Alexa Steviola despierta en una habitación de hospital, con ocho meses de embarazo y un recuerdo que le hiela la sangre: ya vivió este día. Y también vivió lo que vino después, la caída, la pérdida, la muerte.
En su vida pasada lo hizo todo mal. Se aferró a Lucas Damarion Clinton, el multimillonario más frío y más inalcanzable de Londres, con una obsesión que arruinó a todos, empezando por ella misma. Le robó el prometido a su propia tía, se ganó el desprecio de dos familias y perdió a su hijo antes de que pudiera nacer.
Esta vez será distinta. Alexa ya no quiere su atención, ni su dinero, ni su apellido. Solo quiere que su bebé nazca sano, vender sus joyas, comprar un billete a un pueblito de Suiza y firmar el divorcio en cuanto pueda.
Pero Lucas no está dispuesto a perder lo único que, sin darse cuenta, empezaba a importarle.
Porque la mujer que antes lo perseguía a todas horas ahora lo mira con una calma que le quita el sueño. Porque cada «gracias, no hace falta» de Alexa le duele más que cualquier reproche. Y porque, mientras él se tropieza con sus propios celos, con su orgullo y con una ternura que no sabe cómo ponerle nombre, alguien en las sombras guarda un secreto que podría romper a dos familias... y a ella.
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Alexa se ablanda, ¡Lucas se alarma!
La claridad del sol de la mañana se coló por la rendija de las cortinas y despertó a Alexa de un sueño profundo. En cuanto abrió los ojos, lo primero que hizo fue recorrer la habitación con la mirada.
Vacía. No había rastro de Lucas.
Respiró aliviada. Seguro ya se había ido al aeropuerto para volar a Sídney. Si recordaba la línea de tiempo de su vida anterior, hoy era el día en que, quemada de celos por Catalina en la misma ciudad, había salido tras él. El día de la tragedia que terminó en una hemorragia atroz y en la pérdida de su bebé.
Su mano bajó despacio a acariciar la barriga abultada.
¡Toc! ¡Toc!
Una ráfaga de patadas fuertes le llegó desde dentro; Alexa hizo una mueca y se rio a la vez. El bebé estaba muy activo esa mañana.
—Despacito, mi amor... Mamá sabe que tú también estás feliz de que no vayamos a Sídney —susurró, frotándose el vientre con cariño.
Clic.
La puerta del baño, dentro de la misma habitación, se abrió de pronto. Alexa casi se muere del susto. La sonrisa dulce y la risita se le borraron de golpe cuando sus ojos azules chocaron con unos ojos gris oscuro.
Lucas salió del baño. Llevaba otra camisa formal, aunque con las mangas ya arremangadas con más orden.
¿No debería haberse ido hace rato? ¿Por qué sigue aquí?, se preguntó Alexa, desconcertada.
Él, por su parte, se había quedado helado un segundo. Por primera vez había visto la sonrisa sincera de su esposa y había oído su risita, una imagen hermosa que se esfumó en cuanto ella notó su presencia. Observó cómo el rostro de Alexa recuperaba aquella expresión plana y fría.
Lucas caminó despacio y se sentó en el sillón individual junto a la cama. Su espalda ancha y recta irradiaba un aura dominante que dejó a Alexa muy incómoda.
Ella se movió un poco y desvió la vista hacia sus dedos. Se mordió el labio inferior, dudando, y se aguantó las ganas de preguntarle por qué no se había ido.
Lucas alzó la cara y la miró fijamente. Algo andaba muy mal con esta mujer. Esos ojos que antes siempre lo buscaban con tentación, esa inquietud de quien se muere por llamar la atención, esa entonación melosa y fastidiosa, todo había desaparecido. La Alexa de ahora prefería callarse, ignorar su presencia y mostrar abiertamente su incomodidad.
¿Estaría enojada porque pensaba ir a Sídney? Pero su rostro no mostraba rabia alguna. Se la veía serena, acariciándose la barriga una y otra vez.
La verdad, Lucas detestaba esa clase de ambiente.
—¿Ya despertaste? —preguntó para romper el silencio. Su voz sonó grave y pausada.
Alexa asintió sin mirarlo a los ojos.
—Sí. ¿Por qué no te has ido al aeropuerto?
—Mi vuelo se retrasó —respondió Lucas, escueto. Mentía. Su vuelo estaba programado para dentro de dos horas, pero había cancelado el jet privado y movido el itinerario porque no podía sacarse de la cabeza el cambio de Alexa.
—Ah —dijo ella—. Entonces deberías alistarte pronto para no llegar tarde.
Lucas frunció el ceño.
—¿No me vas a preguntar con quién voy?
Alexa levantó la mirada un instante, con aire ingenuo.
—¿Para qué? Es asunto de tu trabajo. No necesito saberlo.
—Catalina está allá —soltó Lucas de golpe, mencionando el nombre a propósito para provocar su verdadera reacción.
El cuarto quedó en silencio. Alexa se detuvo un momento y luego suspiró bajito.
—Sí, lo sé. La tía Catalina tiene una sesión de fotos en Sídney —dijo con naturalidad, sin un ceño fruncido ni una pizca de aspereza—. Ojalá le salga bien su trabajo, y también tus negocios.
Lucas se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y la miró con intensidad.
—¿No estás enojada?
—¿Por qué habría de estarlo? —preguntó Alexa con un tono muy tranquilo—. Ustedes dos son adultos. Si quieren verse allá, es su derecho. Ya no tengo capacidad para prohibírselo.
—Alexa —advirtió él.
—No finjas. Normalmente te armarías un escándalo si supieras que estoy en la misma ciudad que ella.
—Esa era la Alexa de antes, Lucas —respondió ella, bajito pero firme. Sus ojos mostraban un cansancio hondo—. La de antes era tonta y egoísta. La de ahora ya se dio cuenta. No voy a obligar a alguien a quedarse si su corazón está en otra parte.
Lucas apretó los dientes. La respuesta le cayó como una bofetada invisible. Se levantó del sillón y se acercó a la cama.
—¿Qué es lo que quieres de verdad ahora? —preguntó con frialdad, mirándola directo a los ojos azules.
—Solo quiero dar a luz a este bebé sana y salva —respondió Alexa, frotándose el vientre, que volvió a moverse—. Quiero vivir tranquila, sin causarte más problemas a ti ni a la tía Catalina. Nada más.
—¿Y el divorcio del que hablaste ayer? —insistió Lucas.
—Es la mejor solución para los dos —contestó ella sin titubear—. Puedes volver con la mujer que amas sin sentirte culpable ni cargar conmigo. ¿Acaso este matrimonio no fue algo que nunca quisiste desde el principio?
Lucas enmudeció. Era cierto, cada palabra, pero oírlo de boca de Alexa le causó una opresión extraña, hecha de fastidio y de algo que no sabía nombrar.
—¿Y este niño? —preguntó, con la voz cada vez más baja—. ¿Crees que no necesita un padre?
—Siempre tendrá un padre —dijo Alexa con dulzura—. Puedes visitarlo cuando quieras. Nunca te voy a alejar de él. Pero seguir juntos en un matrimonio sin amor... eso solo nos hará daño a los tres en el futuro.
Lucas miró los dedos de Alexa rodeando su vientre enorme. El movimiento lento de la caricia demostraba que esa mujer ponía la seguridad del bebé por encima de todo.
—Yo nunca pensé en divorciarme de ti cuando el niño naciera —soltó de repente.
Alexa se sobresaltó un poco, pero recompuso la expresión enseguida. Esbozó una sonrisa tenue, llena de resignación.
—No tienes que sacrificar tus sentimientos por un sentido de responsabilidad, Lucas —susurró—. Yo ya te solté. Así que, por favor, suéltame tú también.
La frase salió con tanta sinceridad que lo dejó sin palabras. Aquel hombre, que siempre tenía el control de todo, se sintió por completo impotente ante la calma de la mujer que tenía delante.
—Tu vuelo sale pronto —le recordó Alexa, rompiendo la incomodidad—. Mejor vete ya, no vaya a ser que lo pierdas.
Lucas la miró un largo rato. Había un impulso extraño en su corazón por quedarse en esa habitación, pero el orgullo y la confusión lo hicieron girar despacio sobre sus pasos.
—Le diré a mi secretaria que se encargue de lo que necesites aquí mientras yo esté en Sídney —dijo con rigidez, junto a la puerta.
—No hace falta molestar a tu secretaria, Lucas. Las enfermeras son muy buenas —rechazó ella con delicadeza—. Que tengas buen viaje.
Sin pronunciar una palabra más, Lucas salió y cerró la puerta con firmeza.
Afuera, apoyó la espalda contra la pared del pasillo. Le costaba respirar. El pecho le retumbaba. Los ojos azules de Alexa, que antes siempre ardían de obsesión, ahora estaban limpios y solo dejaban una calma ajena.
Lucas apretó los puños con fuerza. Por primera vez en su vida sintió pánico por perder algo cuyo valor nunca había notado.