Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 20: ¡Qué aburrición de fiesta!
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POV: Joaquín Zapata
¡Ave María, pues! Si yo hubiera sabido que esa reunión iba a ser tan aburrida, me quedaba acostado en el hotel viendo televisión. Parce, yo estaba que me arrancaba esa corbata y salía corriendo de ese lugar.
Apenas llegamos, me bajé del carro detrás de Gabriela. El sitio era una elegancia impresionante: luces por todas partes, mesas decoradas, empresarios vestidos de punta en blanco y meseros ofreciendo bebidas. Todo parecía sacado de una película.
Mi novia, en cambio, estaba en su elemento. Saludaba a todo el mundo con una sonrisa, conversaba con los empresarios y se veía tan segura que yo no podía evitar admirarla.
—¿Estás bien, amor? —me preguntó mientras caminábamos hacia la entrada.
—Sí, muñeca, pero esta cosa me está ahorcando —le dije, tirando disimuladamente de la corbata.
Gabriela soltó una risita.
—¡Joaquín, por Dios! Apenas estamos llegando.
—Pues precisamente, mi reina. Todavía estoy a tiempo de escapar.
—No seas cansón, ome. Vení, que te voy a presentar a unas personas.
Yo respiré profundo y la seguí.
Durante los primeros minutos intenté portarme como un caballero. Saludé a varias personas, estreché manos y escuché nombres que olvidé casi inmediatamente. Todos hablaban de inversiones, exportaciones, contratos, proveedores y cifras millonarias.
Yo asentía como si entendiera todo, pero por dentro estaba pensando en cualquier otra cosa.
¿Será que en el hotel hay una televisión más grande? ¿Será que después podemos pedir una hamburguesa? ¿Por qué carajos no estudié algo donde uno no tuviera que escuchar reuniones eternas?
Finalmente, Gabriela se sentó a una mesa con varios empresarios y me hizo una seña para que me acomodara a su lado.
—Amor, ya regreso. Voy a conversar con el señor Ramírez sobre el acuerdo de distribución —me explicó.
—Dale, mi vida.
Ella comenzó a hablar de negocios con una señora y dos hombres que estaban frente a nosotros. Yo me quedé sentado, mirando alrededor, hasta que un mesero pasó ofreciendo copas de vino.
Agarré una.
—Por lo menos algo bueno tiene esta fiesta —murmuré.
Le di un sorbo mientras escuchaba a Gabriela hablar sobre nuevos mercados y acuerdos comerciales.
Pasaron diez minutos.
Después veinte.
Y yo ya estaba contando las lámparas del techo.
—El crecimiento de nuestra compañía depende de fortalecer las relaciones con los distribuidores internacionales —decía mi novia.
¡Juepucha, qué aburrición!
No era que yo no respetara su trabajo. Al contrario, me parecía admirable todo lo que había construido. Gabriela era una mujer berraca, inteligente y dedicada. El problema era que yo no estaba acostumbrado a esas reuniones y, para ser sincero, me estaba aburriendo como nunca.
Cuando terminé mi copa, vi pasar nuevamente al mesero.
—Parce, regáleme otra, por favor —le pedí.
Agarré una segunda copa y volví a sentarme.
Mientras Gabriela seguía conversando, pensé en mi carrera universitaria.
Yo estudio Administración de Empresas, pero a veces me pregunto si de verdad me veo haciendo esto toda la vida. Porque, ome, si todas las reuniones son así, estamos jodidos.
Me acomodé en la silla y aflojé un poquito la corbata.
—¿Te sentís incómodo, amor? —me preguntó Gabriela, aprovechando que los demás estaban distraídos.
—Un poquito, muñeca. Esa corbata me tiene sufriendo.
Ella me miró con ternura.
—Ya falta menos. Gracias por acompañarme.
—Por usted hago el sacrificio, mi reina.
Me dio un beso rápido en la mejilla y volvió a concentrarse en la conversación.
Yo sonreí, pero apenas vi que el mesero regresaba, me levanté para buscar otra copa. Quería tener algo que hacer mientras esperaba que terminara aquella bendita reunión.
Fue entonces cuando una muchacha se acercó a mí.
Era más o menos de mi edad, estaba elegantemente vestida y llevaba una copa en la mano.
—Hola. ¿También estás aburrido de tanta conversación de negocios? —me preguntó con una sonrisa.
Me reí.
—¿Se me nota mucho o qué?
—¡Muchísimo! Llevás rato mirando para todos lados como si estuvieras buscando la salida.
—Parce, es que hablan de contratos, inversiones y no sé cuántas cosas más. Yo ya no sé ni qué cara poner.
La muchacha soltó una carcajada.
—Te entiendo. Mi papá es empresario y me ha tocado acompañarlo a eventos así. A veces siento que hablan otro idioma.
—¡Eso mismo! —exclamé—. Yo pensé que venía a una fiesta, no a una clase de economía.
—Soy Valentina, por cierto.
—Joaquín. Mucho gusto.
Comenzamos a conversar sobre la universidad, nuestros gustos y las cosas que hacíamos en nuestro tiempo libre. Era una charla normal y bastante más entretenida que la reunión que tenía detrás.
Sin embargo, yo tenía muy presente algo: tenía novia y mi novia estaba a pocos metros de mí.
Por eso, cuando Valentina me preguntó si quería salir con ella a conversar a un lugar más tranquilo, negué con la cabeza.
—Te agradezco, pero prefiero quedarme aquí. Vine con mi novia y no quiero que se sienta incómoda.
Valentina miró hacia la mesa y luego volvió a mirarme.
—Ah, no sabía que tenías novia. Tranquilo, hombre, solo quería conversar.
—Todo bien. No hay ningún problema.
Ella sonrió y se despidió antes de regresar con sus acompañantes.
Yo volví a mirar hacia donde estaba Gabriela. Seguía hablando con los empresarios, completamente concentrada en sus asuntos.
Suspiré y pensé:
¿Será que algún día voy a disfrutar estas reuniones? Porque, sinceramente, estoy empezando a creer que necesito replantearme mi futuro profesional.
De pronto, Gabriela giró la cabeza y me hizo una seña para que me acercara.
—¡Amor, vení! Quiero presentarte a alguien.
Dejé la copa sobre una bandeja, me acomodé la corbata y caminé hacia ella.
No sabía quién era la persona que quería presentarme, pero por la expresión de mi novia parecía que se trataba de alguien importante.
Y yo, que llevaba toda la noche esperando que terminara la reunión, estaba a punto de descubrir que todavía me faltaba lo más inesperado de aquella fiesta.