Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
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Capítulo 6
006. ¿Una muchacha como tú quiere entrar en los Duarte?
Valentina alzó la vista hacia él, sin entender.
—¿Qué?
Quizá todavía estaba enojada y por eso no quería darle el regalo tan pronto, pensó Gabriel. No pasaba nada. Él podía dar el primer paso. Su voz se suavizó un poco.
—No te hablé bien en la tienda. Ya no te enojes.
Con eso bastaría, ¿no?
Valentina suspiró y lo miró con seriedad.
—No estoy enojada.
—Dices una cosa y sientes otra —respondió él, sin creerle.
—Piensa lo que quieras.
Aquello acabó enseguida con su paciencia.
—Valentina, ya te pedí perdón. ¿Qué más quieres?
—No necesito tus disculpas —respondió ella, sin alterar la voz ni dejar de guardar sus cosas.
Gabriel la miró fijamente unos segundos. Luego preguntó, un poco incómodo:
—¿Y el regalo?
—¿Qué regalo? —Ella volvió la cabeza hacia él.
—Mateo me dijo que te vio comprándome un reloj. ¿No era para contentarme y pedirme perdón? Ya estoy aquí. ¿Todavía no me lo vas a dar?
Valentina estaba a punto de decirle que no era para él, pero Gabriel siguió hablando por su cuenta.
—Ya estuvo, ¿no? Si sigues así, esto deja de tener gracia.
Ella soltó una risa. Él frunció el ceño.
—¿De qué te ríes?
—De lo que acabas de decir. —Valentina le sostuvo la mirada—. Sí, compré un reloj. Pero no es para ti. Y no creo haber hecho nada malo. ¿Por qué tendría que bajar la cabeza y pedirte perdón?
—¿No es para mí? ¿Entonces para quién es?
En los ojos de Gabriel prendió la furia. Cerró los puños sin darse cuenta.
—No es asunto tuyo —contestó ella como si nada.
—¿Que no es asunto mío? ¡Soy tu novio! ¡Cómo no va a ser asunto mío que le compres regalos a otro hombre!
Valentina estaba mucho más tranquila. Lo miró, divertida.
—¿No eres el novio de Camila?
—Camila y yo no tenemos ese tipo de relación —se apresuró a explicar.
Su voz había bajado mucho desde el interrogatorio de hacía un momento. Le faltaba convicción, porque tenía la conciencia intranquila. Más que novios, él y Camila eran amantes. Ya habían hecho todo lo que no debían, pero su novia oficial seguía siendo Valentina.
Le gustaban la pasión y el desenfado de Camila, que tomara la iniciativa para seducirlo. Pero también le gustaban la cara bonita de Valentina y su carácter dulce y comprensivo. Todavía no quería decirle que había empezado algo con Camila.
—Lo de ir a ver anillos sí fue idea de mi mamá —añadió—. Pero no íbamos a comprarle uno a Camila. Íbamos a ver joyas para mi mamá. Se compró un vestido y dice que no tiene nada que le combine. Como Camila tiene buen gusto y sabe de esas cosas, le pidió que fuera conmigo. No solo íbamos a mirar anillos, sino collares, aretes, pulseras… Había que escogerlo todo para hacer juego con el vestido. Sé que lo entendiste mal. Pero yo estaba enojado y no quise explicártelo. Quería darte celos.
—¿Celos? —La mirada de Valentina era fría—. ¿Así que sí sabías que podía sentir celos?
—Valentina, perdón…
—Ya oí tus disculpas. Pero no las acepto. Y el regalo de verdad no es para ti.
—¿Entonces para quién es? —preguntó él, alzando la voz de golpe.
—Para mi prometido.
—Mira nada más. Con tal de obligarme a casarme, ya dices lo que sea. —Gabriel la miró con burla—. O sea que solo me vas a dar el regalo y me vas a perdonar si acepto casarme contigo y ser tu prometido. ¿Eso es?
Valentina frunció el ceño. ¿Cómo podía ser tan engreído? ¿De dónde sacaba tanta seguridad? ¿De verdad creía que ella no podía vivir sin él?
Gabriel la miró lleno de decepción y negó varias veces con la cabeza.
—Valentina, creí que entendías el abismo que hay entre nosotros, uno que nunca vamos a poder cruzar. Creí que ibas a ser comprensiva. Pero no dejas de presionarme para que me case. De verdad me has decepcionado.
Ella no entendía nada. Gabriel se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta del dormitorio de un portazo.
Valentina negó con la cabeza, resignada. Había querido aprovechar lo ocurrido para hablar con él y terminar la relación. Luego le explicaría que era hija de los Robles de Santa Lucía y que pronto volvería para comprometerse con Alejandro. Pero él no le había dado ocasión de abrir la boca.
Tal vez ella misma le había dado motivos para estar tan seguro de que lo único que quería era casarse con él. Siempre había hecho de novia dócil y comprensiva. No le pedía cuentas de dónde estaba, no se ponía celosa ni hacía demasiadas preguntas sobre su vida privada. Salvo llegar a la intimidad física y acostarse con él, casi siempre accedía a lo que le pedía.
Quizá por eso se había convencido de que no podía dejarlo.
Lo que Gabriel no sabía era que ella se comportaba así porque hacía tiempo que había entendido que él no pensaba llegar a nada con ella.
Un año antes, Valentina había querido llevarlo a Santa Lucía y contarle quién era su familia. Pero, por casualidad, lo oyó hablar por teléfono con su madre.
—Mamá, tranquila. Sé que nunca aceptarías que entrara en la familia. Solo estoy saliendo con ella. Si de verdad fuera a casarme, primero tendría que tener tu aprobación, ¿no? Tu hijo no pierde la cabeza por amor. Sé muy bien que salir con alguien y casarse son dos cosas distintas.
Así que lo tenía muy claro.
Desde entonces, Valentina había sabido que Gabriel no pensaba quedarse con ella hasta el final. Dicho sin rodeos, tampoco la quería tanto. Pero ella no era de las que se desesperaban por amor. Sabía querer y también sabía soltar. Si él solo quería un noviazgo, pues bien. Ella necesitaba compañía y cariño, unos brazos cálidos en aquella ciudad desconocida donde no tenía a nadie. Solo eso.
Había sabido cuidarse: aún no había dado su primer beso ni se había acostado con nadie.
¿Por qué no había terminado con él antes? Porque todavía lo quería y se había acostumbrado a su compañía. Los sentimientos eran complicados. No todo era siempre una cosa o la otra, blanco o negro. Después de aquella llamada, había guardado silencio sobre su origen adinerado.
Pero al enterarse de que solo era una sustituta, todo aquello había perdido el sentido. Podía aceptar que la relación no tuviera futuro, que él no la amara tanto. Lo que no podía aceptar era que la tratara como un reemplazo de Camila.
Era Valentina Robles. Era ella misma y nadie más.
***
No esperaba que Isabel Vidal fuera a buscarla a la casa. La madre de Gabriel llevaba un vestido de seda azul marino, aretes y un collar de zafiros muy costosos. La enorme piedra del anillo que lucía era de un tono parecido al de su ropa. Gabriel tenía razón: aquella mujer era capaz de comprarse un juego entero de joyas solo para combinarlo con un vestido.
—¿Tú eres Valentina Robles?
La miraba como si fuera un objeto desagradable, examinándola con ojos llenos de desaprobación. Valentina la saludó con cortesía.
—Hola, señora Vidal.
—Ajá.
Isabel entró, recorrió la casa con la mirada y volvió a fijarla en ella.
—Ya me enteré de lo que pasa entre Gabriel y tú.
Se sentó en el sofá, con las piernas juntas e inclinadas hacia un lado, en una postura muy elegante. Sus palabras no tuvieron nada de elegantes.
—¿Una muchacha como tú quiere entrar en la familia Duarte?