidad.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Ethan.
—Tío.
Arthur bajó el periódico despacio.
—El baile será el próximo sábado.
—No voy a ir.
—Vas.
—No voy.
—Vas.
—No voy.
—Vas.
Ethan cerró los ojos.
Aquello se estaba volviendo ridículo.
Otra vez.
—¿Por qué?
—Porque tu familia tiene que mantener ciertas tradiciones.
—Las tradiciones son una excusa elegante para torturarme.
—Drama.
—Realidad.
Arthur lo ignoró por completo.
—Asistirán varios invitados importantes.
—Eso no ayuda.
—Algunos jóvenes alfas también.
—Eso lo empeora todo.
El tío suspiró hondo.
—Ethan, no puedes evitar el matrimonio para siempre.
Esas palabras le borraron la sonrisa.
El joven bajó la vista hacia la mesa.
—Lo sé.
Arthur lo notó.
Detrás de las bromas y las quejas había algo real.
Un miedo.
Una angustia que Ethan llevaba años escondiendo.
Porque nunca había tenido opción.
Desde pequeño, todos decidían por él.
Qué ponerse.
Cómo comportarse.
Qué estudiar.
Con quién hablar.
Y ahora querían decidir hasta a quién debía amar.
Arthur suavizó un poco la expresión.
—Solo ve al baile.
—¿Y después?
—Después veremos.
Ethan no respondió.
Porque sabía exactamente lo que iba a pasar.
Más pretendientes.
Más presentaciones.
Más sonrisas falsas.
Más presión.
Esa tarde buscó refugio en su lugar favorito.
El pequeño invernadero de la propiedad.
El ambiente era cálido y silencioso.
Flores de colores llenaban todos los rincones.
Era el único sitio donde podía respirar en paz.
Se sentó en una banca junto a las rosas blancas.
Luego sacó papel y pluma del bolso.
Ya se había vuelto un hábito.
Un ritual.
Una necesidad.
Y, una vez más, empezó a escribir.
Querido capitán Kang Min-Jae,
Una pequeña sonrisa asomó.
Tengo una pésima noticia.
La tinta se deslizó por el papel.
Mi tío decidió organizar un baile.
Suspiró.
Seguramente no entiendes la gravedad de la situación.
Continuó.
Imagina a decenas de alfas ricos intentando parecer interesantes durante toda una noche.
Ethan hizo una pausa.
Luego escribió:
En realidad, ni yo entiendo cómo logran parecer tan poco interesantes al mismo tiempo.
Se rio solo.
Después prosiguió.
Habló del baile.
De sus temores.
Del miedo a que volvieran a presionarlo.
Y, por primera vez, escribió algo que nunca le había admitido a nadie.
A veces tengo miedo de acabar atrapado en una vida que no elegí.
Las palabras quedaron ahí.
Silenciosas.
Pesadas.
Verdaderas.
Ethan las observó unos segundos.
Pero no las borró.
Porque, de alguna manera, sentía que podía ser sincero en esa carta.
Tres semanas después...
La correspondencia llegó a Corea del Sur.
Min-Jae recibió el sobre en el intervalo entre dos reuniones.
En cuanto reconoció la caligrafía, llevó la carta a su oficina.
Ya no intentaba fingir que no la esperaba.
Era inútil.
Abrió el sobre con cuidado.
Y comenzó a leer.
La sonrisa le apareció desde las primeras líneas.
Ethan tenía un talento impresionante para convertir las quejas en algo divertido.
Min-Jae podía imaginarlo perfectamente.
Sentado en algún jardín.
Haciendo gestos de indignación mientras escribía.
Refunfuñándole al papel.
Probablemente gesticulando solo.
Pero entonces llegó a la parte del baile.
Y la sonrisa se le borró.
Siguió leyendo.
Cada línea.
Cada palabra.
Hasta llegar al final.
El silencio se apoderó de la oficina.
Min-Jae dejó la carta sobre el escritorio.
Pensativo.
La frase seguía en su mente.
Tengo miedo de acabar atrapado en una vida que no elegí.
Lo entendía.
Más de lo que le habría gustado.
Aunque su vida fuera distinta, él también conocía el peso de las expectativas.
De la responsabilidad.
De las decisiones que otros tomaban por uno.
Por primera vez, sintió algo extraño.
Algo que no esperaba.
Fastidio.
No por el baile.
Sino por los alfas que estarían ahí.
Hombres que podrían acercarse a Ethan.
Hablar con él.
Bailar con él.
Quizá incluso conquistarlo.
Min-Jae se quedó inmóvil.
Luego frunció el ceño.
—¿Qué estoy pensando?
Era absurdo.
Completamente absurdo.
No conocía a Ethan.
Nunca lo había visto.
Ni siquiera sabía cómo sonaba su voz.
Aun así...
La idea de que algún desconocido conquistara a ese omega no le agradaba en lo más mínimo.
Esa noche, Ji-Ho encontró a su amigo sentado en el balcón del departamento.
Pensativo.
Mirando la ciudad.
—¿Problemas?
—No.
—Entonces, ¿por qué esa cara?
Min-Jae guardó silencio.
—Es el omega de las cartas, ¿verdad?
Otro silencio.
Ji-Ho sonrió.
—Lo sabía.
—¿Sabes que esto es ridículo?
—Sí.
—Ni siquiera lo conozco.
—Sí.
—Nunca he visto su rostro.
—Sí.
—Tal vez sea completamente distinto de como lo imagino.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué sigo pensando en él?
Ji-Ho tardó unos segundos en responder.
Luego se encogió de hombros.
—Porque a veces uno conoce el corazón de alguien antes de conocer su rostro.
Min-Jae se quedó callado.
No le gustó esa respuesta.
Sobre todo porque parecía tener sentido.
Mucho sentido.
En Britania, por fin llegó el sábado.
El gran salón de la mansión Ashford resplandecía de luz.
La música resonaba por todo el ambiente.
Invitados elegantes conversaban.
Alfas y omegas circulaban por el salón.
Ethan estaba parado cerca de una de las ventanas.
Con una copa en las manos.
Tratando de parecer ocupado.
Tratando de parecer invisible.
Algo que claramente no estaba funcionando.
Porque varios pretendientes ya se le habían acercado.
Y otros seguían observándolo desde lejos.
—Qué maravilla...
Suspiró.
No sabía que, en ese preciso momento, al otro lado del mundo, un capitán de la Fuerza Aérea releía su última carta.
Y deseaba saber cómo terminaría aquel baile.