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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

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Capítulo 23: Sombras en el sótano

El ascensor de servicio descendió más allá de los niveles de estacionamiento, frenando con una sacudida hidráulica en el cuarto subsuelo de la torre de Porta Nuova.

Allí abajo, donde el aire acondicionado del edificio no alcanzaba, la atmósfera era húmeda y pesaba con el hedor acre a hormigón crudo, cal viva y sangre seca. Era el nivel de contención que no figuraba en los planos municipales de Milán: una galería de cámaras acorazadas construidas durante los años noventa para resolver las disputas internas que la ley ordinaria jamás debía conocer.

Martina salió del habitáculo metálico con paso firme, el eco de sus tacones marcando un compás regular y desprovisto de dudas sobre el suelo rugoso. Llevaba la chaqueta del traje sastre desabrochada y las manos hundidas en los bolsillos. Detrás de ella, llenando el pasillo con su metro noventa y una quietud amenazante, Dereck la seguía como una sombra de plomo, con la mirada clavada en cada puerta estanca y la mano derecha lista junto a la apertura de su abrigo.

Al final del corredor, dos soldados de la facción de Como custodiaban una puerta de hierro macizo con una mirilla enrejada. Al ver a la hija de Don Lorenzo, ambos hombres bajaron la vista y desbloquearon el cerrojo con un chasquido pesado.

Dentro de la celda de interrogatorio, la luz de una única bombilla desnuda de filamento amarillo cortaba la oscuridad.

Angelo Vieri estaba atado a una silla de madera atornillada al suelo, con los brazos inmovilizados tras el respaldo con bridas industriales de nailon negro. Tenía la camisa de seda desgarrada, las gafas de oro rotas sobre el charco de agua a sus pies y el rostro desfigurado por los primeros quince minutos del método expeditivo de Mateo: el labio partido goteaba sobre su corbata arrugada y el ojo izquierdo estaba cerrado por un hematoma violáceo.

Mateo Moretti, con las mangas de su camisa blanca arremangadas hasta los codos y los nudillos cubiertos de raspaduras enrojecidas, descansaba apoyado contra la pared de hormigón, fumando un cigarrillo con los ojos fijos en el traidor.

—Llegas tarde para la primera ronda, hermanita —dijo Mateo, soltando una nube de humo gris sin mirar a su hermana—. Nuestro viejo amigo Angelo ya empezó a recordar algunos detalles interesantes sobre sus amigos de Podgorica.

Martina se detuvo a un metro de la silla. No mostró asco, ni piedad, ni el menor titubeo ante la visión del hombre que durante dos décadas se había sentado a la mesa navideña de su familia como un tío postizo.

—Déjanos solos, Mateo —ordenó ella con una frialdad que congeló el aire de la celda.

Mateo frunció el ceño, tirando la colilla al suelo para apagarla con la punta de la bota.

—Este gusano vendió nuestras rutas marítimas, Martina. Don Lorenzo me dio la orden de sacarle hasta el último centavo antes de tirarlo al canal de Monza.

—Y no vas a sacarle nada si le revientes el bazo antes de que pueda hablar —disparó Martina sin mirarlo—. Tu fuerza bruta solo sirve para romper huesos. Yo necesito nombres, frecuencias satelitales y los números de cuenta encriptados que utilizó para transferir los contratos. Sal.

Mateo apretó la mandíbula con fastidio, pero el recuerdo de la muñeca rota de Castaldi y la recuperación de los barcos en Liguria le impidieron discutir la jerarquía de su hermana menor. Escupió en el suelo, dirigió una mirada cargada de hostilidad hacia Dereck —quien permanecía apoyado contra el quicio de la puerta con los brazos cruzados y una expresión ilegible— y salió de la celda, haciendo vibrar la puerta metálica al cerrar tras de sí.

El silencio que cayó sobre la estancia subterránea solo estuvo acompañado por la respiración entrecortada y sibilante de Vieri.

Martina se inclinó despacio hacia el anciano, apoyando una mano sobre el respaldo de la silla. Su perfume a jazmín compitió de golpe con el olor ferroso de la sangre.

—Tienes una sola oportunidad para que tu hijo no aparezca en una zanja a las afueras de Belgrado, Angelo —susurró ella, y el tono bajo de su voz sonó más aterrador que cualquier grito de Mateo—. La orden de embargo en Viena ya está en curso. La facción de Kovačević perdió el dinero. Dime quién coordinó el canal seguro entre Milán y los Balcanes.

Vieri levantó la cabeza con un esfuerzo penoso, tosiendo un hilo de saliva sanguinolenta.

—No... no fueron los Balcanes quienes planearon esto, Martina... —balbuceó el consejero, temblando de pánico—. Kovačević solo puso las armas y los mercenarios para los muelles...

Martina entrecerró los ojos.

—¿Entonces quién?

—Alguien de la Alianza... —susurró Vieri con la voz quebrada por el dolor—. Una facción disidente de los cantones suizos. Dijeron que la boda con el heredero del norte no debía celebrarse jamás. Dijeron que si la casa Moretti se unía a la corona de Escandinavia y Zúrich, los clanes intermedios quedarían reducidos a simples vasallos... Querían matarte en Liguria para forzar una ruptura de sangre entre tu padre y el linaje de ellos.

A espaldas de Martina, junto a la puerta de hierro, la respiración de Dereck se detuvo por completo.

Bajo la tela impecable de su abrigo oscuro, los músculos de su espalda se tensaron como cables de acero. Sus ojos grises, fijos en la nuca del consejero ensangrentado, brillaron con una furia tan homicida que la bombilla temblorosa de la celda pareció oscurecerse.

Los cantones suizos. Dereck reconoció el veneno de inmediato: los mismos barones fiduciarios que durante años habían jurado lealtad a su padre en Zúrich estaban conspirando a sus espaldas, utilizando el resentimiento de los Balcanes para intentar degollar a su prometida y arrebatarle el mando del sindicato antes de su coronación formal.

Martina dio medio paso más hacia Vieri.

—¿Cómo sabían los suizos qué noche volvía yo a Milán? —preguntó ella, clavando sus ojos castaños en las pupilas dilatadas del anciano—. Mi regreso se mantuvo bajo secreto absoluto hasta doce horas antes de que mi avión aterrizara en Linate.

Vieri tragó saliva con dificultad, y sus ojos se desviaron involuntariamente hacia la figura gigantesca y silenciosa que montaba guardia a espaldas de Martina.

—El norte... el norte ya estaba aquí —jadeó Vieri, señalando con la barbilla hacia la penumbra del pasillo—. Los informes decían que el alto mando de la red escandinava había desplegado una unidad de reconocimiento en Lombardía tres días antes de tu vuelo. Alguien de rango supremo... alguien con códigos de inserción militar que nadie en Milán puede rastrear. Ellos sabían cada uno de tus pasos, Martina. Sabían lo de tus entrenamientos en Boston... sabían lo de tus cuentas en Delaware... sabían todo.

Las palabras cayeron en la celda con la violencia de una granada de fragmentación.

Martina se quedó inmóvil.

Una corriente helada le recorrió la espina dorsal. Despacio, muy despacio, la hija de Don Lorenzo se enderezó.

Su mente matemática, entrenada para conectar variables dispersas y encontrar patrones en el caos, comenzó a encadenar los hechos con una velocidad deslumbrante:

Un guardaespaldas asignado de la noche a la mañana por canales secretos que ni sus propios hermanos conocían.

Un tirador con técnica militar de asalto del Báltico que neutralizaba a seis hombres en veintidós segundos.

Un hombre que tenía acceso a una casa de seguridad no registrada en Rapallo, equipada con tecnología de cifrado que solo los estados mayores de Zúrich utilizaban.

Y un escolta que en la fiesta de Villa d'Este había defendido la reputación del prometido invisible con un fervor que rozaba la demencia personal.

Martina no volvió a mirar a Vieri.

Se dio la vuelta lentamente sobre sus talones. Sus ojos castaños, oscurecidos por una mezcla demoledora de sospecha, furia y una dolorosa sensación de traición, se clavaron con la fuerza de dos arpones en el rostro de Dereck.

Dereck sostuvo el impacto sin mover un solo milímetro de su postura.

Su mandíbula de granito estaba apretada con tanta fuerza que los músculos le dolían, y sus ojos grises de pedernal devolvieron la mirada de ella sin pestañear. Pero por dentro, el futuro Capo sintió que el suelo bajo sus pies acababa de desvanecerse en un abismo negro. La máscara se estaba resquebrajando; el velo de su anonimato colgaba de un hilo microscópico frente a la mujer más inteligente y peligrosa que jamás había conocido.

—Sal de aquí, Dereck —dijo Martina.

Su voz no fue un grito; fue un susurro de cristal afilado, tan bajo, tan gélido y desprovisto de cualquier calor que la celda pareció encogerse alrededor de ambos.

—Signorina Moretti... —comenzó él, utilizando el tono neutro que ya sonaba a farsa insultante.

—Te dije que salgas al pasillo —cortó ella, dando dos pasos hacia él, plantándose a escasos treinta centímetros de su pecho ancho—. Y no te muevas de la puerta. Tú y yo tenemos una cuenta pendiente que vamos a saldar ahora mismo.

Dereck la miró durante dos segundos interminables. La tensión entre sus cuerpos, que horas antes había ardido en un lecho de mantas frente a las brasas de una chimenea, mutó de nuevo en una declaración de guerra inminente.

Inclinó la cabeza con una reverencia mínima y tensa, dio media vuelta y cruzó la puerta de hierro hacia el pasillo del sótano.

Martina se giró hacia Vieri por última vez.

—Tu hijo está a salvo, Angelo —sentenció ella sin mirarlo—. Pero tú no vas a volver a ver la luz del sol en Italia.

Salió de la celda sin esperar respuesta, cerrando la pesada compuerta de hierro con un golpe que retumbó en las galerías subterráneas como un cañonazo.

En el pasillo desierto, iluminado por fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico, Dereck la esperaba con la espalda apoyada contra el muro de hormigón y las manos fuera de los bolsillos, en posición de alerta defensiva.

Martina avanzó hacia él con pasos lentos y felinos. Se detuvo a medio metro, levantando la barbilla para sostenerle la mirada con una intensidad que hizo que el aire entre ambos se volviera irrespirable.

—Una unidad de reconocimiento del norte en Lombardía —soltó Martina, escupiendo cada palabra como si fuera ácido puro—. Códigos de inserción militar. Un despliegue previo a mi llegada a Linate.

Dio un paso más, invadiendo el espacio del gigante, clavándole el dedo índice en el centro de su pecho blindado por la camisa oscura.

—¿De dónde vienes en realidad, Dereck? —exigió ella, con la respiración entrecortada por la rabia contenida—. ¿Quién te dio la orden de meterte en mi coche, de dormir en la habitación contigua a la mía y de meterte en mi cama en esa maldita cabaña?

Dereck no retrocedió. Bajó la vista despacio hacia el dedo que presionaba su esternón y luego subió sus ojos grises hasta las pupilas encendidas de ella. La tentación de arrancarse la mentira de la garganta, de acorralarla contra el hormigón y decirle su verdadero apellido estuvo a punto de quebrar su autocontrol.

Pero el orgullo y el deber táctico volvieron a levantar su muro: si confesaba su identidad antes de neutralizar la conspiración de los cantones suizos y de Kovačević, pondría a la familia Moretti y a la suya propia en la línea de fuego de una guerra continental abierta.

Dereck atrapó la muñeca de Martina con un movimiento firme pero suave, envolviendo sus dedos alrededor del hueso fino sin apretar, bajando su mano despacio.

—Te dije que mi lealtad es mantenerte con vida, Martina —susurró él, con una voz profunda, áspera y rasgada por una desesperación oscura—. Y te dije que no soy un empleado ordinario.

—¡No me hables de lealtad! —siseó ella entre dientes, tirando de su brazo para liberarse del agarre, pero Dereck no la soltó; la retuvo contra su costado, obligándola a permanecer a escasos centímetros de su boca—. ¡Me mentiste desde el primer segundo! ¡Viniste a espiarme! ¡Viniste a buscar una debilidad para entregársela al cobarde que se esconde en el norte!

Dereck apretó la mandíbula con tanta violencia que un músculo saltó en su mejilla.

—Ese hombre no se esconde de nadie, Martina —rugió él en un susurro cavernoso, inclinándose sobre su rostro con una ferocidad que le cortó el aire a ella—. Y si crees que lo que pasó anoche en esa cabaña fue un juego de espías... eres mucho más ciega de lo que creía.

Martina sintió el calor abrasador del cuerpo de Dereck golpeándola de lleno, el recuerdo del peso de sus manos sobre su piel desnuda quemándole la memoria con una intensidad insoportable.

Iba a golpearlo, a desatar una tormenta de puños para quebrar esa compostura insultante, cuando el sonido precipitado de unas botas bajando por la escalera de emergencia del final del pasillo rompió el duelo.

Luca Moretti apareció en el umbral del corredor, pálido, con la respiración agitada y un teléfono de radio en la mano.

—¡Martina! —gritó Luca, avanzando a zancadas hacia ellos—. ¡Tenemos alerta roja en el perímetro exterior!

Martina se zafó del agarre de Dereck con un tirón seco, recomponiendo su postura en una fracción de segundo sin apartar los ojos de su custodio.

—¿Qué pasa, Luca?

—Kovačević no esperó al amanecer —informó su hermano menor, con los ojos encendidos por la alarma—. Dos camionetas blindadas acaban de embestir la garita principal de Villa Moretti en Brianza. Don Lorenzo está en el despacho blindado con la guardia perimetral, pero cortaron la fibra óptica y están utilizando fusiles antimaterial para perforar los muros del ala norte. No vienen por el dinero, Martina... vienen a matar a papá antes de que ejecutemos el embargo de Viena.

El aire en el pasillo se congeló de golpe.

La traición, las mentiras y las sospechas personales quedaron suspendidas en el vacío ante la inminencia del fuego real.

Martina se giró de inmediato hacia las escaleras, pero antes de que pudiera dar el primer paso, la mano de Dereck se posó sobre su hombro con un peso de mando tan absoluto, tan indiscutible y autoritario, que la obligó a detenerse en seco.

—Luca —ordenó Dereck con una voz que no pertenecía a un custodio, sino a un general de división en el frente de batalla—. Comunica con el hangar privado del aeródromo de Bresso. Código de autorización alfa-tres-cero. Diles que preparen el helicóptero táctico y dos escuadras de asalto con blindaje pesado. Salimos para Brianza por aire en seis minutos.

Luca se quedó petrificado, mirando al gigante con los ojos desorbitados ante el uso de un código de mando que solo los capos de primer nivel de la Alianza Continental tenían autorización para pronunciar.

Martina miró a Dereck con una mezcla de horror y certeza implacable.

Ya no había dudas. El hombre que respiraba a su lado no era un mercenario.

—¿Quién demonios eres, Dereck? —preguntó ella en un susurro que tembló en el silencio del sótano.

Dereck no contestó con palabras. Extrajo la SIG Sauer de su arnés con un movimiento ciego, amartilló el arma con un chasquido metálico ensordecedor y clavó sus ojos grises en los de ella con una ferocidad implacable.

—Soy el hombre que va a salvar a tu padre esta noche, Martina —sentenció él—. Camina.

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Leticia Contreras
una alianza letal el tio salio sin nada
Leticia Contreras
y no hubo luna de miel que pareja tan seca
Leticia Contreras
ya se van a casar 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
al fin se entendieron este par de tortolitos 🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
es historia que biene de la imaginacion de la autora
Leticia Contreras
se le va a armar la bronca con Martina
Leticia Contreras
Martina no quiere dar su brazo a torcer pero no es solo ella tambien esta el bebe
Leticia Contreras
ya Martina no tiene escapatoria el ya descubrio que esta en la dulce espera de un bebe
Leticia Contreras
Dereck tiene muy buena intuicion nada se le pasa por alto haci es que Martina tiene que decirle que esta embarasada
Leticia Contreras
que creia Martina que acostarce con Dereck no tendria consecuencias ahora esta embarasada y creo que no piensa decirle nada a Dereck
Leticia Contreras
ya cae mal Dereck rogandole a Martina que la deje tal ves haci entienda ella
Leticia Contreras
ya la hubiera dejado sola Dereck Martina es una soberbia
Leticia Contreras
Martina despues de todo lo que Dereck a hecho lo desprecio
Leticia Contreras
ya cae mal Martina con su actitud
Leticia Contreras
Dereck aun no se decide a hablar de su pocision
Leticia Contreras
ya Dereck confieza quien eres en realidad
Leticia Contreras
Dereck deve de decirle la verdad a Martina antes de que lo sepa por otro lado
Leticia Contreras
creo que tiene miedo de decirle la verdad a Martina
Leticia Contreras
bueno ya se entregaron los dos ahora aver que pasa cuando ella sepa la verdad de quien es
Leticia Contreras
ya que Dereck le diga quien es
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