NovelToon NovelToon
Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: Marca de guerra

A las siete de la mañana, frente al espejo de cristal veneciano de su ático en Porta Nuova, Matteo Castelli se pasó la yema del pulgar por el labio inferior.

Había una costra fina, rojiza y partida en el centro: el recordatorio exacto del momento en que los dientes de Gabriela Novak se habían clavado en su carne sobre el pontón de fibra de carbono de Horizonte. El corte dolía con una punzada sorda cada vez que movía la mandíbula, pero el ardor le provocaba una vibración eléctrica en el estómago que ningún analgésico ni tres duchas heladas habían logrado apagar.

No había dormido. Había pasado la noche recorriendo el apartamento con un vaso de whisky en la mano, con la imagen de esos ojos verde esmeralda desprovistos de gafas grabada a fuego en las retinas.

Ya no había marcha atrás. Había visto el rostro de la mujer que se escondía bajo las capas de lana monacal; había probado su boca salvaje, su respiración entrecortada y esa fuerza muscular desconcertante que le había doblado el brazo y descolocado el centro de gravedad. Y sobre todo, sus últimas palabras resonaban en su cabeza como un motor fuera de régimen:

«Voy a ser yo quien se lo quite en la pista delante de toda Europa».

¿En la pista?

¿Cómo planeaba una supuesta asistente de Chicago arrebatarle un prototipo de GT en un circuito oficial?

A las ocho en punto, Matteo cruzó las puertas del ascensor en la planta cuarenta y dos.

Llevaba un traje de paño gris plomo con chaleco cruzado y camisa blanca inmaculada, sin corbata, con el primer botón abierto. Caminaba con la lentitud letal de quien entra en territorio comanche sabiendo que las trampas ya están armadas.

Se detuvo en seco frente al mostrador de recepción.

Gabriela estaba allí.

Para su primera mañana tras el incendio del hangar, parecía haber seleccionado una indumentaria diseñada para borrar cualquier rastro de la criatura que lo había besado con furia homicida doce horas antes: un jersey de cuello alto en color mostaza apagado, tejido en un punto tan grueso y acartonado que parecía una cota de malla medieval, bajo una chaqueta desestructurada de paño marrón con coderas de ante gris. Las gafas de carey volvían a reinar sobre su nariz, reflejando el zumbido blanco de las pantallas, y su cabello estaba sellado en el moño tirante de siempre.

Estaba introduciendo datos con una mano mientras sostenía una taza térmica con la otra.

Pero Matteo, con los ojos de halcón entrenados para detectar una fisura de medio milímetro en la fibra de carbono a trescientos por hora, vio la anomalía de inmediato:

En el labio inferior de Gabriela, hacia el lado izquierdo, había una leve hinchazón rosada. Un milímetro de inflamación que ni la falta de carmín ni su compostura de esfinge habían podido ocultar por completo.

Matteo sintió que la sangre le hervía en una llamarada de triunfo oscuro y salvaje.

Avanzó hacia el mostrador con pasos lentos y pesados, deteniéndose a escasos centímetros del borde de roble. Apoyó una mano enguantada en el aire, inclinándose sobre ella hasta que su perfume denso a cedro y pimienta negra inundó el espacio entre ambos:

—Ocho y dos minutos, Novak.

Gabriela no levantó la vista de inmediato. Terminó de pulsar la tecla de retorno, guardó el bolígrafo en el cubilete metálico y alzó la cabeza con una lentitud glacial.

Detrás de los cristales gruesos, sus ojos verdes sostuvieron la mirada del italiano con una quietud tan profunda y desértica que habría helado el asfalto de Monza:

—Ocho y dos minutos, señor Castelli. Su café con leche de avena a sesenta y cinco grados está sobre su mesa desde las siete y cincuenta y ocho. Las actas de la transferencia de los cincuenta millones de dólares de Hayes Global fueron ratificadas por el banco fiduciario de Zúrich a primera hora. Y el departamento legal confirmó que los servidores de Vanguard Intelligence en Londres sufrieron un ataque cibernético masivo anoche que borró todas sus bases de datos operativas.

Matteo tensó la mandíbula, pero no parpadeó. Una sonrisa ladeada, afilada y peligrosa comenzó a curvarle los labios, dejando a la vista el corte en su boca:

—Qué oportuno ese ataque en Londres, ¿verdad, Gabriela?

El uso descarado de su nombre de pila en mitad de la recepción abierta vibró en el aire como una bofetada.

Gabriela recorrió la herida en el labio de Matteo con una mirada tan clínica, tan desprovista de culpa o nerviosismo que al piloto se le erizó el vello de la nuca:

—Los accidentes en la red son tan comunes como los tropiezos en los talleres mecánicos, señor Castelli. Especialmente para quienes insisten en jugar con herramientas para las que no tienen licencia. Le sugiero un bálsamo cicatrizante para ese labio; la sangre seca sobre el rostro de un director ejecutivo suele interpretarse como un signo de pérdida de control emocional.

Matteo soltó una risa baja, rasposa y cavernosa, inclinándose aún más hacia ella hasta que sus narices casi se rozaron sobre el monitor:

—El labio me lo partió usted, Novak. Con sus propios dientes. Y le aseguro que no hay un solo hombre en esta ciudad que no pagaría diez millones de euros por haber estado anoche contra ese alerón.

Gabriela ni pestañeó. Sostuvo la cercanía con una tranquilidad demoledora:

—El informe de riesgos laborales no contempla el pago por lesiones autoprovocadas por negligencia del superior, señor Castelli. Si decidió abalanzarse contra una empleada en horario de cierre, asuma las consecuencias mecánicas de la colisión.

Matteo apoyó ambos puños sobre el mostrador, clavándole los ojos avellana con una fijeza obsesiva que amenazaba con perforar el cristal de carey:

—Anoche dijo que me iba a quitar a Horizonte en la pista. Delante de toda Europa.

Gabriela sostuvo su respiración sin alterar el ritmo cardíaco.

—Dije que sus bravuconadas de vestuario no le garantizan la posesión de nada, señor Castelli.

—No intente rebajar la presión del neumático ahora que la carrera ya empezó —susurró él, bajando la voz a un tono gutural que resonó en el pecho de ambos—. Usted no habla como una ingeniera de escritorio, Novak. Habla como alguien que se sienta al volante. Y yo solo conozco a una persona en esta provincia que tenga los reflejos para doblarme el brazo, la memoria para recalibrar un mapa de inyección en tres segundos... y el descaro de pasar rozando mi coche en una Panigale negra a doscientos sesenta por hora en la carretera perimetral de Monza.

El silencio que cayó sobre la planta cuarenta y dos fue tan absoluto que pareció detener los motores del edificio.

Gabriela sintió el impacto de la deducción golpeándole el esternón con la precisión de un sensor de telemetría. El arrogante piloto italiano había conectado las líneas; no tenía pruebas físicas, no tenía las placas falsas de Navigli, pero su instinto animal había olido la gasolina debajo del jersey mostaza.

Lejos de arredrarse, Gabriela ladeó el rostro apenas un milímetro, clavando sus ojos afilados directamente en las pupilas avellana de Matteo. Una sonrisa fría, venenosa y absolutamente fascinante curvó la comisura de sus labios:

—Una teoría fascinante, señor Castelli. Llena de épica cinematográfica y romance adolescente. Lástima que su capacidad de fabulación supere con creces su talento para cerrar las curvas sin sobrevirar. Si necesita un piloto fantasma para justificar sus pesadillas nocturnas, contrate a un guionista. Yo estoy ocupada gestionando su empresa.

Matteo abrió la boca para responder, pero el pitido del ascensor ejecutivo interrumpió el asalto.

Las puertas se abrieron para dar paso a Christian Vance.

El británico vestía unos pantalones de lana gris clara, un jersey de cuello vuelto negro bajo una chaqueta de ante marrón tabaco y esa eterna expresión de aburrimiento aristocrático que precedía a sus mejores provocaciones.

—¡Buenos días a la catedral del drama corporativo! —saludó Vance en inglés, avanzando con paso elástico mientras se quitaba las gafas de sol—. Vine a revisar los últimos datos del túnel de viento antes de mi vuelo a...

Christian se detuvo en seco a tres metros del mostrador.

Sus ojos azules, rápidos y habituados a registrar cualquier detalle en décimas de segundo, barrieron la escena: Matteo cerniéndose sobre Gabriela con la camisa desabrochada y un corte visible y sangrante en el labio inferior; Gabriela sentada tras el monitor, inmutable en su jersey mostaza, pero con una leve inflamación rosada en su propia boca y una electricidad en el aire que amenazaba con fundir los terminales informáticos.

Vance parpadeó una vez. Miró el labio de Matteo. Miró el labio de Gabriela.

Una sonrisa gigantesca, incrédula y absolutamente perversa comenzó a expandirse por el rostro del piloto británico hasta convertirse en una carcajada limpia, sonora y demoledora que sacudió la recepción.

—¡Por el amor de Dios! —bramó Christian, doblándose levemente por la cintura mientras se secaba una lágrima de risa—. ¡Castelli, te dije que tu técnica de entrada en curva era demasiado agresiva!

Matteo se enderezó de golpe, girando sobre sus talones con una furia asesina:

—Cállate, Christian.

Christian avanzó hacia el mostrador, ignorando por completo al italiano, y se inclinó hacia Gabriela con una reverencia teatral cargada de una admiración desbordante:

—Señorita Novak... Permítame felicitarla. En diez años compitiendo contra este animal en todas las categorías del automovilismo mundial, jamás vi a nadie dejarle una marca tan hermosa en la carrocería. Merece una copa de champán y un aumento de sueldo retroactivo.

Gabriela acomodó sus gafas con el dedo índice, sin el menor rastro de rubor en las mejillas:

—El señor Castelli sufrió un percance menor con una herramienta neumática en los talleres anoche, señor Vance. Su falta de coordinación motriz suele manifestarse en los momentos más inoportunos.

Christian soltó otro bufido de risa ahogada, mirando a Matteo con una compasión teñida de veneno puro:

—Una herramienta neumática... Claro que sí. Una herramienta de alta gama con boca de seda y dientes de titanio.

Matteo dio un paso al frente, agarrando a Vance por la solapa de ante con la fuerza de una prensa hidráulica, empujándolo dos pasos hacia el pasillo central:

—Christian, si no cierras la boca ahora mismo, te juro que la próxima marca te la voy a dejar yo en la mandíbula antes de que salgas de esta torre.

Christian no perdió la sonrisa. Se zafó del agarre con una sacudida elegante de hombros, arreglándose la solapa con parsimonia mientras sus ojos azules brillaban en una complicidad peligrosa:

—Tranquilo, león herido. No vine a meterme en tus disputas domésticas de garaje. Vine a traerte una invitación formal.

Christian sacó un sobre negro con lacre dorado del bolsillo interior de su chaqueta y lo arrojó sobre el mostrador de Gabriela:

—El Automóvil Club de Mónaco y la FIA organizan las jornadas de pruebas privadas de pretemporada en el circuito Paul Ricard el próximo fin de semana. Sesión abierta para fabricantes de GT y prototipos experimentales. Cuarenta y ocho horas en pista cerrada, telemetría compartida y cronometraje oficial.

Matteo entrecerró los ojos avellana:

—Horizonte no tiene programada salida a pista hasta el Gran Premio de Imola el mes que viene.

—Pues cambia el programa, Castelli —desafió Vance, bajando el tono a un registro puramente competitivo que cortó el aire—. Llevo a mi nuevo Aston Martin con el paquete aerodinámico que la señorita Novak me optimizó. Quiero ver si tu joya de titanio es capaz de sostener el ritmo en la recta de Mistral... o si empezamos a redactar los papeles de transferencia para mi garaje de Montecarlo antes de tiempo.

Christian se giró hacia Gabriela, clavándole una mirada cargada de un interés que ya no intentaba disimular:

—Y por supuesto, señorita Novak... la invitación incluye su acreditación como jefa de estrategia en el pit wall. Si este italiano arrogante no se atreve a aceptar el reto, siempre puede viajar en mi avión privado para ver cómo gana un equipo que sí sabe valorar el cerebro de una dama.

El desafío quedó suspendido en el aire como una mecha encendida sobre un barril de combustible de aviación.

Matteo no miró a Christian. Clavó los ojos en Gabriela, que en ese momento tomaba el sobre negro de la mesa con sus dedos largos y firmes, acariciando el borde del papel como quien sopesa el peso de un arma cargada.

La tensión entre ambos era una cuerda tensada hasta el punto de rotura.

Matteo dio dos pasos lentos hacia ella, apoyando una mano sobre el sobre negro, cubriendo los dedos de Gabriela con los suyos sin apartar la mirada de sus ojos verdes:

—Vamos a ir a Paul Ricard, Vance —dijo Matteo, y su voz sonó tan profunda, tan oscura y cargada de una autoridad posesiva que el hangar entero pareció encogerse—. Con Horizonte. Y con mi asistente en el muro de boxes.

Matteo bajó la cabeza hasta que sus ojos quedaron fijos en los labios de ella, rozando la punta de sus dedos contra la piel de la mano de Gabriela:

—Prepárese para empacar, Novak. Porque este fin de semana no va a haber despachos de cristal ni teléfonos rojos donde esconderse. Vamos a ver de qué lado del muro termina cayendo esa armadura de lana cuando el cronómetro empiece a correr a trescientos por hora.

Gabriela sostuvo el contacto de sus dedos sin retirar la mano. Una corriente de fuego helado le recorrió las venas, encendiendo a la heredera de los Hayes con la ferocidad indomable de quien ha nacido para ganar:

—Paul Ricard es un circuito técnico con escapatorias de asfalto abrasivo, señor Castelli —susurró ella, sosteniéndole la mirada con un desafío que le quemó la garganta al piloto—. Le sugiero que duerma bien antes del viaje. Porque en esa pista... no pienso frenar por usted.

Christian Vance los observó a ambos en silencio, con una sonrisa triunfal curvándole los labios mientras retrocedía hacia el ascensor, con la absoluta certeza de que el fin de semana en Francia no se iba a definir por décimas de segundo... sino por la colisión definitiva de dos fuerzas que estaban destinadas a destrozarse el uno al otro o a quemar el asfalto juntos.

1
Corina Galantti
cuánta adrenalina! una novela muy interesante! me encantó. BENDICIONES ESCRITORA
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play