Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 4: Grasa, papas fritas y advertencias de muerte
El olor a aceite quemado y thinner era la constante en el taller de Mateo, pero esa noche se mezclaba con el aroma a papas fritas saladas y refrescos de cola baratos desparpajados sobre una mesa metálica cubierta de planos y piezas de repuesto.
Las cuatro amigas se habían autoinstalado allí como cada vez que necesitaban arrancar a Sara de su rutina de hierro. Sentadas sobre cajones de herramientas invertidos y un viejo sillón de cuerina descascarada, el grupo era un contraste violento con la suciedad del lugar: Lara hojeaba un libro de poesía contemporánea con expresión distraída; Mara devoraba una porción de pizza con una campera llena de parches de rock; Katy revisaba con unción el botiquín de primeros auxilios que siempre llevaba en la mochila; y al centro, Sara limpiaba con un trapo la grasa obstinada de sus nudillos, con el ceño fruncido.
—Te digo que estás perdiendo los mejores años de tu vida, Viera —saltó Mara, apuntándola con un trozo de pizza medio mordido—. Tienes veintidós, una piel envidiable y el título de capitana de voley. ¿Cuándo piensas pisar una pista de baile sin que huela a diésel? La fiesta de fin de año es en dos meses y juro que, si tengo que arrastrarte amarrada a una soga, vas a ir conmigo este año.
—No voy a ir a esa mierda, Mara —respondió Sara con voz plana, arrojando el trapo sucio sobre la mesa con fastidio—. Prefiero pasar la noche entera puliendo pistones de un motor viejo antes que ver a los idiotas de la facultad de deportes emborracharse y actuar como simios con sotana.
Katy, que abría un frasco de pastillas para el dolor de cabeza, la miró por encima de sus lentes con una sonrisa comprensiva.
—No todos son iguales, Sara. Aunque admito que los de básquet tienen un ego que les precede. Pero haciendo eso de lado... —Katy inclinó la cabeza, observando los nudillos enrojecidos de su amiga—. Tienes una cara de que acabas de estrangular a un cachorro. ¿Te pasó algo el dia de hoy?
Sara detuvo el movimiento de sus manos. El recuerdo del pecho duro de Dante bloqueándole el paso, la sonrisa cínica y ese perfume caro mezclado con sudor le encendieron una furia sorda en la boca del estómago. Tomó una lata de refresco y le dio un trago largo antes de hablar.
—El imbécil de Dante Kaelen se me apareció hoy en el pasillo de servicio —soltó de golpe, con un tono tan cortante que hizo que Lara levantara la vista del libro.
—¿El capitán de básquet? ¿El que sale en todas las revistas de la facultad como el dios intocable? —preguntó Mara con los ojos bien abiertos, dejando la pizza a un lado por el shock—. ¿Te habló a ti?
—Se me cruzó, invadió mi espacio como si fuera dueño del metro cuadrado y soltó una de sus idioteces sobre romper el hielo antes de la maldita fiesta —narró Sara, apretando la lata de aluminio en su mano hasta abollar el metal con los dedos—. Cree que soy una maldita admiradora para hacercarse asi en el corredor. Cree que porque las porristas se derriten cuando las mira, yo voy a caer en su jueguito de mierda.
Lara se acomodó los lentes, analizando la situación con esa calma cerebral que la caracterizaba, cerrando el libro con suavidad.
—Ten cuidado, Sara. Los tipos como él no soportan el rechazo. Si te ignoró todo el campus y tú lo pusiste en su sitio con tanta fuerza, para su ego herido no eres una pared de hielo: eres un desafío personal. Va a volver a intentarlo.
Sara soltó una risa seca, sin una pizca de humor, mientras sus ojos ámbar brillaban con una amenaza real.
—Que lo intente. Si se vuelve a parar enfrente mío con ese tonito de mierda y esa sonrisita de suficiencia, te juro por mi vida que no voy a gastar palabras en advertencias. La próxima vez no lo voy a empujar... le voy a romper la nariz de verdad, y que el decano me quite la capitanía si quiere.
Katy suspiró, negando con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa divertida asomaba en sus labios.
—Guarda esa energía para el partido de la próxima semana, capitana. Porque si el tal Kaelen es tan terco como dicen, vas a necesitar toda la fuerza de tus brazos para sobrevivir a este semestre.